Quimi Portet y Manolo García, en el concierto de El Último de la Fila en el Estadi Olímpic de Montjuïc

Quimi Portet y Manolo García, en el concierto de El Último de la Fila en el Estadi Olímpic de Montjuïc LG

Músicas

'El Último de la Fila' en Barcelona y el canto íntimo de una generación

El público de Manolo García y Quimi Portet se ha hecho mayor y ya no puede vibrar de la misma manera que a los 18 años. No por la edad o por el deterioro físico, --que también-- sino porque aquellas letras se interiorizaron tanto que ahora son un poso que se prefiere recordar desde la intimidad, sin estridencias, sin saltar desatado por la pasión

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Han vuelto a la ciudad que los vio nacer. Manolo García y Quimi Portet, por muchas razones, han decidido iniciar una gira conjunta, con los músicos de siempre y con el nombre bien grande: El Último de la Fila. Y tocaron este domingo en Barcelona, en el Estadi Olímpic de Montjuïc. Toda una generación lo esperaba. Y lo disfrutó, pero han cambiado muchas cosas tras treinta años. Ese público, como Manolo y Quimi, se ha hecho mayor y ya no podía vibrar de la misma manera que a los 18 años. No por la edad o por el deterioro físico, --que también-- sino porque aquellas letras se interiorizaron tanto que ahora son un poso que se prefiere recordar desde la intimidad, sin estridencias, sin saltar desatado por la pasión.

Eso sucedió en el concierto de El Último de la Fila en Barcelona. Y pudiera ocurrir, de nuevo, en la actuación de este jueves.

La banda, con un sonido exquisito, demostró que disfruta de nuevo en el escenario. Y ninguno de ellos ahorró esfuerzos. Con Manolo García más cauto –no quería resbalar en un suelo humedecido por la tenue lluvia que cayó durante muchos minutos—y siempre con la eficacia y discreción de Quimi, las canciones se sucedían una detrás de otra. Desde la inicial Huesos hasta Insurrección, pasando por Aviones plateados, Sara, Querida Milagros, El loco de la calle o Disneylandia –que resultó una grata sorpresa para los que conocieron a Los Rápidos y Los Burros, los grupos anteriores de García y Portet.

Público asistente al concierto de El Último de la Fila

Público asistente al concierto de El Último de la Fila

Fue como una especie de broche de oro para aquellos jóvenes de mediados de los años ochenta, para los que pudieron acudir, entre otros muchos eventos de la época, a la sala Zeleste, el de la calle Platería, cuando tocaron en formato Playback grabado para el programa Tocata, de TVE y necesitaban público al que fueron a buscar al Instituto Icària, en el Poblenou. O cuando unos amigos decidieron presentarse a un concurso de imitaciones en el programa Arsenal, de TV3, con la canción Dulces Sueños, con un embudo en la cabeza, como solían llevar Manolo y Quimi en sus actuaciones. En aquel programa, por cierto, también participó Ramón de España, en el papel de Brian Ferry, el alma del Roxy Music.

Contra las banalidades

Un broche para transportarse a ese momento y comprobar si se podía sentir algo parecido. Por eso emocionó ver los rostros de muchos de los asistentes, --56.000 almas-- en la pista del Estadi. Cantaban hacia dentro, sin moverse mucho, agradeciendo ese puñado de temas que serán para siempre parte de la banda sonora de cada uno de ellos. Algunos cerraban los ojos. Y comprobaban, eso sí, cómo Manolo y Quimi han logrado ensamblar a todos los músicos de nuevo, con un sonido pulcro, compacto, maravilloso, con la incorporación de Sara García a los teclados y guitarra –con punteos prometedores--, que es la hija de Manolo.

¿Nostalgia? Algo hay de todo ello, pero también repaso al crecimiento generacional. En las horas previas, con cientos de personas ya buscando sitio en las primeras filas, se escuchan conversaciones sobre la propia vida, sobre aprovechar el tiempo, sobre la necesidad de no enojarse por cuestiones que ahora se consideran banales –no a los veinte años--, sobre acompañar a los familiares más mayores, sobre la necesidad de educar bien a los hijos, sobre la propia muerte que está mucho más cerca en el horizonte. “Hace años nunca hablábamos de la muerte, pero hay que hablar, hay que saber que está ahí”, decía uno de ellos entre un grupo de amigos.

Concierto de El Último de la Fila en el Estadi Olímpic de Montjuïc

Concierto de El Último de la Fila en el Estadi Olímpic de Montjuïc LG

Por eso se celebraba “el ansia de vivir”, algo que clama en todo momento Manolo García, en sus propias letras –El loco de la calle—y en sus propios gestos en el escenario. Es un hombre de 70 años, que ha hecho de su vida un búnker, ajeno a modas, con la imagen de alguien que sabe que todo pudo ser diferente, que podía haberse quedado como el cantante de tantas y tantas bandas sólo reconocidas por unos pocos miles de fans.

Lo sabe también Quimi Portet, que un día consideró que podía ser el “astro intercomarcal”, y se labró una carrera en solitario con su propio estilo, llena de talento, fiel a su propia forma de entender la música. Y en la que tiene cabida –y de qué manera—ese “ansia de vivir”, de disfrutar, de compartir.

Público en el concierto de El Último de la Fila en Barcelona

Público en el concierto de El Último de la Fila en Barcelona LG

Hubo mucho más en el Estadi Olímpic. La idea de que la Catalunya del mestizaje es la única posible. Por ello, Manolo García celebró estar en Barcelona, pero agradeció la presencia de los “residentes en Barcelona, de todos los peninsulares, insulares y del continente”, que pudieran haber asistido. Y no por ello dejó de clamar un “Visca Barcelona, y Visca Catalunya” al final del concierto.

Sin estridencias –no era ni se buscaba un concierto de estrellas del rock, con luces, vídeos espectaculares y botes constantes para dejarse llevar—la banda sonó de lujo, con la guitarra flamenca de Pedro Javier González; los teclados con Juan Carlos García; la guitarra eléctrica de Josep Lluís Pérez, o la batería de Ángel Celada, que suele tocar con Quimi Portet.

Con la lluvia, Manolo García, se colocó un albornoz para salir de la zona cubierta del escenario. Quería mojarse como todos los que llenaban la pista. Y constatar que era uno de ellos. Y aunque no lo es, tras una larga carrera repleta de éxitos y que le ha generado importantes ingresos, para toda una generación sigue siendo un chico de Poblenou, donde “ya no van a merendar los de la fábrica de gas”, en la zona del Bogatell.

Y partir de ahí se generan mil y un recuerdos. De todo tipo, duros, pero también felices.