Pedro Sánchez viene acumulando derrotas autonómicas casi al mismo ritmo con el que anuncia nuevas promesas, algunas de difícil cumplimiento por falta de apoyo parlamentario. No tiene mayoría, no tiene presupuesto y gobierna con unos socios que solo piensan en desgastarlo. Una trampa de la que no puede escapar.
La campaña del PSOE en Extremadura y Aragón y las declaraciones diarias del Gobierno parecen indicar que Sánchez trabaja con un único objetivo estratégico: demostrar que el PP es rehén de Vox. Una evidencia perfectamente establecida en la opinión pública progresista que no necesita de mayor empeño probatorio.
Los socialistas confían en que alertando a los beneficiarios del Estado del bienestar del peligro que les acecha podrán mantener alguna opción electoral. El resultado ahora mismo es el fortalecimiento de Vox. Un tiro por la culata que tampoco acaba de hacer mella en los resultados electorales del PP, a tenor del balance autonómico obtenido por los populares: dos diputados perdidos en Aragón y un diputado ganado en Extremadura.
Al margen de la nula ventaja conseguida por el PSOE con esta estrategia defensiva, habrá que convenir en la pobreza del concepto de “mal menor” como axioma para ilusionar a su electorado.
A su favor se puede aceptar que tal vez esta advertencia de peligro extremista sea la única iniciativa que los socialistas comparten al cien por cien con sus socios de gobierno, con la excepción de la gente de Junts, muchos de ellos tentados por el canto de sirena de la Cataluña profunda.
El panorama de desolación y ralentización gubernamental provocado por la persistente debilidad parlamentaria de Pedro Sánchez se ha agravado por la intervención de la madre naturaleza. Las lluvias torrenciales que provocaron el caos en la comunidad de Valencia hace un año han inundado ahora Andalucía, como desmoronaron la desatendida infraestructura ferroviaria en Cataluña hace unas semanas.
Estas desgracias implicarán cuantiosas inversiones extraordinarias y un mayor desgaste político, sean cuales sean las explicaciones históricas y medioambientales que puedan atenuar la responsabilidad del actual Gobierno en la crisis sobrevenida estas semanas.
En el PSOE ya habrán desempolvado el informe que rememora el caso de un canciller alemán que, estando en la ruina electoral, se sobrepuso a unas inundaciones colosales y recuperó su prestigio. De todas maneras, lo que hay que esperar es que lleguen a la conclusión de que la obligación de hacer frente a estas urgencias convierte la hipótesis de dar por acabada la legislatura en una temeridad.
Así pues, el debilitado Pedro Sánchez, concentrado en arreglar el mundo para airearse de la depresiva política local y pregonar la llegada de la extrema derecha para evitar su caída libre, queda ahora a merced de una urgencia que no puede esquivar.
La gestión de la crisis de infraestructuras urbanas, comunicaciones ferroviarias y carreteras en Valencia, Cataluña y Andalucía no admite demoras ni tentaciones de dar por acabada la legislatura. Una responsabilidad y a la vez una oportunidad para que Sánchez pueda demostrar que, además de tenaz resistente, es un eficaz gestor.
