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Hace unos días, pasé por la FNAC más cercana y me hice con los nuevos discos de Paul McCartney y los Rolling Stones, The boys of Dungeon Lane y Foreign tongues. La adquisición, lo reconozco, se debió más a la nostalgia y la militancia pop que al genuino interés por las últimas contribuciones a la música de estos simpáticos dinosaurios (afortunadamente, luego resultó que los discos no están nada mal).

Lo que me llamó la atención de la compra fue que, por unos momentos, retrocedí sesenta años, me planté en 1966 y tuve la impresión de que estaba adquiriendo el Revolver de los Beatles y el Aftermath de los Stones, cosa bastante improbable si tenemos en cuenta que yo tenía diez años y que mi hermano mayor nunca ha manifestado el menor interés por la música pop).

En cualquier caso, no todo el mundo puede blasonar de haber escuchado a los Beatles y a los Stones desde sus comienzos, ni de haber vivido, más o menos y de lejos, en el Swinging London de los años 60. Para eso hay que ser viejo, que es lo que yo me considero desde que me cayeron los 70 hace un par de meses.

Observo que la cultura pop es de lo que más contribuye a fomentar lo que podríamos denominar Orgullo Viejuno, que implica una cierta superioridad moral sobre los chavales que ahora escuchan a Bad Bunny o Chapell Roan y que, lógicamente, nos van a enterrar tarde o temprano a todos los carcamales, por mucho que nos enorgullezcamos de haber visto a David Bowie o Roxy Music en directo.

De ahí salen esas camisetas que llevan escrita en el pecho leyendas como: Puedo ser viejo, pero vi a los Kinks en directo (o a los Beatles, o a Bowie, a Dylan no, que sigue girando a los 85 años y lo puede ver cualquiera, ni a Willie Nelson, que a los noventa y pico actúa cada noche en Estados Unidos). O esos videos de Instagram en los que el provecto crítico musical británico John Hepworth nos habla cada día de alguna antigualla prodigiosa.

Lo nuevo no es para todos

Inevitablemente, llega un momento en el que te descuelgas de las novedades musicales, que suelen sonarte repetitivas, aburridas o sencillamente inaguantables (aunque si te lees la prensa a fondo, siempre encuentras alguna que te interpela: a mí ahora me ha dado fuerte con la norteamericana Sierra Ferrell o la británica Aldous Harding, mientras conservo la fe en el crooner alemán Max Raabe).

Pero siempre hay alternativas a rayar definitivamente el Low de David Bowie y lamentarte de que ya no se graban discos así. Esas alternativas pasan, eso sí, por revisitar el pasado en busca de lo que te perdiste y en escuchar los consejos de los amigos.

Así es como uno descubrió a The Left Banke más de 50 años después de que grabaran sus dos únicos elepés y se encontró con un chamber pop de tronío no escuchado en su momento por cuestiones de edad o de desinformación.

Hace unos años me dio por la psicodelia, cuando aún existían Discos Castelló en la calle Tallers de Barcelona y tenían una de sus sedes dedicada a fósiles y antiguallas. Me dejé una pasta en la sección de psicodelia, donde encontré maravillas y auténticos pestiños, siempre calificados en la portada como The forgotten masterpiece (La obra maestra olvidada), a ver si picaba gente como yo.

Sobreestimulación musical

La cantidad de discos que se grabaron en los años 60 es incalculable. A los que llegamos a la adolescencia en los 70 (década que más o menos controlamos, como los 80, los 90 y la muerte del rock en el cambio de siglo: ha pasado de ser un género respetado a una extravagancia nostálgica que no hay que tomarse en serio), los 60 los tenemos a medio estudiar.

De ahí que uno se dedique ahora a llenar huecos que debería haber llenado antes. ¿Se pueden creer que uno, con lo listo que aparenta ser, nunca hubiese comprado un disco de Jimi Hendrix, Cream, los Yardbirds o los Small Faces (casillas ya rellenadas vía Amazon, pese al asco que me da darle dinero a Jeff Bezos para que se lo gaste en bótox la absurda de su mujer)?

Creo que la industria discográfica debería tratarnos mejor a los viejos, que somos ya los únicos que compramos discos, alérgicos como somos a Spotify y empeñados en escuchar música con el estuche del cedé (nada de vinilos: ¡a robar, a Sierra Morena!) en el regazo. La prensa musical se sustenta gracias a nosotros.

¿O cuál es la edad media de las figuras de portada en revistas imprescindibles como las británicas Mojo y Uncut? Como decía un chiste en Facebook: “Exclusiva: Mojo saca en portada a alguien menor de 70 años”. Pero si los jóvenes no leen revistas musicales, ¿a quién se pueden dirigir las empresas para mantener vivos sus productos? A nosotros, los viejos.

En estas profundas chorradas pensaba uno mientras volvía a casa con los últimos discos de McCartney y los Stones, gente de una fidelidad perruna a su parroquia, gente admirable que, si te da por ahí, te permite regresar al Swinging London de 1966 en la FNAC de un centro comercial de San Sebastián de los Reyes, Madrid.