La obsesión de Trump para controlar Groenlandia deja, una vez más, las vergüenzas de Europa al descubierto.
El envío de tropas a Groenlandia es, como bien dijo Meloni, más propio del inicio de un chiste que de un ejercicio de disuasión: 15 franceses, 13 alemanes (ya de regreso), tres suecos, dos finlandeses, dos noruegos, un inglés y un holandés. En total, 37 militares.
Estados Unidos ahora solo tiene 150 militares en su única base operativa, pero en la Guerra Fría superó los 10.000 efectivos, desplegados en 17 instalaciones, una de ellas tan secreta que estaba excavada bajo un glaciar.
Más allá de las ansias expansionistas de la actual Administración norteamericana, de su política basada en la amenaza permanente y de su urgencia por dejar de ser el pagafantas de la seguridad de Occidente, lo que no tiene sentido es amplificar el ruido mandando tan exiguo contingente de tropas.
En China y en Rusia hace tiempo que se han acabado las palomitas porque el potencial enemigo de Europa son ellos, no los estadounidenses, y deben estar alucinando con tan relevante despliegue de tropas.
Las maniobras chinas que periódicamente se realizan frente a las costas de Taiwán concentran unos 150 aviones, cerca de 100 naves de guerra y decenas de miles de soldados.
El mundo se ha polarizado de una manera increíble hasta hace unos pocos años y a Europa, una realidad política con más historia que futuro, solo se le ocurre darle pellizcos al grandullón de quien depende su seguridad.
No se trata de decir a todo que sí, como parece hacer el actual secretario general de la OTAN, sino de hablar de manera sosegada una y cien veces hasta encontrar caminos de encuentro.
En esto la presidenta de México es una de las más listas de la clase. Nunca reacciona en público ante los ataques verbales del 47 presidente. Le llama, pactan y la sangre, de momento, no ha llegado al río. Y cuando vuelve a hacer unas declaraciones estridentes, la presidenta vuelve a llamar y vuelven a pactar.
A nadie se le escapa que el deshielo del océano polar ártico abre nuevas oportunidades comerciales, pero también nuevos riesgos. Estados Unidos está a tan solo cuatro kilómetros de Rusia por el oeste, esa es la distancia que separa el último islote norteamericano del primero ruso por el estrecho de Bering, distancia que se puede cruzar andando durante gran parte del invierno.
Y por eso Estado Unidos compró Alaska en 1867. Si Groenlandia fuese algún día controlada por rusos o chinos la situación sería igual o peor por el este. Es cierto que Groenlandia tiene un gran valor estratégico para Estados Unidos, otra cosa es si en pleno siglo XXI tiene sentido que compre un territorio o es mejor explorar otras formas de cubrir sus necesidades de defensa desde una OTAN que realmente funcione.
La preoferta de 700.000 millones supone casi dos veces el PIB anual de Dinamarca. Y, además, a los habitantes de Groenlandia también les darían el equivalente a dos años de su PIB per cápita anual. Por dinero no será, es por el orgullo patrio, algo nada claro en un territorio que no se siente muy ligado al continente.
De hecho, desde 2008 goza de una gran autonomía, reteniendo Dinamarca tan solo la política exterior, la seguridad y la política financiera. Además, cada año Copenhague aporta unos 12.000 dólares por habitante para ayudar en el desarrollo de los servicios básicos. Si no es un estado libre asociado, se le parece mucho.
Pero el no de los países de la Unión no solo es por la soberanía territorial, sino también para evitar sentar un peligroso precedente. Si se le pone fácil a Estados Unidos adquirir Groenlandia, a lo mejor lo siguiente pueden ser las islas Malvinas, excelentemente posicionadas para la Antártida, o Gibraltar, puerta de entrada al Mediterráneo, o alguna de las posesiones francesas de ultramar.
Para Reino Unido y Francia no es el huevo, es el fuero.
Dado que lo que se desea es defender la integridad territorial de Dinamarca lo que habría que hacer es concretar, dentro de la OTAN, un plan de defensa de Groenlandia muy ambicioso, con tropas de la OTAN y sin que requiera el despliegue de soldados norteamericanos como única solución. Y lo mismo en otros puntos calientes del mundo.
Y todo esto negociado con tranquilidad, sabiendo que el presidente 47 tiene unas formas muy suyas, pero que se le puede hacer entrar en razón. Lo que nunca deberíamos hacer es actuar como si Estados Unidos fuese el enemigo porque entonces quedaremos totalmente desprotegidos frente a nuestros enemigos reales.
Puede que no sea casualidad que quienes mejor saben gestionar a Trump sean las presidentes de México e Italia. A un macho alfa no le puede hacer cambiar otro macho alfa, salvo que sea de su tamaño, como Rusia o China. Los demás tienen que jugar a otro juego, como están demostrando ellas dos.
