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Joaquim Coll y el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol

Joaquim Coll y el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol Europa Press / Fotomontaje CG

Pensamiento

Pujol: el último silencio

"La confesión de 2014 reveló lo que durante años se había normalizado: un sistema que confundía liderazgo político con patrimonio familiar, y que hizo de la opacidad una virtud cardinal"

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Jordi Pujol i Soley compareció ayer en la Audiencia Nacional a sus 95 años. Tras someterse a un nuevo examen forense in situ y a una entrevista directa con los magistrados, el deterioro cognitivo acreditado por los forenses ha convertido la escena en algo más que un trámite judicial: ha sido el acto final de un tiempo que ya no da más de sí.

El tribunal presidido por José Ricardo de Prada ha decidido excluirlo del proceso por incapacidad sobrevenida y apartarlo como acusado. No solo evaluaba la capacidad procesal; medía también la distancia insalvable entre memoria histórica y responsabilidad penal.

Pujol no es un encausado cualquiera. Fue el arquitecto del nacionalismo pragmático que durante décadas articuló la Cataluña autonómica, combinando crecimiento económico, cohesión social y una hábil política de pactos con los dos grandes partidos, PSOE y PP. En sus primeros años, ese proyecto contribuyó a estabilizar la joven democracia española y a dotarla de un equilibrio territorial que hoy parece lejano.

Sin embargo, aquel edificio se sostuvo también sobre cimientos menos nobles. La larga hegemonía de Convergència generó una cultura de poder donde las fronteras entre lo público y lo privado tendieron a difuminarse.

La corrupción no fue un accidente puntual, sino un fenómeno estructural tolerado en nombre de la gobernabilidad y del supuesto “interés de país”. La confesión de 2014 reveló lo que durante años se había normalizado: un sistema que confundía liderazgo político con patrimonio familiar, y que hizo de la opacidad una virtud cardinal.

El silencio anunciado por su defensa —y ahora ratificado por la decisión judicial de excluirlo— es la culminación lógica de esa trayectoria. Callar no es solo una estrategia procesal legítima ni un mero amparo de la demencia sobrevenida; es la última expresión coherente de quien siempre gobernó desde la reserva y la ambigüedad calculada. Callar, en su caso, es continuidad.

Más reveladoras son las reacciones del presente. Mientras sectores del independentismo hablaban de “ensañamiento”, el president Salvador Illa —que ya había pedido públicamente seny al tribunal días atrás, revelando una llamada en la que Pujol le dijo que estaba “flojo”— celebró la decisión. El gesto es significativo: revela hasta qué punto persisten ciertos reflejos de deferencia hacia el viejo pujolismo en el PSC actual. La empatía personal es comprensible; la intervención institucional en un proceso judicial abierto, menos.

Sea cual sea el desenlace formal para el resto de la familia, el caso Pujol difícilmente ofrecerá una reparación moral completa. Las responsabilidades penales pueden diluirse con el tiempo o la enfermedad; las políticas e históricas permanecen inscritas en la memoria colectiva.

El problema no es solo lo que el expresident hizo, sino lo que su modelo permitió y consolidó durante décadas. La escena en la Audiencia Nacional tiene, por eso, un valor que trasciende al acusado. El juicio histórico sigue abierto.