Los catalanes de bien y de mi edad, o sea, viejunos, están orgullosos de la convivencia que reina en Cataluña. Me extraña, sin embargo, que crean que en otros lugares de España, especialmente en Madriz (con zeta, que hace más gracia), el respeto y la moderación han desaparecido.

Suena raro en personas que vivieron el procés y los insultos por botiflers, perdieron amigos y se rompieron familias. La tensión política de este inicio de año repleto de malas noticias se define en las mesas barcelonesas como “potaje madrileño”. Dentro del símil culinario se engloba a partidos, tertulianos, periodistas…

Curiosa descripción, porque en la capital de España son más típicos los callos y el cocido. Sobre la escudella catalana, el batiburrillo de pactos y acuerdos entre independentistas, podemitas y socialistas, se oyen escasos comentarios, aunque es parecida al potaje.    

En el paraíso donde nací, Barcelona, el votante socialista o de alguna de las nuevas izquierdas --progresistas, por supuesto-- quiere creer que todo son flors i violes i romaní. Viven en un florido y hermoso prado catalanista, dispuesto a negociar hasta lo que no conviene a casi nadie, para evitar entrar en discusión.

El presidente Illa, poco amigo de la palabrería, es considerado el salvador de todos los males por la sociovergencia, que hoy es una mezcla de socialistas de carné, viejos progres y exconvergentes faltos de líder.

El desastre ferroviario, que ha llegado sin avisar ni negociar, lo ha puesto todo patas arriba. Pero ha sido la caída del muro de contención sobre un tren de Rodalies (“les nostres”) lo que ha dado material para disparar contra España.

Cuesta, tras tantos años de pactos con el nacionalismo e independentismo, encontrar argumentos que no impliquen a “los suyos” ni al Gobierno de Pedro Sánchez.

Los catalanes llevan décadas sufriendo los retrasos, los vagones repletos, la falta de mantenimiento y renovación en las estaciones o vías de Cercanías. El problema se criticaba en tiempos de Pujol, Maragall, Mas, Torra, Puigdemont, Aragonès, Illa… Pero nunca se exigieron las competencias. 

El traspaso ferroviario tampoco ha sido pieza esencial de intercambio, de negociación, en los pactos. En Madrid, Waterloo o Suiza, con Cerdán y compañía, se buscaron formas, por retorcidas que fueran, para amnistiar a quienes organizaron el referéndum de independencia y sus consecuencias, además de otras pequeñeces.

Los políticos catalanes no quisieron, ni antes ni ahora, asumir las responsabilidades del transporte ferroviario. “Las vías son de Madrid”, repetían. Ahora, independentistas apaciguados con sueldos y prebendas de Madrid ocupan asientos en el Congreso, en empresas públicas españolas, incluso en Adif y Renfe.

Parece que Illa ha conseguido que dimitan dos directivos de esas compañías, de los que nadie sabía el nombre. La escudella ya se ha enfriado.

Els catalans de la terra, los patriotas, andan ahora organizando una manifestación de protesta contra el mal estado de Rodalies. Explican los organizadores que la situación “es lamentable, un lastre para el desarrollo social y económico del país”. Se refieren a Cataluña.

Volverán a salir esteladas y pancartas escritas en català, sisplau, olvidando que buena parte de los pasajeros diarios de Cercanías son latinos, inmigrantes que hablan español. El joven maquinista, el único muerto en Gelida, era sevillano y estaba en prácticas. No fue a otro país. Se quedó en España.

Voy a dos tertulias, una en Barcelona y otra en Madrid. No, no hablamos delante de cámaras ni micrófonos. En ambos encuentros, los tertulianos disienten, comentan y dan su opinión.

La tertulia de Chati, gran cocinera y tertuliana, suele ser en su casa. Compartimos noticias y opiniones poco biempensantes entre platos de sublimes garbanzos y copas de vino. En Madrid, la tertulia de Miguel Ángel, escritor y maestro de periodistas, es un desayuno de fijos, con ilustres invitados puntuales, en el bar de un hotel. Corre el café, también alguna copa, acompañado de tortillas de patata y pastas.   

Si me dan a escoger entre potaje o escudella, me quedo con la sopa de mi suegra. Satur era de Valladolid, pero vivió más de media vida en Pamplona. A la olla de su cocina, siempre encendida, iban los fideos y los restos. Le sobraban ganas por contentar a familiares y a extraños. En su casa todos eran bien recibidos.