Es una palabra fea. Cuando un señor o señora con bata blanca te mira a los ojos y dice "usted padece cáncer" hasta los más sosegados y firmes tiemblan como una hoja. Sé de lo que les hablo porque he pasado dos veces por esas horcas claudinas que provocan un profundo desasosiego.
El día que me dieron esa “grata” noticia, el Gobierno aprobó el anteproyecto para frenar el modelo Torrejón de privatización de la sanidad pública. Hablemos claro. Es un proyecto pensado en Madrid y para Madrid. El modelo sanitario en Cataluña está a años luz de esa situación “madrileña” y, también hablando claro, el proyecto de ley está pensado para la bronca política porque no tiene ninguna posibilidad de salir.
En Cataluña, somos legión los ciudadanos que tenemos mutuas de asistencia privada y la sanidad pública y privada conviven razonablemente. A mí, por cierto, me han salvado la vida tres veces.
Una arritmia tratada en el Hospital Sagrat Cor y dos cánceres. Uno tratado y curado en el Hospital General de Cataluña y otro en tratamiento entre este hospital y el Sagrat Cor. O sea, que el Grupo Quirón me ha salvado la vida. Si hubiera tenido que esperar mi turno en la pública, a lo mejor no estaría escribiendo estas líneas. Para mí, sería con toda seguridad lo peor.
Creo sinceramente que un modelo de cooperación público y privado es posible. En la sanidad y en otros muchos sectores. Porque lo público no llega a todos los lados y, cuando lo hace, no lo hace en buenas condiciones. Y la sanidad es uno de ellos.
Defender un sistema público de calidad solo es posible si se sientan unas bases de colaboración con la sanidad privada. Si no, no hay sistema público de calidad y eso la ministra lo sabe. Otra cosa es el “campi qui pugui”. Soy de izquierdas, defiendo la sanidad pública y creo en la colaboración público-privada. La opción no es bipolar. La una o la otra.
Ayuso y Mónica García están encantadas de haberse conocido. Inoculan su propio cáncer en el debate porque, no se equivoquen, el cáncer también está incrustado en nuestra sociedad.
El sistema ferroviario padece un cáncer. ¿Se puede curar? Sí, pero hay que prevenir, invertir y mirar al futuro. Pero visto el debate público, parece que algunos solo quieren que la enfermedad se agudice y se agrave. Solo quieren ver problemas y cerrar la puerta a las soluciones. El debate del Congreso es un ejemplo palmario.
Un cáncer vive en lo más alto. Trump y el payaso de Musk son dos ejemplos. Parecen matones de bar, pero son un virus que va inoculando odio y estupidez -de estupidez en dosis industriales- allí por donde pasan. Lo peor es que la gente se los cree entusiasta.
Miren lo que ha pasado en Aragón. Y lo peor está por venir. Casi un 20% votando a la ultraderecha que tiene soluciones fáciles para problemas complejos. Aunque si se rasca un poco, no tienen ni un atisbo de soluciones; son inoculaciones de virus en una sociedad enferma que ahora cree en matasanos con soluciones milagrosas. Es la victoria de la bravuconada.
No tenemos ni un debate sin cáncer. Feijóo nos lo ha demostrado esta semana. El debate está ahí, pero decir que el Gobierno incentiva a los que no quieren trabajar es todo un delirio. A ver. Hemos de controlar el acceso al ingreso mínimo vital, claro, pero está previsto. Hay un problema de bajas laborales, evidente. Que hay empresarios que pagan un salario insultante y que la gente se niega a aceptar por esclavista y seguir cobrando el paro, pues claro. Pero la afirmación de Feijóo es un cáncer en su planteamiento.
El Ingreso Mínimo Vital protege a 700.000 hogares vulnerables y que aumente no es un fracaso, sino que se llega donde antes no se llegaba; el paro está en el 9,93% bajando del 10% por primera vez desde 2008, tenemos más de 22.5 millones de ocupados, la cifra más alta de la historia, y el abandono escolar se ha reducido en 7,2 puntos. No es para sacar pecho, pero es el camino.
Vivimos en un mundo donde inocular el cáncer es lo mejor. Y se inocula desde todos lados. Incitar al odio al contrario y al diferente es lo que está de moda.
Mientras tanto, miles de ciudadanos vivimos nuestro propio cáncer. No lo inocularon, sino que apareció. Se detectó y se trató. Vivimos entre pruebas, medicaciones, tratamientos agresivos y sufrimientos, pero queremos superarlo y vivir nuestra vida con dignidad. Si no tienes dignidad para vivirla, mejor no hacerlo.
Justo lo contrario de lo que pasa en nuestra sociedad. Mejor que el cáncer haga metástasis y se meta en todas las rendijas. Y allí estarán los buitres para ponerse las botas con la carroña.
