Me brotaron como ríos las lágrimas a los ojos cuando me enteré de que en casa de Jesús Cintora no había en los años ochenta ni agua caliente ni lavadora ni frigorífico ni ducha. Qué niñez más horrible debió de pasar el pobre hombre, qué sufrimientos y complejos ha de arrastrar desde entonces, no es extraño que celebre como un triunfo cualquier medida que tire adelante el gobierno del PSOE.

Si mañana Pedro Sánchez anuncia que los niños de siete años tienen prohibido trabajar en la mina, le va a faltar tiempo a Cintora para celebrarlo, porque --aunque eso se le olvidó comunicarlo-- estoy seguro de que se echó sus buenos turnos bajando al pozo a picar carbón. Cómo no va a ser Cintora uno de los más entusiastas altavoces de Pedro Sánchez, si gracias a los buenos haceres de éste, hoy mira a su alrededor y ve a la gente con lavadora y frigorífico en casa, algunos más afortunados hasta con ascensor.

No se le puede reprochar que se haya convertido en periodista del poder, cualquiera habría hecho lo mismo después de haber padecido una infancia dickensiana como la suya, suerte tuvo de no ser vendido a algún traficante de niños a cambio de unos mendrugos de pan. La primera vez que --ya casi adulto-- tuvo en sus manos el mando a distancia de un televisor, dio las gracias a Pedro Sánchez y a Dios --por este orden-- y acto seguido le pegó un mordisco, tal era su desconocimiento sobre el artilugio y tanta era su hambre atrasada.

Con el tiempo, no solo ha aprendido a no comerse los mandos a distancia, sino que --paradojas de la vida-- hasta trabaja en la televisión, cosa que aprovecha para loar sin descanso al gobierno que le sacó del arroyo en los ochenta, de bien nacidos es ser agradecidos.

Además de lágrimas, Cintora ha provocado sin querer remordimientos a buena parte de la población. Mientras en los años ochenta todos teníamos en casa nevera, televisor, bicicleta y algunos --no pocos-- hasta segunda residencia en la costa, el futuro periodista tenía que ir en invierno a lavarse los sobacos al río y en verano estaba obligado a comerse todo lo que había en la despensa antes de que se estropeara, por no tener frigorífico donde guardarlo (de todas formas, eran tan pobres que ni para comer tenían, así que la nevera habría sido un derroche).

Yo mismo, que en aquellos años ya estudiaba en una universidad tan exclusiva que hasta tenía baño donde hacer las necesidades --seguro que en la misma época Cintora sacaba el culo por la ventana cada vez que tenía un apretón, no creo que en el cuchitril donde vivía con su familia disfrutaran de retrete--, leo ahora el espeluznante relato que hace de su mísera vida en la misma época, y me doy cuenta de que fui un privilegiado, si pudiera volver al pasado, buscaría a la familia Cintora y les regalaría una manta para ayudarles a pasar el invierno. ¡Y pensar que en aquellos tiempos yo tenía unos zapatos y un par de pantalones!

Lo bueno de la infancia de Cintora es que, como estaban obligados a dormir todos --padres, hermanos, abuelos y perro, más una vecina que aprovechaba para colarse ahí-- en la misma cama, se fueron creando unos vínculos que perduran hasta hoy, vínculos que desconocemos los pocos afortunados que teníamos una cama para nosotros solos, a la cual --encima-- se le cambiaban las sábanas de vez en cuando.

A Cintora, el pobre, no es que no le cambiasen las sábanas, es que desconocía la existencia de dicha prenda, por eso también le pegó un mordisco la primera vez que se topó con una. Gracias de nuevo a Sánchez y a Dios, hoy en día en España hay incluso comercios que las venden, así ha prosperado el país gracias al actual gobierno, como bien nos recuerda Cintora en cuanto puede, que es cada día.