Es muy posible que las elecciones autonómicas que se celebran este fin de semana en Aragón den muchas pistas de lo que puede ocurrir en las próximas generales.
Aunque la población de Aragón no llega al 3% de la población española, su distribución entre población rural y urbana, su riqueza media y sus hábitos le convierten, como a Ohio en Estados Unidos, en un referente para los politólogos.
Prueba de ese valor de referencia para el resto de España es que no son pocas las empresas, especialmente las de gran consumo, que prueban nuevos productos o formatos en fase piloto en Zaragoza para predecir el comportamiento del consumidor medio español.
Incluso cuenta con una ordenanza Sandbox para facilitar pruebas innovadoras, atrayendo proyectos europeos y convirtiéndose en referente para tecnologías de vanguardia antes de su despliegue masivo.
La ley electoral aragonesa, como la española, permite acceder al Parlamento a partidos que llegan al 3% del electorado en una circunscripción, lo cual explica la proliferación de candidaturas con posibilidad de lograr escaños, especialmente en Zaragoza, ya que la ley D'Hondt lo hace más complicado en Huesca y Teruel si los partidos grandes sacan muchos votos… De nuevo un calco a lo que ocurre en las elecciones generales.
En esta ocasión, además, la candidata del PSOE ha sido ministra durante cuatro años y medio y portavoz del Gobierno durante algo más de dos años, por lo que, a diferencia de las elecciones de Extremadura, el partido del presidente del Gobierno de España solo debería aspirar a mejorar los cosechados por el difunto presidente Lambán.
Sin duda Aragón es, también este 8F, un buen termómetro.
Si hacemos caso a las encuestas y simulaciones varias, PP y Vox tendrán que pactar, lo mismo que ocurre en Extremadura o en Valencia. Y se abrirá el debate sobre la derecha buena y la derecha mala, algo en lo que la izquierda ha ganado la partida por goleada.
No hay izquierda mala, ninguna, porque son ellos quienes reparten carnets de buen ciudadano, algo que no puede decir la derecha a quien hace tiempo que le han ganado el relato. Pero es bueno mirar lo que ocurre en Cataluña. El cordón sanitario a Aliança Catalana parece que se está desdibujando, al menos por buena parte de los votantes de la difunta Convergència.
Si eso es así, si uno de los socios del Gobierno actual comienza a pensar en un partido con connotaciones radicales, si incluso ERC llegase a considerar pactar con Aliança porque son indepes, los argumentos de “si no me votáis vendrá la extrema derecha” que hasta ahora han sido la argamasa de unos partidos que solo tienen en común el votar contra el otro lado, comenzarán a presentar fisuras.
Pero más allá de las cada vez más probables alianzas con Vox o Aliança, partidos hoy tan legales como Bildu, por poner un ejemplo al otro lado del espectro político, nos deberían hacer reflexionar al común de los mortales sobre la conveniencia de los frentismos.
Nuestra transición, ejemplo incluso para el secretario de Estado norteamericano, debería inspirar a nuestros políticos y dejarse de frentismos. La colaboración de los dos grandes partidos nacionales es imprescindible para muchísimas cosas, por ejemplo, para un pacto de Estado de infraestructuras que resuelva hacia dónde tienen que ir unos trenes y unas autovías que se caen a trozos por no mantenerlos lo suficiente.
Parece evidente que no lo harán, al menos con los líderes actuales, pero cuanto más se insista en el frentismo, cuanto más se escuche a los extremos con el único objetivo de llegar o mantenerse en el poder, peor nos irá a todos y más crecerán aquellos a los que a la mayoría no nos gusta que manden.
Las elecciones autonómicas en Aragón serán, me temo, premonitorias de lo que ocurrirá en las elecciones generales. Quien sume suficientes escaños gobernará, aunque para ello tenga que pactar con partidos demasiado extremos, ignorando soluciones transversales que, hoy por hoy, son de auténtica ciencia ficción.
Vox, o Bildu, o Aliança, cada vez influirán más, no por deseo expreso de los ciudadanos, sino por la obsesión de levantar muros de quienes pueden derribarlos. No es algo nuevo. En la segunda república el Frente Popular y la CEDA nos llevaron donde todos sabemos. Vivimos ahora demasiado bien para que nuestra historia se repita, pero estamos cometiendo los mismos errores que hace noventa y tantos años.
