Mi experiencia y conocimiento del sector, a pesar de mi juventud (22 años), me permite afirmar que la construcción no tiene un problema de trabajo, sino de relevo generacional. No faltan obras ni actividad, sino jóvenes dispuestos a ver el oficio como una opción de futuro.
El sector ofrece salidas profesionales sólidas, estables y bien remuneradas. De hecho, no es extraño que un encargado de obra con experiencia acabe cobrando más que el ingeniero del proyecto, que sobre el papel es su superior.
Fuera del sector, esto es algo que sorprende; dentro, es una realidad asumida. A pesar de ello, esta información rara vez llega a los jóvenes.
Durante años se ha construido un relato en el que los oficios quedaban relegados a una segunda división. El camino del éxito pasaba exclusivamente por la universidad, mientras la formación profesional y el aprendizaje de un oficio se veían como opciones menores.
El resultado es un desequilibrio evidente: exceso de titulados sin una salida clara y sectores estratégicos que envejecen sin sustitución.
En este contexto, el papel de las universidades también merece una reflexión serena. El sistema ha sido muy eficiente generando títulos, pero menos a la hora de ayudar a los jóvenes a pensar en qué quieren hacer realmente con su vida profesional.
A menudo se ha priorizado la acumulación de grados y másteres por encima de orientar, descubrir vocaciones o mostrar alternativas fuera del recorrido académico convencional.
Esto ha alimentado una cierta titulitis: jóvenes que alargan sus estudios sin una salida clara, que acaban ocupando puestos poco productivos o desconectados del mundo real, o que aspiran casi en exclusiva a puestos de oficina o a la estabilidad del funcionariado.
Mientras, actividades esenciales para el funcionamiento del país, como la construcción, se quedan sin profesionales.
La realidad del sector hoy es muy diferente de la imagen que aún arrastra. La construcción ya no es solo fuerza física: es planificación, precisión, conocimiento técnico, gestión de equipos y responsabilidad.
Un buen profesional de obra tiene recorrido, proyección y futuro. Y en muchos casos, una trayectoria económica más sólida que la de otros perfiles altamente cualificados.
También hay un choque cultural evidente. La obra exige compromiso, constancia y presencia. No es inmediata ni totalmente digitalizable, y eso entra en conflicto con determinadas expectativas laborales actuales.
Pero las viviendas, las escuelas o los hospitales no se levantan con discursos ni desde despachos: se construyen sobre el terreno.
Desde Girona, esta situación es especialmente visible, pero no una excepción. Si no se recupera el prestigio de los oficios y no se explica la realidad del sector sin prejuicios, el problema se agravará: menos profesionales, obras más caras y más dificultades para dar respuesta a una necesidad tan básica como la vivienda.
La construcción no es una opción residual ni una salida de paso. Es una profesión con presente y futuro. Pero para que este futuro sea posible, hay que resituar el oficio en el lugar que le corresponde.
