El teniente coronel Antonio Tejero, en el golpe de Estado del 23-F
Como la inmensa mayoría de los lectores de Crónica Global, incluido su director y sus redactores jefe, son jóvenes, no sabrán, probablemente, del golpe de Estado de Tejero más que lo que han leído o visto en la tele o les han contado.
Yo no, yo estuve allí y lo vi todo.
Lo único que de verdad hay que saber sobre la violenta entrada del teniente coronel Tejero en el Congreso es que yo, en ese momento, estaba en la librería de cómics Continuará, que entonces no estaba en la Vía Layetana, sino detrás del ayuntamiento, y al pie de la casa donde yo vivía entonces.
Entonces la librería la llevaba –la sigue llevando ahora— Albert Mestres, con Joan Navarro, buen amigo mío que luego sería editor. Yo dibujaba unos tebeos “underground” y Navarro, por las noches, se tomaba un par de gin tonics y salía a venderlos por las Ramblas. Un hombre heroico.
Aquella tarde, en Continuará, estaba el también editor –hoy ya octogenario— Antonio Martín, quizá el hombre más aburrido que me ha sido dado conocer en este valle de lágrimas y que, por cierto, estaba muerto de miedo ante el golpe, pues se consideraba progresista, comunista y todo lo que quieras.
Estaba también Pasqual Giner, diseñador de Cairo y contumaz fumador de pipa, que moriría prematura y malamente. Hola, Pasqual, no me olvido de ti.
Y estaba Ramón Florensa, coleccionista y comerciante en cómics. Florensa era muy joven, regordete, sobrado, tahúr al póker, campeón de billar, tragaldabas y más franquista que Franco. Era facha desde las uñas de los pies hasta la punta de los pelos. Tenía en su tienda una pistola, por cierto, aunque también es verdad que estaba inutilizada. Aún así, le gustaba blandirla amenazadoramente.
Por desgracia, llevaba muy mala vida y también moriría prematuramente. En aquellos años, principios de los 80, esto era en nuestra generación bastante corriente, ya se ve.
Si hoy los fachas me parecen un poco simplones pero me caen bien en general, es en buena parte gracias a Florensa. El cual, aquella tarde, viéndome muy preocupado ante el golpe (porque yo también era “progre”, aunque no destacado ni muy beligerante), me dijo: “No te preocupes, Vidal, no sufras, a ti no te harán nada los militares, tengo buenos contactos, hablaré bien de ti y, si quieres, puedes pasar la noche en mi casa”.
Luego agregó, según creo recordar, que no se derramaría mucha sangre, que sólo serían puestos “fuera de circulación algunos comunistas e hijos de la gran puta”.
Le agradecí de corazón –se lo sigo agradeciendo hoy, tantos años después— su oferta de protección, pero en vez de acogerme a ella, subí a casa a ver la tele.
En ese momento salían unas imágenes de Valencia. El general Milans del Bosch, que era tan facha como mi amigo Florensa, e incluso más, había sacado los tanques a las calles, que estaban totalmente desiertas, para “asegurar el mantenimiento del orden” ante la situación en Madrid.
Esto, la extensión del golpe de Madrid a Valencia, daba muy mala espina. Parecía que se iba a extender a toda España, que era algo imparable.
Para peor, tenía yo en casa a algunos amigos, todos ellos progres irredentos, que no paraban de hablar a gritos, y maldecir, y contagiarme su gran preocupación. Así estuvimos algunas horas.
Y, seguramente, el lector dirá: “¿Y por qué no bajasteis, Ignacio, al bar, a tomaros un par de copas y rebajar así la tensión?” Pues es que era imposible, ya que los bares habían bajado la persiana.
Hacia la medianoche, se anunció un discurso del Rey, Juan Carlos I. Tardó un poco, pues estaba telefoneando a todos los capitanes generales de todas las regiones militares para asegurarse su lealtad, según se supo luego. Apareció en la pantalla pasada la una de la madrugada, según creo recordar, vestido con el uniforme y las insignias de capitán general de los ejércitos. No en vano, según se vio ahora, había servido, de joven, en todas las armas.
Su discurso fue impecable. Desautorizó con firmeza el golpe, sin contemplaciones ni medias tintas. Milans hizo regresar los tanques a sus garajes, e hizo el petate para ir a la cárcel. La toma del Congreso se desinfló y ya sólo hubo que negociar con el teniente coronel Tejero los términos de su rendición. No hubo que lamentar ni una sola muerte.
Desde entonces soy un poco menos progre y bastante más monárquico. Me importa un pepino si Juan Carlos se acostó con Fulana o Mengana, o se embolsó un millón o dos. Y sé que ningún papel que salga, de los que ahora se están desclasificando, sobre aquella jornada peligrosa, cambiará la realidad palmaria de los hechos, a los que asistí y asistimos todos los de cuando entonces.
A Florensa, en agradecimiento a su amistad, que me brindó con tono de broma en momentos de cierta tribulación, le invité a una paella en la Barceloneta, al domingo siguiente.
Entonces había allí unos llamados “chiringuitos”, y comías frente al mar. Con las gafas de sol puestas, para evitar los reflejos del sol en el mar. Pasaba el guitarrista demacrado “Palomino”, cantando no sé qué de la ovejita que dijo “beeeee”.
Algunos nos descalzábamos, para tocar con los pies la arena tibia… Esto también es verdad.