Hace unas semanas me llamó la psicóloga del cole para comentarme que mi hijo, de 5 años, es el “lentorro” de la clase. “No tiene ningún problema a nivel cognitivo, pero suele ir muy lento, especialmente en las transiciones entre tarea y tarea”, me dijo.
Sus comentarios no me sorprendieron en absoluto. En casa ocurre lo mismo: dos horas para ponerse los zapatos, tres para que se termine el pollo rebozado, cuatro para que suba al coche… Mi hijo va por la vida a ritmo tropical, por muchas prisas que le dé. Su lentitud me saca de quicio, pero, en el fondo, le tengo envidia. ¿Por qué hay que hacerlo todo tan rápido en esta vida?
Indagando en internet sobre el tema, he descubierto a Carl Honoré, un destacado periodista canadiense, considerado un referente del mundo slow desde que en 2004 publicó Elogio a la lentitud, un ensayo que analiza el valor de ir sin prisa en un mundo marcado por la eficiencia y la hiperactividad.
“Yo era un correcaminos. Trabajaba como periodista y vivía como todos en una sociedad infectada, contaminada por el virus de la prisa, en todo. Corría por la vida en lugar de vivirla, tanto en el trabajo como en lo personal. Así que en la cocina, en el gimnasio y en la cama con mis hijos, a la hora de leer un cuento --que tendría que ser el momento más relajado, más tierno, más lindo-- fue cuando toqué fondo, porque estaba a punto de comprar un libro de cuentos para leer en un minuto antes de dormir, o sea, Blancanieves en sesenta segundos”, explicó en una entrevista reciente para el diario La Nación.
Honoré, que también es autor de Bajo Presión: Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente (RBA, 2008), critica cómo la velocidad se ha convertido en el modus vivendi de la sociedad contemporánea. Desde la comida rápida a la inmediatez de los whatsapp, esta búsqueda constante de eficiencia y productividad ha dejado poco espacio para la reflexión, la contemplación y el disfrute genuino de la vida.
Por eso, cuando a un niño se le cataloga de “lento” en el sentido peyorativo, Honoré defiende el Slow Learning, el aprendizaje slow. “No hay que acelerar a los chicos, sino darles el espacio y el tiempo para explorar el mundo a su ritmo, para jugar libremente, incluso a veces para aburrirse, y darle más rienda suelta. Hacer del alumno el protagonista de su propio aprendizaje, en lugar de ponerlo en una máquina con una sola velocidad para todos en el aula al mismo tiempo. Se trata de variar y honrar los ritmos diferentes de cada chico”, explicó el verano pasado en otra entrevista con Infobae.
Pero la realidad es otra: los niños salen con prisas de la escuela para llegar a tiempo a las extraescolares, cenan rápido para poder hacer los deberes, hay que leerles un cuento a toda velocidad porque así se dormirán temprano y nosotros tendremos tiempo para hacer otra cosa. Hacer, hacer y hacer.
Para Honoré, el movimiento slow es una mentalidad: “Es privilegiar la calidad sobre la cantidad, es estar presente, vivir plenamente el momento. Es hacerlo todo, no lo más rápido posible, sino lo mejor posible. Es una idea sumamente sencilla, pero tiene la capacidad para revolucionarlo todo, desde el sexo, hasta el trabajo. Y es por eso que en todos los ámbitos de la vida ahora hay movimiento por la lentitud”, dice.
Leyendo esto me acordé de una ocasión en que llegué a casa de un hombre con prisas por un revolcón. Él, sin embargo, me esperaba con la cena preparada: tortilla de sobrasada y un kilo de queso gorgonzola, acompañado de deliciosas rebanadas de pan de nueces, además de una tarta de manzana. Me quedé tan llena que las prisas por el revolcón quedaron aplazadas para otro día.
