El domingo pasado leí un reportaje en La Vanguardia sobre un tema que hace tiempo que me preocupa: la falta de tiempo para ver a mis amigos.

“—¿Cenamos la semana que viene?”. “—Lo tengo complicado, el lunes he quedado con la novia, el miércoles tengo el curso de escritura y el jueves, teatro”, podría ser la respuesta habitual de mi amigo Juanjo, que vive en Sarrià, a 25 minutos en coche de donde yo vivo (en transporte público tardaría el doble).

Eso nos dejaría de margen el martes, el día que tengo clase de yoga, en Vilassar, o el viernes, que yo igual ya tengo una cena. Imposible, pues. Decidimos posponer nuestra cita para la siguiente semana, un jueves, para cenar en nuestro restaurante favorito, un local de crepes en la calle Saragossa. 

Por supuesto, seré yo quien baje en coche a Barcelona desde el Maresme, porque mis amigos urbanitas no salen de la ciudad ni en sueños. La cena consistirá en un agradable check-up de nuestras vidas —amores, trabajo, familia— y nos despediremos con un abrazo y con la certeza de que volveremos a vernos en dos o tres meses en el mismo restaurante. 

“Muchas de mis amistades se han reducido a esto, a vernos una vez cada tres meses para cenar y ponernos al día de nuestras vidas”, me quejé a mi amigo Lorenzo, vecino de Sant Antoni, la última vez que nos vimos para cenar. 

Con Lorenzo y su mujer, como tienen niños de la edad de mi hijo, a veces nos vemos para realizar juntos alguna actividad familiar, una visita a un museo, al cine, a un parque, a un festival infantil… lo que nos permite disfrutar un poco más del tiempo compartido “haciendo algo juntos” más allá de comer o cenar.

Lo mismo con mis compañeras de deporte, Vanessa, Ángela, Miriam, Maria... con quienes además de hablar de nuestras vidas compartimos un buen rato haciendo sentadillas, flexiones, un partido de tenis o corriendo por el monte con los perros.

Los niños no se relacionan con sus amigos quedando para cenar. Lo hacen jugando, haciendo deporte, ideando gamberradas. ¿Por qué nosotros ya no?

“Muchos adultos prescinden de las reuniones desenfadadas y los juegos imaginativos que hacen que las amistades juveniles sean tan vibrantes. Aunque las amistades evolucionan de forma natural a medida que crecemos, no tienen por qué perder esa vitalidad. Seguir adoptando un enfoque infantil de la amistad en la edad adulta puede fortalecer y alargar los vínculos”, observa Rainha Cohen, periodista de The Atlantic y autora de un libro sobre la importancia de la amistad. 

Según Cohen, quedar con amigos solo para cenar o tomar un café y ponerse al día —la llamada check-up culture— puede acabar resultando aburrido, y defiende que la verdadera amistad se cultiva mediante sesiones de ocio en un espacio compartido, lo que supone dejar de ser productivos con nuestro tiempo y sacrificar actividades pensadas solo para nosotros mismos. 

“El fenómeno de la globalización, generador de ciudadanos del mundo, aviva y bebe al mismo tiempo de la cultura del desarraigo, aquella que evita a toda costa echar raíces e incita a las personas a centrarse, por ejemplo, en su carrera profesional, en el autocuidado, en cultivar una proyección pública en redes sociales y construir una marca propia”, escribe Marta Montojo en La Vanguardia. 

“Es una cultura que puede devenir en un modo de vida más individualista, enfocado en uno mismo y no tanto en los amigos”, añade, lamentando que la globalización haya afectado a dos factores clave para cultivar la amistad: el tiempo y la cercanía

La gentrificación de las ciudades, por ejemplo, nos fuerza a todos a buscar vivienda y trabajo allí donde podemos permitírnoslo, convirtiéndose en un desencadenante de distanciamientos físicos que imposibilitan mantener “las amistades del barrio”.

Pero hay esperanza. Mi amiga Maria y yo hemos decidido sustituir nuestros encuentros mensuales para comer por clase de barré y paseos sin rumbo. Queremos dejar de tener “agendas Obama”, como bromeamos siempre con las de la universidad cuando nos resulta imposible encontrar un día que nos vaya bien quedar a todas.

“Vivimos en un mundo que va demasiado rápido, donde los pocos espacios que nos dejamos libres quedan siempre llenos. Por eso, los adultos acaban agendando la amistad para 'obligarse a mantenerla'. No tanto porque quieran convertirla en una tarea más, sino porque, si no lo hicieran, desaparecería del todo”, opina Sylvie Pérez, psicóloga y colaboradora de la UOC, en un artículo reciente en Público.es

Pero esa necesidad de programar los encuentros tiene un efecto colateral: “Confundimos comunicar las cosas con compartir de verdad. Compartimos lo que hemos hecho, no vivimos el estar haciendo”, añade Pérez.

“Lo que antes era una experiencia conjunta: una cena, una caminata, una tarde sin propósito… se sustituye por una narración: nos contamos la vida en lugar de vivirla juntos”.

¡Feliz año nuevo!