Las verdaderas calamidades carecen de épica, igual que la muerte (súbita) no sucede siempre con estrépito, sino que, a veces, se nos aparece como un colosal, gigantesco e inconmensurable silencio, preludio de la banda sonora de la eternidad.
Todas las desgracias son prosaicas. Charles Bukowski escribió, en uno de sus arrebatos nocturnos, un poema sobre esta cuestión: “No son las cosas importantes las que / llevan a un hombre al / manicomio. (…) No, es la serie continua de pequeñas tragedias / lo que lleva a un hombre al / manicomio / no es la muerte de su amor, / sino el cordón de su zapato que se rompe cuando tiene prisa”.
Cabe decir lo mismo de la deriva de España, que lleva más de una semana conmocionada por las muertes de los accidentes ferroviarios de Adamuz y sus réplicas catalanas.
Mientras las familias lloran a sus muertos –que perfectamente podrían haber sido los nuestros porque la vida de todos consiste en coger trenes en andenes inciertos– y los bandos políticos intentan exculparse (cosa imposible) e inculparse (cosa miserable), cunde la sensación de que el siniestro de España no es territorial, sino sentimental.
Ambos, sin duda, están relacionados. No cabe debatir sobre el estado de postración de nuestra sociedad dejando fuera del cuadro los intereses de quienes –de forma expresa o disimulada– ambicionan atracar la caja común en su beneficio, condenando al resto de sus iguales –la muerte no acepta ni singularidades ni estupideces– a padecer las consecuencias de su avaricia.
Que el sanchismo y sus socios están políticamente muertos no debería extrañar a nadie. Hasta las ficciones más colosales decaen en algún momento cuando toman contacto con la realidad.
Ya está sucediendo: la catástrofe de la red ferroviaria, que se padece en todos sitios por igual, y que afecta también a las carreteras, a la sanidad, a la educación (contaminada por el dogma de los nacionalismos) y a la atención social (ser viejo y dependiente en este país es morirse por anticipado), ha hecho emerger el iceberg de la decadencia social y moral del país.
Hace solo ocho años España todavía era, a pesar de todos los quebrantos de la crisis económica de la década anterior, que fue cuando se jodió el país (y Zapatero empezó a ganar dinero), un país equiparable a cualquiera de sus socios europeos.
Las tornas han cambiado: los populismos han destruido por completo el espacio común de entendimiento social, convirtiendo las diferencias sociales en una obscena militancia sectaria; el radicalismo crece –a izquierda y derecha– y la vida empeora.
Nada funciona como debería, a pesar de que en estos mismos ocho años la recaudación tributaria no ha dejado de crecer sin cesar. El Estado y las autonomías fagocitan la riqueza nacional mientras dejan que el Estado del bienestar y los servicios públicos, que son los únicos indicadores del progreso de una sociedad, soporten un gravísimo naufragio.
Según la OCDE, la recaudación por tasas, impuestos y cotizaciones sociales entre 2010 y 2024 duplicó en España la media de los países desarrollados. El incremento de la presión fiscal, que se mantuvo invariable a pesar de una crisis como la causada por el Covid, supera el que se ha producido en este mismo periodo en Alemania, Francia, Italia y Reino Unido.
En muchos de estos países se pagan más impuestos, pero sus servicios públicos no se han visto tan comprometidos en un tiempo tan escaso. No es catastrofismo –como replican los heraldos a sueldo–, sino un puro ejercicio de realismo. Alquilar una vivienda se ha convertido en una quimera, muchísimos empleos no permiten sobrevivir y la precariedad social se ha cronificado, afectando con idéntica crudeza a distintas generaciones, desde los más jóvenes a los mayores de cincuenta años.
La desigualdad se ha convertido en un triste hábito y la corrupción (que mata tanto como el hambre) es parte del paisaje. La tragedia de Adamuz se asemeja al fondo de un pozo: decenas de personas muertas –sin motivos para morir– como consecuencia de la negligencia de un Gobierno que, por sistema, miente, huye de sus responsabilidades, ofende y acusa a los demás de sus pecados.
Ignoramos aún cuándo podremos volver a votar. Nada indica que vayamos a ver una revolución. Tampoco es que sea necesaria: son las tragedias cotidianas –un médico que no te atiende, una inundación que te ahoga dentro de un garaje sin que nadie te advierta antes del peligro o un tren que descarrila con violencia sobre una vía reventada– las que hacen que los españoles acaben perdiendo la paciencia y actúen en consecuencia.
Sánchez tiene sueltos los cordones de los zapatos.
