Por algo dice la sabiduría popular que no hay mal que por bien no venga. Gracias al accidente de tren que se cobró la vida de casi cincuenta personas, hemos sabido que nuestra red ferroviaria estaba hecha un guano y que nos jugábamos la vida, sin saberlo, cada vez que cogíamos un tren para ir a trabajar.
Nuestros gobernantes y los responsables de nuestros ferrocarriles han tenido que ver pasar por delante de sus narices medio centenar de ataúdes para ponerse a revisar las vías férreas y percatarse de que en el estado actual eran un peligro para los usuarios.
Suena tétrico decirlo, pero todos nosotros podríamos estar muertos, porque hemos estado jugando a la ruleta rusa con el simple hecho de montar en un tren. Mejor dicho, han estado jugando a la ruleta rusa con nosotros.
El estudiante que va a la universidad, la jubilada que va a visitar a su madre, el perro que acompaña al ciego, el funcionario que va a cumplir con su jornada e incluso el revisor que nos pide el billete, tenían sin saberlo la vida pendiente de un hilo, si siguen vivos no es porque la administración lo haya procurado, sino, simplemente, porque han tenido suerte. Uno iba a la taquilla de la estación y lo que le despachaban no era un billete, sino el número de un sorteo, y lo que se rifaba era su propia vida.
Ahora sí, una vez han visto los cadáveres, Generalitat y gobierno central han empezado a mirar con lupa el estado de trenes y vías, no sea que se produzca un nuevo accidente mortal y, oh sorpresa, se han dado cuenta de que es digno, no del tercer mundo, sino del cuarto.
Cabe precisar que si nuestros gobernantes temen un nuevo accidente no es porque les importen ni un pimiento las vidas de los ciudadanos, sino porque ello les podría suponer un contratiempo para continuar en el poder. De un accidente se pasa página enseguida -ya casi nadie habla de lo sucedido en Adamuz- pero tapar dos o tres de seguidos no sería fácil, igual hasta alguien debería dimitir, y eso sí que no.
El resultado de todo ello es una red de comunicaciones por ferrocarril entre paralizada e inservible, en Cataluña coger hoy el tren significa no saber a qué hora va a salir ni mucho menos a qué hora va a llegar, y eso en el caso de que el que uno iba a tomar no haya sido cancelado.
Si el estado de la infraestructura era tercermundista, ahora lo es también el servicio que presta, lo cual nos mete de lleno y con todas las de la ley en ese tercer mundo que nos parecía tan lejano. Yo creo que podrían ahorrarse los trabajos de mantenimiento y reparación de vías y trenes, total, ahora ya estamos acostumbrados a jugarnos la vida.
Además, es tan poca la confianza que los ciudadanos tenemos hacia quienes nos gobiernan, que aunque un día nos juren que está todo solucionado y que ir en tren ya es seguro, no nos lo vamos a creer. Viajar en tren, en España, es ya una actitud de quienes no tienen aprecio por la propia vida. En otros países, las personas que nada tienen que perder porque nada hay que los ate a este mundo, se hacen mercenarios, misioneros o vendedores de biblias en Afganistán. En España, esas personas toman un tren.
Da igual lo que nos digan, da igual que nos juren que está todo solucionado, da igual que -como Fraga en Palomares- el propio ministro monte en un tren con las cámaras de televisión inmortalizando el momento. Yo no sé con qué ánimo van a coger ustedes un tren de aquí en adelante. Por mi parte, voy a rezar un par de avemarías antes de ocupar mi asiento, de rodillas en medio del pasillo, me da igual si los demás pasajeros tienen que esperar a que termine, aunque lo más probable es que se sumen, cuantos más seamos orando, más probabilidades hay de llegar al destino sanos y salvos.
