Joaquim Coll opina sobre el acuerdo UE-Mercosur
Revolta Pagesa: proteccionismo con barretina
"El comercio se ha convertido en arma política y Europa necesita aliados, mercados y reglas frente al repliegue proteccionista que encarna el trumpismo y a un contexto geopolítico inestable"
Hay críticas que, por reiteradas, acaban funcionando como reflejos condicionados. El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur ha activado uno de los más previsibles: el del proteccionismo agrario envuelto en retórica épica. En Cataluña, la plataforma Revolta Pagesa, expresión autóctona del populismo rural europeo, ha encontrado en este tratado el enemigo exterior al que atribuir todos los males del campo. Como si el problema fuera Brasil o Argentina y no décadas de políticas erráticas, subvenciones mal orientadas, minifundismo persistente y un discurso victimista que se resiste a asumir la realidad.
Conviene empezar por lo obvio. El acuerdo con Mercosur no es un capricho ideológico de Bruselas ni una conspiración tecnocrática contra el agricultor europeo. Es una decisión estratégica en un mundo cada vez más fragmentado, donde el comercio se ha convertido en arma política y donde Europa necesita aliados, mercados y reglas frente al repliegue proteccionista que encarna el trumpismo y a un contexto geopolítico crecientemente inestable. El Consejo de la UE lo aprobó por mayoría cualificada el pasado 9 de enero, tras el cambio decisivo de Italia, y la firma está prevista para el día 17 en Asunción. Falta aún la ratificación del Parlamento Europeo, pero el proceso sigue adelante.
Entre tanto, Revolta Pagesa ha vuelto a ocupar carreteras y accesos estratégicos. Durante cuatro días, a principios de enero, hubo cortes en la AP-7 en Girona, la N-II, la C-16 en Berga y el puerto de Tarragona, además de marchas lentas en la capital tarraconense. Este lunes, tras una larga reunión con el president Salvador Illa y el conseller Òscar Ordeig, los agricultores levantaron los bloqueos como “gesto de buena voluntad”, satisfechos con promesas de más controles a las importaciones, ayudas al combustible, fondos adicionales y nuevas mesas sectoriales. El malestar, sin embargo, persiste. Y el acuerdo, naturalmente, no se ha frenado. Las concesiones locales sirven para desactivar la protesta, no para cambiar la realidad.
Porque el problema del campo catalán —como el del resto de España— no está en la carne argentina ni en la soja brasileña. Está en el minifundismo, en la falta de relevo generacional, en la baja inversión en innovación, en la dependencia crónica de ayudas públicas y en una burocracia europea asfixiante. Culpar al libre comercio resulta siempre más sencillo que afrontar reformas impopulares y asumir que el modelo actual no funciona.
Llama la atención, además, el doble rasero. Los mismos sectores que hoy denuncian Mercosur como una amenaza existencial no tienen reparos en exportar vino, aceite, porcino o quesos cuando el mercado les es favorable. El libre comercio sólo es virtuoso cuando beneficia a los propios; cuando introduce competencia, se transforma mágicamente en “dumping”, “abandono del mundo rural” o “traición institucional”. El miedo de muchas explotaciones pequeñas es comprensible, pero el proteccionismo puro no corrige la baja productividad ni reduce los costes energéticos: sólo aplaza una adaptación inevitable.
En Cataluña, este discurso encaja a la perfección con una vieja tradición política: convertir cualquier conflicto sectorial en agravio nacional. Bruselas decide mal, Madrid no defiende lo suficiente y el campesino catalán queda, una vez más, abandonado. El problema es que este relato no resuelve nada y, lo que es peor, sirve para posponer decisiones necesarias. Defender el campo no es blindarlo frente al mundo, sino hacerlo competitivo en él.
Hay, además, un aspecto que los críticos del acuerdo prefieren ignorar: Mercosur es también la mejor respuesta posible al trumpismo comercial. Frente al repliegue proteccionista, la amenaza permanente de aranceles y la lógica del sálvese quien pueda, Europa solo puede oponer una estrategia coherente: más acuerdos, más reglas y más socios. El acuerdo incluye salvaguardas: cuotas limitadas para productos sensibles, calendarios largos de desgravación arancelaria y mecanismos de protección ante distorsiones graves del mercado, además de exigencias sanitarias y medioambientales que los productores europeos ya cumplen —aunque su control efectivo siga siendo mejorable—. No es una carta blanca a la deslocalización ni una sentencia de muerte para la ganadería. Es una oportunidad para que Europa actúe como el actor global que dice ser.
Persistir en el proteccionismo agrario, además de caro, es socialmente regresivo: encarece los alimentos, penaliza a los consumidores y concentra beneficios en sectores muy concretos. No es progresista ni sostenible. Es conservador en el peor sentido del término.
Europa no puede predicar apertura y multilateralismo mientras se encierra tras las alambradas del miedo. Y Cataluña no puede aspirar a ser moderna, exportadora y europea si cada acuerdo internacional se vive como una amenaza identitaria. El campo merece futuro, sí, pero no a costa de negar la realidad. Porque sin comercio, sin competencia y sin acuerdos como el de Mercosur, el declive sería mucho más rápido y mucho más doloroso.