¡Qué noche la del pasado lunes! Barcelona volvió a ser noticia internacional. La excitación se notaba en los pasillos del Gran Teatre del Liceu. Algo excepcional estaba a punto de suceder. Íbamos a asistir al debut mundial en el papel de Isolda de la mejor soprano dramática actual, la joven noruega Lise Davidsen.

Escogió cantar en nuestro teatro, y solo eso ya nos llenó de orgullo, sin patriotismo ni cuentos chinos. Fue un éxito. La calidad de todas las voces, además de la maestría de la directora de orquesta, llevó al teatro a su zénit. Por primera vez en años, no vi a nadie salir corriendo de la platea. Barcelona, pensé, vuelve a la excelencia.

Un buen amigo catalán, uno de esos que siempre te cuidan, me ofreció una entrada para “el” Tristan und Isolde. Salí corriendo de Madrid, a buscar un tren que me dejara en mi ciudad natal antes de las 18.30, cuando se levantaba el telón. El poema musical de Richard Wagner, una droga adictiva, dura cuatro horas y treinta y cinco minutos. Pocas se me hicieron.

Es lo que ocurre cuando algo es casi perfecto. “No temas la perfección, nunca la alcanzarás”, dijo Salvador Dalí. Poco importó que la producción minimalista de Bárbara Lluch, nieta de Núria Espert, fuera un déjà vu con demasiadas lucecitas y confetis cayendo del cielo. Las voces, bien elegidas, y la potente dirección de Susanna Mälkki permitían cerrar los ojos y escuchar.

Se ha comentado mucho que eran tres las mujeres al mando de este Wagner tan esperado. Personalmente, me importa poco el sexo o la nacionalidad de quien dirija, produzca o cante… si lo hace bien. Pero ahí les dejo el detalle políticamente correcto.

No hay muchas urbes que aspiren y consigan estar en la primera línea de la excelencia y la innovación. Pocas llegan a ese Nirvana. Sucedió en Barcelona, durante aquella Cataluña del XIX que hizo la revolución industrial casi al mismo tiempo que el Reino Unido; y en alguna otra ocasión, como en las Olimpiadas de 1992.

El Liceu se inició con inversiones privadas de la burguesía barcelonesa, sin ayudas públicas ni voluntades reales. La primera ópera de Wagner, no obstante, llegó antes. Fue Lohengrin, puesto en escena por el Teatro Principal. Desde entonces, la ciudad se convirtió en uno de los templos de la música posromántica, tan adictiva para quien la prueba.

Tras décadas de sopor de los sesenta a los ochenta, seguidas del pavoroso incendio del teatro de las Ramblas, se decidió volver a edificar en el mismo lugar y con el apoyo de todas las Administraciones, además de bancos, cajas y empresarios. La decisión da la talla de lo que las ciudades pueden hacer si todos trabajan a una. Es la apuesta o la decadencia.

Tras la crisis económica mundial, el procés cainita e interminable y la salida de las empresas, dudaba que el Liceu volviera a ser el que fue. La política lo cubría todo, oficinas, palcos y escenario. Ponían y quitaban directores en los teatros, asustaban a los mecenas y alejaban el talento. Hace ya tiempo, al llegar a una función que ni recuerdo, uno de esos directores salió a saludarme. Durante veinte largos minutos, me contó “el impresionante”... número de camiones que esa semana habían entrado en el Teatro.

El pasado lunes, en el teatro de las Ramblas, solo encontré sonrisas. “Avui, sí, avui disfrutaràs”, me dijo un gran periodista deportivo de TV3 que, en su segunda vida, volverá como crítico de ópera. “Ya tengo cuatro entradas para distintas funciones”, me confesó otra liceísta de toda la vida con la que hay que hablar antes de opinar.

Es muy caro, elitista y solo para unos pocos, aducen quienes ni siquiera han intentado sentarse a escuchar. Mentira. Se pueden obtener entradas por mucho menos de lo que cuesta un asiento en cualquier estadio de fútbol. Y puede ser un recuerdo de por vida. Este lo fue.

Mi bisabuelo, Frédérique Lherme, francés y soldador, aseguraba haber estado en el Liceu el 8 de noviembre de 1899, cuando los catalanes pudieron ver por primera vez Tristan und Isolda. Ahora me toca a mí. Cuando la función acabó, subí las Ramblas entre obras y pensando: “Yo viví el debut mundial de Davidsen con Isolda”.