Como suele decirse, hasta los relojes averiados dan la hora exacta dos veces al día.
Gabriel Rufián, que suele ir al Congreso vestido con trajes de cierta prestancia –acaso un poco apretados, pero es que el hombre se muscula a conciencia en el gimnasio, y claro, las costuras casi revientan, su sastre, cuando lo ve por la tele, se muerde los nudillos, está preocupadísimo–, presidió el miércoles un aquelarre de ultraizquierdas en el teatro Galileo de Madrid, llevando de mozo de estoques a un señor llamado Emilio Delgado.
Ni el uno ni el otro consideraron apropiado para la ocasión (quizá considerando la calidad de la asistencia) ponerse no ya corbata, sino tampoco camisa. Les bastaba a los dos con llevar jersey sobre la piel, si acaso dejando que asomase, también por el cuello, el cuello de una camiseta. Bueno, no podemos celebrarlo, pero tampoco vamos a hacer de este asunto casus belli. Es un atuendo común entre los jóvenes que ellos ya han dejado de ser. Se supone que esa informalidad es propia de personalidades no convencionales, contestatarias, reivindicativas. Vaya y pase.
El tema que unía a toda aquella gente en el teatrillo de Rufián era un proyecto de unión de cara a las elecciones entre todas las fuerzas a la izquierda del socialismo; o sea mareas, compromisos, unámonos, sumemos, comamos, bebamos, y además separatistas gallegos, catalanes, vascos y algún etarra reciclado. En fin, tutti quanti, pues de lo contrario serán arrasados en las urnas.
Como ya se ha explicado en Crónica Global y en el resto de la prensa, la idea de Rufián tiene pocas perspectivas de prosperar, ya que ni siquiera la respalda su partido. Su jefe, el señor Junqueras, está muy escaldado con experimentos previos de alianzas (en Junts pel Sí) que no tuvieron un final muy feliz –de hecho, acabaron con él en la cárcel durante unos años, mientras sus socios, más despiertos, salían por patas hacia Bruselas--. Y eso que entonces fue entre partidos de la región catalana.
Momento especialmente gracioso en la presentación pública de esta idea de lista única, y variable en cada comicio, fue cuando don Gabriel señaló que “alguien tendrá que sacrificarse, porque esto va de esto”. Más de un líder ultraizquierdoso debió de rebullir en su butaca mientras mascullaba: “Vale, de acuerdo, Rufi; pero pasa tú primero en esto del sacrificio”.
Ni hablar de eso: ya que el verdadero motivo del acto teatral de Rufián era, como ya han señalado algunos columnistas, marcar territorio. Mostrar su poder de convocatoria, para defender su posición.
Defenderla no ante la ultraderecha rampante que le tiene, según dice, tan asustado, sino ante el señor Junqueras. Éste sí que le preocupa. Rufián quiere a toda costa seguir como mascarón de proa de ERC en Madrid, y además meter mano en las listas para asegurarse de que el Beato no le ponga inmediatamente detrás a algún compañero que pueda llevar escondida una daga bien afilada.
Pero, como decíamos al principio, hasta los trastos aciertan a veces. ERC –y el mismo Rufián-- acababa de votar en el Congreso contra la prohibición del burka que postulaban los partidos de derechas. Cuarenta y ocho horas más tarde, en el teatro, Rufián se desmarcó de su partido, y de sí mismo, declarando, con notable capacidad de síntesis, que “el burka es una salvajada” y “una animalada”. Y defendió que ninguna izquierda laica –valores que se supone que defiende su partido-- debería tolerar que se invisibilice a las mujeres de esa manera.
Una verdad como un templo. No son precisos grandes debates para sostener lo que es obvio y clamoroso. Que el burka, que vemos a veces en Barcelona, es “una animalada” y “una salvajada” es lo único que hay que decir sobre esa prenda o cárcel ambulante. Bien por Rufián. Con estas rotundas declaraciones contra la sumisión de la mujer al poder masculino más machista y repulsivo se habría ganado un punto…
… Pero lo vuelve a perder, y regresa al cero patatero, porque cuando tuvo en sus manos pasar de las convicciones declamadas a los hechos, o sea, al voto, se negó.
Claro que no podemos sorprendernos de esa contradicción. También prometió estar en el Congreso sólo dieciocho meses y lleva diez años. Y luchando valientemente por prolongarlos cuanto pueda.
Quede para el registro que, en una ocasión tan clara para la defensa de los derechos de la mujer, y especialmente de las mujeres más férreamente sometidas al poder heteropatriarcal, ese heteropatriarcado con el que la ultraizquierda se llena con frecuencia la boca, sólo se manifestaron a favor de las mujeres… el PP, Vox y UPN.
