Al observar la composición de los Gobiernos en Cataluña, el departamento que tradicionalmente ha concentrado la imagen de área potencial de conflicto ha sido el de Interior, símbolo de la fortaleza y la capacidad de resistencia del Ejecutivo. Sin embargo, creo que en la actualidad —y sospecho que también en el futuro— habrá que añadir el Departamento de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación.

Hay quien tiene la sensación de que todas las plagas de Egipto están cayendo al mismo tiempo: lluvias torrenciales, incendios, sequías y, ahora, las distintas “maldiciones” de las pestes: aviar, bovina, jabalíes, conejos y corzos arrasando las cosechas…

Para completar el panorama, unos mercados internacionales desquiciados e impredecibles, con precios que descolocan a más de una economía nacional, y unas normativas sanitarias y medioambientales que, en el mejor de los casos, están poco explicadas.

Se puede hacer prevención y se puede practicar la empatía. Se pueden poner recursos económicos y humanos —siempre escasos— desde el sector público. Ayudar a la transformación del agro no deja de ser una tarea de, como mínimo, una generación. Mientras tanto, la mayoría de la gente va desorientada:

tantas pestes, ¿por qué?,

los cortes de carreteras, ¿a qué responden?,

Mercosur, ¿qué es exactamente?,

la PAC, otro acrónimo más.

Los alimentos de kilómetro cero suenan muy bien, pero ¿dónde empieza realmente el kilómetro cero? Queremos pagar un precio justo por los productos de proximidad, pero ¿cómo se garantiza?

Los relevos generacionales son cada vez más escasos, mientras los fondos de inversión compran tierras para responder a nuevas demandas y trasladan la transformación de los productos fuera de los municipios productores. Sin consolidar población en el mundo rural abandonado.

Encajar este rompecabezas es, como mínimo, de alto riesgo. Escuchar es la primera tarea, y no es nada obvia, especialmente cuando se sabe que muchas respuestas no están en manos de uno mismo, ni del Gobierno de turno.

La gente pide complicidad, proximidad y empatía. El dinero siempre ayuda: modernización de regadíos, inversión en nuevas tecnologías, apoyo a los relevos generacionales… todo suma. Pero creo que falta un intangible: la confianza de la ciudadanía en su propia agricultura; es decir, en su propia tierra.

Para ser un país fuerte, unir lo urbano y lo rural es básico. Del mismo modo que hemos pasado de una economía industrial a una de servicios —y aún nos cuesta asumirlo—, también nos cuesta entender la importancia de tener una despensa llena, segura y de calidad, con productos lo más cercanos posible.

Que los colectivos agrarios de muchos países se manifiesten contra acuerdos comerciales de vocación global debería hacernos reflexionar. Alguien puede pensar que este debate es de izquierdas o de derechas. Me permito discrepar. Esto va de capacidad de autosuficiencia alimentaria. Cuidado con simplificar: es mucho más complejo.

Mercosur, sí, pero ¿cómo lo hacemos sin perjudicarnos a nosotros mismos? La globalización debería respetar las identidades territoriales y las condiciones laborales. Si no, nos puede pasar lo mismo que con muchas industrias —la automovilística, los electrodomésticos, entre otras—, que dejamos de producir en nuestros países: se reubicaron en otros continentes, y ahora tenemos economías de servicios con poca industria y con malestar social en los sectores que quedaron descolgados.

Hablar y dialogar es la base para entender dos realidades distintas, pero igualmente imprescindibles: la urbana y la rural.