Tras las mascarillas y los test Covid, llegan las balizas en los coches. El caso es que nos gastemos dinero en nuestra propia seguridad. Note el lector que, ya sea por cuestiones de salud, de tráfico, de alimentación o de lo que sea, el Gobierno siempre vela por nuestra seguridad. Gracias a ese empeño, los ciudadanos tenemos no una, sino dos seguridades: que siempre nos acabamos gastando dinero y que siempre hay alguien que se beneficia de ello. Con los precedentes derivados de la Covid y sabiendo que este país se llama España, uno no alberga ninguna duda de que alguien bien situado va a ganar unos milloncejos gracias a la lucecita.

Como sucedió con las mascarillas, las vacunas, los test y todo lo que hace cinco años sirvió para enriquecer a los de siempre, el Gobierno no sólo procura por nuestra salud e integridad física, sino que nos empuja a ello bajo amenaza de multa.

-Ya que vosotros no os cuidáis, os obligamos nosotros a cuidaros, y además, pagando- viene siempre a decir, con esas mismas palabras u otras parecidas, el responsable del ramo correspondiente. Y es que, en el fondo, nos quieren. Los ciudadanos somos como los niños a los que no les apetece tomarse la sopa y el Gobierno es nuestra mamá, que nos fuerza a tomarla porque es por nuestro bien, así de maternalista es Pedro Sánchez. La diferencia es que las mamás no hacen pagar la sopa a los niños, mientras que el Gobierno nos hace pagar el menú completo, baliza incluida. No sé si será cierto que hay amores que matan, lo que es innegable es que los hay que arruinan.

Hoy en día no es fácil ganar dinero con un nuevo invento, así que está muy bien que la administración constriña a los ciudadanos a comprarlo, ya que es una forma de ayudar a los emprendedores. Si a usted, por ejemplo, tras írsele la mano con el orujo, se le ocurre una idea un poco estrafalaria o directamente estúpida, no la tire a la basura de inicio: piense primero si conoce a alguien bien situado que pueda hacer que su adquisición sea obligatoria, y ya tendrá el negocio resuelto. La baliza de los coches es un buen ejemplo: la idea de poner a la venta una lucecita para colocar en el techo del automóvil en caso de avería estaba destinada al fracaso, no la hubieran comprado ni los familiares directos del inventor. En cambio, si una oportuna ley la convierte en forzosa, el negocio es redondo, cada conductor deberá pagar 30 o 40 euros a tocateja, lo quiera o no. Moraleja: no descarte usted jamás una idea por loca que le parezca, nunca se sabe si no va a haber alguien que le confiera rango de ley.

Lo ideal, en esos casos, es conseguir que el invento sea obligatorio no sólo en España, sino en toda Europa, ya que supone más millones (de personas y de euros). No ha sido el caso de la baliza, se conoce que en Europa no tragan tan fácilmente con todo como en España, pero sí, por poner un ejemplo reciente de los muchos que hay, lo de fijar los tapones de plástico a las botellas. En apariencia, podría parecer una estupidez que nada va a solucionar por lo que respecta al medio ambiente. Y efectivamente es así, pero hay que ir un poco más allá: seguro que alguien está ganando dinero con ello. No me pregunten cómo, si lo supiera, ese alguien sería yo, pero una majadería como esa solo se explica si el que la ideó saca tajada.

Con la baliza ocurre lo mismo, no sé si enriquecerá a su inventor, al intermediario o al político que consiguió que sea obligado poseerla, lo más probable es que a todos ellos y a alguno más que olvido, con lo cual se demuestra que, efectivamente, la baliza, igual que las mascarillas y los tapones fijados a las botellas, cumplen perfectamente su función: hacer que algunos ganen dinero. El capitalismo era eso. Por lo menos, en España.