El guitarrista de los Sex Pistols, Steve Jones, pone cara de aburrido y sentencia: “Esta historia ya la hemos explicado veinte veces”. Y no le falta razón: entre documentales y miniseries, las breves, pero relevantes, andanzas de los Sex Pistols a finales de los años 70, se han contado de manera bastante completa (y ni documentales ni ficciones han sido del agrado del habitualmente iracundo Johnny Rotten, cantante de la banda).
Faltaba, eso sí, un punto de vista: el del bajista original del grupo, Glen Matlock, sustituido por un inútil que no sabía tocar nada, pero que, según el manager de los chavales, ese liante de nivel cinco llamado Malcolm McLaren, lucía un aspecto churroso que le iba mejor a la imagen general de la propuesta seudomusical con la que planeaba forrarse el riñón.
Otro punto de vista
El documental de Movistar I was a teenage sex pistol (Yo fui un sex pistol adolescente), dirigido por Nick Mead y André Relis, nos vuelve a explicar la historia de siempre desde un punto de vista inédito, el del ninguneado señor Matlock, que resulta ser de gran interés para los fans de la banda y los interesados en la sociología en general.
Cartel del documental 'I was a teenage sex pistol'
Ayuda a la amenidad del producto el carácter afable y sarcástico del bueno de Glen, que explica la época con un distanciamiento y un sentido del humor muy de agradecer en un tema que siempre se nos ha narrado desde una perspectiva casi épica.
A fin de cuentas, los Sex Pistols eran unos pardillos que se tiraban los días comiéndose los mocos hasta que el cantamañanas de McLaren vio en ellos la posibilidad de ganarse unos mangos. De hecho, lo que más sorprende es que aquella pandilla de mequetrefes que no sabían tocar ni cantar ni componer acabasen fabricando uno de los discos más relevantes de toda la historia del rock & roll: Never mind the bollocks, here´s the Sex Pistols (1977).
I was a teenage sex pistol le hace justicia a Glen Matlock, el único que sabía algo de música de la formación original. Lamentablemente, su aspecto nunca fue lo suficientemente aterrador para el señor McLaren, que concebía el grupo como algo esencialmente visual y provocador y lo único que hizo fue seguir su propio consejo: “Para formar un grupo de éxito, reúne a cuatro tíos que no sepan tocar ni cantar y que se odien mutuamente”.
Steve Jones y Paul Cook eran amigos desde la infancia, por lo que era difícil conseguir que se odiaran. Pero al taradito de Johnny Rotten nunca le cayó bien Glen Matlock y fue envenenando el ambiente para colocar a su amigo Sid Vicious, un poseur cuya única contribución relevante a la historia del rock fue su versión acelerada del My way de Frank Sinatra, que sonaba durante los créditos finales de la película de Martin Scorsese Goodfellas (Uno de los nuestros).
Una estética muy pensada
Los Sex Pistols siempre vivieron entre el caos, pero cuando echaron a Matlock, el caos se convirtió en su nombre de pila. Convenientemente ayudados, claro está, por el pesetero señor McLaren —recordemos su lema: Cash from chaos (Pasta del caos)—, que, cuanto más aberraran sus pupilos, mejor para él, pues podría mangonearlos a gusto.
Recordemos que, antes de los Pistols, McLaren aprovechó una larga estancia en Nueva York para darles la puntilla a los New York Dolls, cuya carrera pretendía, en apariencia, levantar: lo hizo vistiéndolos de látex rojo y con el escenario trufado de banderas comunistas, por lo que no los lincharon en la América profunda de milagro.
Un tipo cordial y elegante, Glen Matlock se dejó echar sin discutir porque ya estaba hasta el gorro de todos ellos (incluido McLaren). Y hasta se ofreció a darle clases de bajo a Sid Vicious, un hombre convencido de que bastaba con colgarse un cacho de madera del cuello y cortarse la piel en directo con una cuchilla para resultar molón.
En la actualidad, Matlock ha vuelto a los Pistols junto a Jones y Cook y un nuevo cantante llamado Frank Carter (ahora, Johnny Rotten los odia a todos y no pierde la ocasión de ponerlos de vuelta y media, pero nadie le hace caso al viejo cascarrabias).
La reunión funciona bien a efectos de lucro y Matlock se ha convertido en un bajista de lujo para un montón de figuras de la escena rock, de Bryan Ferry a Blondie, y, como Edith Piaf, no lamenta nada, ni el bien que se le hizo ni el mal, todo eso le da igual.
Con su visión de las cosas, creo que ya lo sabemos todo de los benditos Sex Pistols, el único grupo que pasó a la historia del rock con un único (y formidable) álbum.
