Pensamiento

Del amor a los niños

23 septiembre, 2013 08:39

La semana pasada vinieron a coincidir en este espacio digital dos artículos que reflejaban espléndidamente lo que está ocurriendo en Cataluña. De una parte, "El independentismo en las escuelas", de Mercè Vilarrubias; de otra, "Desde la ventana", de Ferran Toutain. Si bien no eran los únicos textos publicados aquí en que se abordara la deriva política y social a la que parecemos condenados, sí tenían la rara virtud de complementarse, como si su escritura obedeciera a un plan preconcebido. Vilarrubias, partiendo de un par de ejemplos tomados de distintos centros públicos de Cataluña durante el pasado curso escolar y extensibles a muchísimos centros más, mostraba cómo la manipulación y el consiguiente adoctrinamiento de los niños y adolescentes catalanes era ya un hecho. Y Toutain reflexionaba sobre el creciente efecto de la mímesis en el cuerpo social catalán a raíz de su propia experiencia en la última Diada, para converger asimismo en el adocenamiento infantil a que conducen los planes educativos identitarios y las emisiones televisivas de gas patriótico. Ninguno de los dos artículos se adentraba en el terreno de las soluciones, aun cuando estas pudieran deducirse hasta cierto punto de su contenido.

¿Cómo luchar contra la unanimidad, el prejuicio y la sistemática catequesis nacionalista, de los que son víctimas todos los consumidores pero especialmente los más imberbes?

Para empezar, el sistema público o semipúblico de enseñanza. ¿Qué hacer con él? ¿Cómo lograr que eso que se ha convenido en llamar "la comunidad educativa", y que se concreta en una verdadera amalgama de intereses -administración de la Generalidad, clase política, pedagogos y psicopedagogos, sindicatos docentes, asociaciones de padres de alumnos-, deje de constituir una suerte de dique de contención contra el que se estrella cualquier intento de reforma liberal de la enseñanza? Pues acaso sirva como banco de pruebas lo que está sucediendo en estos momentos en las Islas Baleares. Como sin duda sabrán, los maestros y profesores de por allí han iniciado una huelga indefinida cuyo seguimiento, aunque desigual, puede calificarse de importante. Para deponer su actitud, los huelguistas exigen la retirada del TIL, el modelo de tratamiento integral de lenguas que prescribe la implantación, en un tiempo razonable, del trilingüismo en la escuela o, lo que es lo mismo, de un uso más o menos análogo de catalán, castellano e inglés como idiomas vehiculares. Por más que no lo reconozcan y se escuden en la falta de dominio del inglés -real o ficticia- para impugnar el nuevo modelo que el Gobierno autonómico balear trata de aplicar, lo que realmente provoca su rechazo es el convencimiento de que, sin la inmersión lingüística en catalán que se practica hoy en día en la mayoría de los centros públicos insulares y en gran parte de los concertados, se les acaban, a un tiempo, la bicoca y la impunidad. Esto es, la posibilidad, por un lado, de sacar partido a su mediocridad docente y, por otro, de proyectar sobre un rebaño indefenso de almas todo cuanto lleva asociada una visión del mundo reducida al universo nacionalista catalán. Claro que semejante solución al problema sólo se atisba, de momento, en las Islas Baleares; para que pueda darse también en Cataluña, haría falta un gobierno de muy distinto color al actual.

Y, luego, los medios de comunicación. ¿Qué medidas convendría tomar para garantizar esa objetividad, esa pluralidad que tanto se echa en falta, y ese respeto, en definitiva, por la verdad? ¿Cómo luchar contra la unanimidad, el prejuicio y la sistemática catequesis nacionalista, de los que son víctimas todos los consumidores pero especialmente los más imberbes? Pues, sin duda, prescindiendo de los medios públicos, cuyo único fin, en Cataluña y todas partes, es la conformación de una sociedad hecha a imagen y semejanza del poder. Y, de no ser ello posible, prescindiendo como mínimo de organismos como el viejo CAC y ahora CCMA, que no tienen otra función que legitimar el abuso y perpetuar la impostura, así en el pasado como en el presente. Y en todo caso, en fin, eliminando cualquier mecanismo de subvención pública a un medio de comunicación privado, sea este escrito, oral, audiovisual o digital. Claro que para que todo esto ocurra también haría falta un gobierno de muy distinto color al actual.

E incluso en este supuesto la tarea sería ardua. Porque, como sostiene Arcadi Espada -de quien he tomado prestado, por cierto, el título de este artículo-, "en Cataluña, entre lo que dice un niño de 8 años y lo que dice un adulto de 40 no hay absolutamente ninguna diferencia".