Publicada

El 28 de marzo de 1937, unos siete meses después del asesinato de Federico García Lorca, aparecía, en el semanario falangista Antorcha, un artículo de título tan campanudo como, hasta cierto punto, sorprendente: “A la España imperial le han asesinado a su mejor poeta”.

Lo firmaba Luis Hurtado, un falangista castellano que había conocido a Lorca, y en él se leían expresiones del siguiente tenor: “Nadie como tú para sintonizar con la doctrina política y religiosa de la Falange, para glosar sus puntos, sus aspiraciones”. O, también: “Falange española, con el brazo en alto, rinde homenaje a tu recuerdo”.

A la semana siguiente, el director del periódico, Nemesio Sabugo, fue detenido por orden de la autoridad militar, al entender el ejército que el artículo lo acusaba de la muerte del poeta.

Los ejemplares del 28 de marzo fueron confiscados, Antorcha, prohibido hasta nuevo aviso, y Sabugo, absuelto, finalmente, en octubre, tras una sentencia con un sostén argumentativo un tanto rocambolesco.

La anécdota se incluye en el libro Historias falangistas del sur de España, obra en la que el historiador Alfonso Lazo –quien, por cierto, fue diputado del PSOE en Cortes durante 17 años– analiza el sustrato ideológico y el contexto histórico-político que posibilitaron que numerosos militantes de Falange se pasaran a la izquierda clandestina toda vez que, según ellos, la España nacionalcatólica de Franco no era el estado fascista que habían imaginado.

También se abordan en el libro las tensiones que hubo entre Falange y la derecha reaccionaria y la Iglesia, quienes veían con recelo algunos aspectos del proyecto fascista, como su admiración por el nazismo —que consideraban pagano—, su retórica anticapitalista o la reivindicación que muchos de sus intelectuales hacían de autores como el propio Lorca, Unamuno u Ortega y Gasset.

Dio la casualidad de que estaba leyendo el libro —había retomado su lectura después de algún tiempo— cuando mi amigo Santi, en Facebook, recordó otro de aquellos datos que me habían sorprendido cuando los leí por primera vez (en mi caso, a través de una nota a pie de página del libro Doy fe…, de Antonio Ruiz Vilaplana): la creación del semanario Destino por parte de los llamados «catalanes de Burgos».

El semanario, para quien no lo sepa –como estuve yo sin saberlo durante muchos años–, fue fundado por los falangistas catalanes Josep Mª Fontana y Xavier Salas, y llevó por subtítulo, a partir del número 14, Semanario de FET y de las JONS. Como reconoció el propio Fontana: «Destino se orientó hacia nuestros camaradas del frente, exaltando las acciones bélicas y las muertes gloriosas».

Al amparo de la revista, una vez afincada en Barcelona, Josep Vergés y Joan Teixidor, colaboradores de la publicación, fundaron Ediciones Destino. Y en 1944, Ignasi Agustí, director del semanario durante casi 20 años, planteó convocar un premio literario.

Fue Joan Teixidor el que propuso el nombre para el premio: era de justicia homenajear al recién fallecido Eugenio Nadal, quien había sido redactor jefe del semanario y se paseaba, según recoge Blanca Ripoll en un artículo, con el uniforme de Falange por la redacción.

Destino evolucionó hacia algo muy distinto a lo largo de la dictadura. De hecho, fue asumiendo posiciones europeístas, aliadófilos y liberales durante la Segunda Guerra Mundial, y ese progresivo liberalismo le valió hasta 15 expedientes y dos meses de suspensión.

Santiago Nadal, por ejemplo, hermano de Eugenio, estuvo detenido tres semanas por un artículo publicado en 1944 y la sede de la revista sufrió un ataque vandálico por parte de antiguos camaradas falangistas.

Y tan cierto es esto último —y su papel decisivo en la difusión de una cultura cada vez más abierta a Europa— como que Destino no habría existido sin Falange y que el premio Nadal lleva el nombre de un falangista que exhibía su camisa azul por la redacción.

Tanto la historia de Destino como la historia de esos falangistas que recoge el libro de Lazo y que evolucionaron hacia posiciones de izquierda evidencian algo a lo que aboca el sentido común y la experiencia diaria: que la Historia nunca se escribe en blanco y negro, en contra de la romantización maniquea en la que se empeñan algunos.

Ahora bien, una vez escogida la senda del puritanismo y el exhibicionismo moral, por qué no ser más escrupuloso y aplicar ese filtro en cualquier circunstancia. Por qué no recordar que Falange aspiraba a un estado totalitario a imagen y semejanza del fascismo italiano y el nazismo alemán. Por qué no recordar que Falange, por tanto, a diferencia de políticos tan denostados como Aznar o Espinosa de los Monteros, pretendía aniquilar la democracia liberal y no creía en los derechos asociados a la misma.

Por qué no censurar y eliminar, entonces, en tanto que encarnación irremisible del Mal, toda obra que hubieran emprendido los falangistas, también aquellas empresas culturales y literarias, todavía vigentes, que consolidaron un prestigio indiscutido.

Por qué no, en definitiva, jugar al esquematismo moralizante y asegurar que todos los autores que, desde 1944 hasta este mismo año, han aceptado un premio literario creado por falangistas y en honor de un falangista han contribuido, de manera incontrovertible, a blanquear el fascismo y la dictadura franquista. Sí, por qué no.