A principios de la década de 1980, a la vuelta de unos años en el extranjero, escuché a Siniestro Total. La banda punk gallega salió a escena, puño en alto, y gritó: “Menos mal que nos queda Portugal”. Tiempos aquellos.
La izquierda española del siglo XXI (la nueva, la alternativa, la progresista, la que no suma, la común…) avanza hacia la irrelevancia. En los comicios de Aragón, Podemos y Sumar se fueron al garete. Entre sus estertores, saca la cabeza Gabriel Rufián, independentista y republicano y, sobre todo, oportunista.
Propone ir juntos en unión. Llega tarde y le contestan con repetidos “no es no”. El último agarradero de la izquierda radical es el nacionalismo vasco (Bildu), catalán (ERC) y gallego (Bloco). Y no sueñen. Tampoco les queda Portugal.
Rufián se ha adaptado bien a los madriles. Quiere quedarse y vivir la vida alejado del curica Oriol Junqueras. Esos dos políticos de Esquerra son tan distintos como puedan serlo un español de Salamanca y un catalán de la Ceba.
El diputado republicano, hay que decirlo, está entre los mejores oradores del Congreso. Fue escogido por ERC para liderar su subida, totalmente fracasada, en el cinturón rojo barcelonés, pero se hizo popular en España. En Cataluña, no agrada gaire.
La rápida negativa de la izquierda nacionalista a la propuesta es comprensible; en sus zonas están cómodos y no quieren unirse a nada que huela a español. “No es no”, han respondido también los/las/les de Podemos. Más simpáticos han sido en IU-Sumar, con la sonrisa crispada tras su único escaño aragonés.
A los líderes de Izquierda Unida, a los comunistas de toda la vida, los imagino hartos de frivolidades.
El invento rufianesco cae por su propio peso, a pesar del apoyo que, al parecer, encuentra en el PSOE, preocupado por el descalabro de sus socios de Gobierno. Veremos si el PSOE de Pedro Sánchez, atrincherado en la resistencia, le encuentra asiento. Es más experto que la mayoría de aspirantes y creyentes. Um espertaço, dirían en Portugal, donde el término significa “muy listo”, aunque se usa más como “listillo”.
Para los que siguen mirando a Portugal, advertirles que Chega (Basta, en español), el partido del populista André Ventura, ha llegado para quedarse.
Portugal, hoy, no es socialista, aunque la izquierda española quiera creer que sí. Algunos incluso confunden la importancia de las presidenciales con la de las legislativas. El primer ministro luso actual es de centro derecha, de la Alianza Democrática. Luis Montenegro, un conservador clásico, quedó en primer lugar en las elecciones generales; tiene 88 escaños en la Asamblea de la República, el órgano unicameral y legislativo.
El Chega de Ventura, con 60 escaños, es el segundo partido del país. El tercer lugar lo ocupa el Partido Socialista con 58, que, desde la dimisión de António Costa, no levanta cabeza.
Olvídense de la Revolución de los Claveles; fue en 1974 y sigue celebrándose, pero la derecha sube. Mientras, la izquierda alternativa (el Bloco, los Animalistas…) se desploma. Hasta el mítico Partido Comunista --último que en Europa mantiene la hoz y el martillo-- anda próximo a la desaparición. ¡Cómo eran aquellos comunistas lusos! Nunca me recuperaré de la emoción de estar en la misma sala que Álvaro Cunhal, tan guapo, tan prosoviético.
En la primera vuelta de las recientes presidenciales --un cargo bastante honorífico--, el candidato del centroderecha, Marcos Méndes, quedó en tercer lugar. Lo nunca visto. No gustaba ni a los suyos. Por eso, el gris candidato socialista socialista, Seguro, fue a la segunda vuelta y derrotó al candidato de Chega.
No sucedió gracias a la izquierda, sino por el voto conservador, que no quiso entregar su confianza al candidato ultraderechista. “Los liberales, los conservadores, fuimos a las urnas con la nariz tapada”, me explicaron mis amigos lusos.
En su primera legislatura, Pedro Sánchez iba a Portugal a fotografiarse con António Costa, el entonces brillante primer ministro socialista. Costa consiguió que hasta el PC, por una vez, diera su confianza a la socialdemocracia.
El luso dimitió por la supuesta corrupción de un amigo suyo que acabó siendo desestimada. Los portugueses dimiten, consideran falta de carácter la resistencia por el poder. Ahora, preside el Consejo Europeo. Nuestros vecinos son grandes diplomáticos.
António José Seguro, poco conocido y nada amado por Costa, olió la oportunidad. Por eso es presidente. Era él o la derecha extrema. Sucede en el cargo a un gran portugués, al profesor Marcelo Rebelo de Sousa, culto y demócrata. Seguro es un espejismo, no una tendencia.
A la izquierda europea, a la española, no le queda Portugal. Pero quienes creen en la alternancia, en el pacto y en la disidencia dentro de los partidos, seguirán mirando hacia el país atlántico y fundador de la OTAN. Siempre se aprende.
