Hay una diferencia esencial entre la izquierda y la derecha. La primera busca compensar las desigualdades proporcionando a toda la población servicios esenciales: sanidad, educación y, en cierta medida, vivienda y movilidad.
La derecha, en cambio, sostiene que el Estado debe intervenir lo menos posible en la vida económica porque el bien público deriva de la libertad de mercado en el que actúa la iniciativa privada sin cortapisas.
Por eso cuando la derecha tiene fuerza suficiente, privatiza los servicios públicos rentables. Luego, como el objetivo de un inversor no es hacer caridad, sino ganar dinero, o pide más (amenazando con no prestar el servicio) o el Estado se hace de nuevo con la compañía.
En Madrid, el sector privado de la sanidad ha sido compensado con millones extraordinarios por el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso --compañera de piso de uno de sus empleados--, y las autopistas radiales que adjudicó Aznar, al entrar en pérdidas, fueron rescatadas.
El mercado es libre para los beneficios, pero intervenido cuando hay pérdidas.
Aunque la derecha se dice partidaria de no actuar sobre la economía (salvo en los toros, asunto de primera necesidad), con frecuencia acaba asumiendo empresas deficitarias que privatiza cuando ganan.
La izquierda, en cambio, se distingue (o debería distinguirse) por la regulación del mercado, garantizando las prestaciones necesarias para una vida digna. Aunque no siempre actúa así. Y ahora lo está pagando.
Si la izquierda no sirve para redistribuir la riqueza y promover la igualdad de oportunidades, ¿para qué sirve?
Llama la atención la desfachatez de una derecha que lamenta la falta de unos servicios públicos de los que es poco o nada partidaria. Solo le interesan como elemento de agitación cuando gobierna la izquierda.
Un caso de demagogia evidente es el llamamiento de Junts a una movilización en Cataluña con motivo de la crisis de unas Rodalies que Pujol nunca quiso asumir, mientras regaba de millones a Ferrocarrils de la Generalitat. Porque, además, pasa por alto que fue el Gobierno de Artur Mas el primero que empezó a dar hachazos al sector público.
Como la política de austeridad no permitía entonces grandes inversiones en obra pública (que en algún caso se sospecha generaban un 3% para el partido) se estimuló la privatización de la sanidad, al tiempo que se recortaba el presupuesto para los hospitales y los CAP.
Pero no por eso deja de tener razón la derecha cuando sostiene que la población quiere que sus impuestos se gasten bien y los servicios públicos funcionen razonablemente. Y si no es así, reclama menos tributos.
Eso es lo que promete Feijóo: rebajas tributarias, las mismas que prometió Rajoy, sin que llegara nunca a cumplir sus promesas. Aunque siempre quedará meter mano a las pensiones públicas.
Eso afecta a la derecha. El problema de la izquierda es otro.
El problema de la izquierda es que se ha dedicado a gestionar, a estimular la acumulación de riqueza (recuérdese la obscenidad de Carlos Solchaga diciendo que España era un país ideal para hacerse rico) más que a redistribuirla.
Para reducir el déficit, la izquierda recortó en inversión y en mantenimiento. Y ahora se pagan esos abandonos.
Es verdad que la derecha nunca colaboró en mejorar los trenes ni en reforzar el sistema hospitalario. Pero, para ser justos, tampoco se comprometió a hacerlo.
Su modelo sigue siendo Thatcher, quien, no está de más recordarlo en estos días, privatizó el sistema ferroviario. Y lo llevó al desastre.
En Alemania, Angela Merkel aplicó la austeridad con saña. Resultado: sus trenes funcionan hoy tan mal que Suiza les ha prohibido cruzar sus fronteras porque les rompían todos los horarios. El Gobierno actual ya ha anunciado un endeudamiento de medio billón de euros para paliar la situación.
Tiene gracia (es una forma de hablar; en realidad es más bien una desgracia) que la derecha asuma ahora la necesidad de intervenir en la economía.
Y lo más paradójico: en España los problemas ni siquiera benefician al PP, sino a Vox, que nunca ha propuesto nada. Pero ahí está el líder popular en Aragón diciendo que el voto al PP es el del “cabreo útil”.
Ignora aquello de “rechace imitaciones”. Para beneficiarse del cabreo ya está Vox, que en el follón se siente en su salsa.
El escritor Julian Barnes lo explicaba muy bien hace unos días: le acusan de haberse escorado a la izquierda aunque él sigue siendo un moderado; lo que pasa, dice, es que el centro se ha ido muy a la derecha.
Hoy sugerir que los trenes deben ser un servicio público (que funcione) lo convierte a uno casi en un trotskista feroz.
