Carmen Broto fue asesinada en la gélida noche barcelonesa del 11 de enero de 1949. Su cadáver, hallado horas después en un huerto de la calle Legalidad, tenía el rostro y la cabeza desfigurados por los golpes que le propinaron con una maza de madera. Llevaba un abrigo de astracán manchado de sangre, un vestido de terciopelo, zapatos negros con tacones que parecían estiletes, medias de gasa y una combinación con volantes de encaje. La policía zanjó el caso en pocas horas. Carmen Broto había sido apaleada brutalmente por tres hombres para robarle las joyas mientras regresaban en un coche alquilado de una juerga nocturna. Habían planeado emborracharla, pero soportaba muy bien el alcohol y cuando se resistió acabaron matándola, tal y como se relata en el libro La invención de Carmen Broto de Manuel Trallero y Josep Guixà (Aurea).

Carmen Broto en el libro 'La invención de Carmen Broto' / TRALLERO/ GUIXA

Los victimarios fueron Jaime Viñas, Jesús Navarro Gurrea y su hijo Jesús Navarro Manau, amante de la joven, que declaró haber colaborado en el crimen contra su propia voluntad. El padre era un conocido espadista autor de una Técnica del robo (1945) dedicada al comisario que más veces le había detenido. Fue él quien convenció a su hijo, harto de ejercer la prostitución masculina, para que robase a la Broto y se casase con Pepita, una chica de buena familia a la que había dejado embarazada. Para ello contaron con la ayuda de Jaime Viñas, quien al parecer estaba enamorado de Jesús Navarro Manau. Jaime Viñas y Jesús Navarro Gurrea se suicidaron con cianuro pocas horas después del asesinato. A Jesús Navarro Manau, condenado a muerte, se le conmutó la pena por treinta años de cárcel. Tras cumplir quince en el Penal de Ocaña, fue liberado por buena conducta. Llegó a escribir dos libros sobre su víctima: en uno la presenta como confidente de los nazis y en otro la vincula con los maquis y las milicianas rojas.

Jesús Navarro Manau (izq),  María Manau de Navarro (madre), Jesús Navarro Gurrea (padre) / CG

Se supo quién había matado a Carmen Broto, pero nunca se aclararon los motivos reales. La ferocidad del asesinato no se compadecía con el simple robo de las joyas que la infortunada llevaba puestas. Se dijo que guardaba una agenda con datos incriminatorios para gente poderosa con la que compartía alcoba. Se dijo que su torpísimo crimen encubrió otro anterior, donde ella actuó de cebo. Nunca se esclareció y aún hoy las causas de su muerte siguen siendo un enigma. Los artículos sensacionalistas se multiplicaron en los periódicos de la época, difundiendo su imagen de rubia platino peinada como la actriz Veronica Lake y divulgando sus relaciones con algunos personajes vinculados al régimen hasta que se impuso el silencio gubernativo.

En Si te dicen que caí, su ajuste de cuentas particular con la posguerra, Juan Marsé la convirtió en un mito erótico y en el símbolo de la corrupción franquista: “Está muy bien relacionada y recibe a gente de postín, nada menos que al empresario del Tívoli y a un coronel y a la vedette Carmen de Lis… Así que vida de mantenida y por todo lo alto: de fulana en el Ritz con perritos y salto de cama transparente, con chófer y joyas, luego pasando de las manos de un estraperlista a otro”. Desde entonces, la figura de Carme Broto ha sido objeto de novelas y evocaciones, de reportajes y películas. Alberto Speratti escribió El crimen de la calle Legalidad y Pedro Costa, productor y director la serie televisiva La huella del crimen, escenificó el caso en uno de sus episodios. En opinión de Costa, fue “un crimen con un trasfondo político impresionante. La Broto, al verse apartada de los círculos de Muñoz, y saber tantas cosas del submundo sexual de Barcelona, de los vicios de la gente del poder, intentó vengarse, pero la muy ingenua fue a denunciar todo ello a Jefatura; se la cargaron a los pocos días”. 

'Si te dicen que me caí' de Juan Marsé / CG

La leyenda en torno a Carme Broto incluye su violación en la infancia por un policía, el ejercicio de la prostitución arrabalera o amontonando citas en un burdel de Lesseps y en el hotel Ritz; luego madame que captaba chicas gallegas para la burguesía barcelonesa, alcahueta del obispo, amante de estraperlistas, traficante de drogas, confidente de la policía o simpatizante de los maquis. ¿Quién fue, en realidad? Nacida en la aldea oscense de Guasa el 9 de abril de 1922, emigró a la capital catalana para trabajar de criada, una profesión en la que no eran infrecuentes los abusos sexuales. Educada y con don de gentes, trabó amistad con el famoso empresario Juan Martínez Penas, dueño del teatro Tívoli, que la utilizaba como tapadera para encubrir su homosexualidad cuando salía a cenar e iba a los espectáculos y salones de baile.

Una escena de 'La huella del crimen: El caso de Carmen Broto' / RTVE ARCHIVO

El empresario teatral, según declaró al juez, procuraba que “dicha señorita fuera vestida en consonancia con su posición social y económica”. A tal efecto le regaló algunos trajes y abrigos de pieles. Para su ornamentación le dejaba varias alhajas, un reloj de oro de la marca Zhenit, gargantillas y brazaletes del mismo metal, con la condición de que “los usase y exhibiera principalmente en su compañía; y si algún día su amistad terminaba, las joyas le serían devueltas sin derecho a reclamación alguna”. Con él acudía a su palco del Liceo y a los tendidos de la Monumental. Eso no era lo habitual. Las queridas, surgidas al abrigo de la pacatería y la doble moral de la época, no solían ser exhibidas. Al presidente de la Diputación de Barcelona, tras verlo en Madrid con otra acompañante que no era su mujer, lo destituyeron.

 

 

La huella del crimen: El caso de Carmen Broto / RTVE ARCHIVO

Gracias a su relación con el dueño del Tívoli, Carmen Broto conoció a Julio Muñoz Ramonet, propietario de los almacenes El Águila y conocido en los bajos fondos como “el Rey del Estraperlo”. Muñoz, casado con Carmen Villalonga, la hija del presidente del Banco Popular, sucumbió a los encantos eróticos de Carmen Broto, le puso un piso en la calle Padre Claret y la convirtió en su mantenida. Ella supo halagarle y satisfacerle con sexo sin escrúpulos ni dengues. Carmen Broto vivió también a expensas de otro amante, Ramón Pané, durante un año y medio. El destino torció el rumbo de su vida hacia un destino trágico cuando se lio con Jesús Navarro Manau, un mantenido como ella al que el pianista Eusebio López Sert costeaba sus gastos hasta que descubrió amargamente que le gustaban las mujeres. Las incógnitas sobre el desastrado crimen de Carmen Broto siguen abiertas.