El británico Robyn Hitchcock (Londres, 1953) es un espléndido autor de canciones y también un anacronismo musical en la era de Bad Bunny y Beyoncé.
Se podría decir que se quedó varado en los años 60 (no como un reproche, o sí), pero él mismo lo reconoció en el título de su primer libro, publicado hace un par de años, 1967: How I got there and why I never left (1967: Cómo llegué allí y por qué nunca me fui).
Portada del libro '1967: How I got there and why I never left'
A los 14 años, el joven Robyn fue enviado por sus padres a un internado pijo en el que casi todo el alumnado vivía al ritmo de la música pop. 1967 fue el año del Sgt. Pepper’s de los Beatles, pero también de discos fundamentales de los Stones, los Kinks, la Incredible String Band o los primeros Pink Floyd (cuando mandaba el gran Syd Barrett porque aún no se le había ido la olla con el LSD).
Nuestro Robyn escuchó todo ese material y decidió convertirse en músico. Lo cuenta todo de una manera eficaz y amena en el libro, que es de lo mejor que han fabricado los figurones de la música pop (más dados a permitir que se escriba sobre ellos que a hacerse con papel y boli y explicar sus propias batallitas).
Marcado por esas escuchas, el hombre fundó a finales de los 70 el grupo The Soft Boys, con la mezcla musical que sería su seña de identidad durante toda su ya larga carrera: folk, rock, pop y psicodelia a la manera de su admirado Syd Barrett.
Un error atemporal
La banda se hizo con un selecto, aunque reducido, club de fans a ambos lados del Atlántico, aunque siempre funcionó mejor, dentro de un orden, en Estados Unidos, donde vive actualmente (en Nashville) con su mujer (y frecuente telonera), Emma Swift. Reivindicar la psicodelia y el folk ácido en pleno estallido punk no parecía la mejor manera de llegar a alguna parte, y efectivamente, no lo fue.
Los Soft Boys se disolvieron en 1980 (aunque luego habría reuniones esporádicas) y el señor Hitchcock inició una carrera en solitario que no le ha permitido convertirse en una estrella, pero sí en un autor muy personal (y muy dado a crear grupos de escasa duración, como The Egyptians o Venus 3, con el que facturó el espléndido álbum Olé! Tarantula) cuyos seguidores son (somos) de una fidelidad perruna.
Portada del álbum 'Olé! Tarantula'
Robyn Hitchcock acaba de publicar un nuevo disco y un nuevo libro. El disco, The confuser, es más de lo mismo, lo cual es exactamente lo que esperamos de él sus fans: folk, pop, rock y unas gotitas de psicodelia. Es decir, todo lo que aprendió en ese 1967 en el que asegura seguir viviendo.
Portada de 'The Confuser', el último álbum de Robyn Hitchcock
Con lo que el resultado es tan bello como deliciosamente anacrónico: las influencias de los Beatles son evidentes en la primera canción, I am this thing, y luego puede reconocerse, como ya es habitual, la presencia ectoplásmica de Ray Davies, Syd Barret, Nick Drake y todos los autores a los que versionó en el disco 1967.
Publicado al mismo tiempo que el libro, en unas magníficas recreaciones acústicas (nuestro hombre es muy dado a fabricar discos con voz y guitarra pelada de esos que te llegan al alma, como logró Springsteen en su Nebraska).
Cómo mantenerse vivo
El nuevo texto autobiográfico del señor Hitchcock se titula Stranded in the future (Perdido en el futuro) y empieza donde acabó el anterior, en 1968 (y hasta 1978). Teniendo en cuenta que 1967 no se ha traducido hasta el momento al español, es poco probable que Stranded in the future se materialice un día de éstos en nuestras librerías.
Portada del libro 'Stranded in the future'
A fin de cuentas, Hitchcock no es una estrella súper ventas de la que mucha gente quiera saber muchas cosas, sino un tipo encallado en un pasado tan glorioso que no ve motivos para dejar de vivir en él. O sea, eso que los anglos definen como un beautiful loser.
Cosa que no puede traerle más al fresco. No llenará estadios, pero sí clubs y pequeños locales repartidos por todo el mundo, especialmente en su país de adopción, donde ha colaborado con figuras del Americana como Gillian Welch.
Y antes de diñarla, el cineasta Jonathan Demme tuvo el detalle de inmortalizarle en un documental, Storefront Hitchcock (1998), y de darle un papelito en su remake de El mensajero del miedo, el thriller paranoico de John Frankenheimer.
Como su admirado Bob Dylan, Robyn Hitchcock está permanentemente de gira, y no deja de ampliar su colección de camisas a topos. Tiene el pelo lógicamente canoso, pero conserva un buen tupé de esos que se desploman sobre un lado de la frente. Y se le ve tan fresco y juvenil como si lo hubiesen congelado criogénicamente en 1967. Que es, más o menos, lo que ha sucedido.
