Manon Lescaut, por Farruqo

Manon Lescaut, por Farruqo FARRUQO

Músicas

Puccini en el Liceu: la Italia dulce de finales del XIX en la Europa de hoy

Trasladada a la actualidad, Manon Lescaut es una migrante sin papeles que huye de la guerra, el maltrato y la degradación social seducida por una Europa que parece un paraíso y no lo es

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El rostro escultural y broncíneo de Giacomo Puccini ya era toda una etiqueta. Aquel compositor, siempre fiel a su propia imagen, estrenó Manon Lescaut (1893), en Turín, sabiendo que musicalizaba una ópera anterior titulada Manon, a secas, obra de Jules Massenet, estrenada una década antes, en 1884, en la Ópera-Cómica de París. Los dos libretos -Ruggiero Leoncavallo en el caso de Puccini- reproducen la misma novela del Abate Prévost: Les aventures du Chevalier des Grieux et de Manon Lescaut.

Manon es la figura que confiesa el ansia de poder por persona interpuesta, Grieux; resume un afán de venganza contra una sociedad pacata que la acaba condenando por su conducta. En el Liceu, la soprano Asmik Grigorian le asegura a su personaje un pleno diario; convence entre lágrimas. Grigorian ya cantó a la protagonista en el estreno de esta modernizada producción de Àlex Ollé en la Ópera de Frankfurt (2022); y estos días, en Barcelona, ante la cantante lituana, el patio se vacía en aplausos.

Trasladada a la actualidad, Manon es una migrante sin papeles que huye de la guerra, el maltrato y la degradación social seducida por una Europa que parece un paraíso y no lo es.

Cuando se propone echar el resto, Puccini solo piensa en Grieux y Manon; se olvida del resto, mientras compone en Torre del Lago, su residencia en la bella Toscana, marcada por lo majestuoso y las líneas delicadas de sus contornos. Vive embebido en la dulce Italia heredera de Víctor Manuel de Saboya -aquel exótico emperador de Etiopía-, la nación de la Triple Alianza (Alemania, Austro-Hungría e Italia) envuelta en el sueño bismarkiano, que sin embargo tendrá un final de fiesta calamitoso con La Gran Guerra, la última contienda de los héroes.

Puccini es encumbrado por autores como Chechi o De Amicis, capaces de mostrarlo erguido, como la catedral de Lucca, ciudad natal del músico; ellos le inscriben por pura magia entre las obras maestras de Foscolo o Leopardi y le colocan en la fusión de las escuelas veneciana, romana, boloñesa o lombarda.

Pertinente modernidad

Manon Lescaut se convierte en un gran éxito, el célebre comentario verdiano - “volvamos a lo antiguo, será un progreso”- se arremolina sobre la figura de Puccini. Y coincide en el tiempo con el último estreno de Verdi: Falstaff.

Aquella Manon regresa a Barcelona con un cambio de formato discutido, pero realmente atractivo. ¿Por qué la permanente y pertinente modernidad de los directores escénicos?, se preguntan algunos, siempre los mismos. Para Ollé, el salto estético entre el siglo XVIII del Abate Prévost visto por la Italia del fin de siglo se engarza como un guante a nuestros días.

La vertiente crítica del respetable habla de “volver a lo antiguo”; sentir y lamentar el amor como lo siente Manon, abundada por el desinterés y la abnegación de los humildes, personajes ancilares y prácticamente balzaquianos, antes de tiempo. Ella no pertenece al sustrato amenazador, revolucionario y combativo, pero tantas veces amorfo o impotente. Ella es simplemente inflamable. Por su parte, Grieux -el tenor ruso Ivan Gyngazov- soporta los pasajes de pasión irrazonable de dramáticas consecuencias frente a la vida monótona de las normas comúnmente admitidas, que él acepta, pero refuta su joven corazón de caballero enamorado.

En el ascenso de Manon Lescaut se cruzan el belcantismo y la aportación de Puccini, en quien están depositadas las mayores esperanzas de la ópera italiana, cuando decae el siglo XIX. Los críticos de su tiempo hablan de la elección moral del compositor; exageran la dinastía melómana del único músico real de su familia, nacido en medio de simples aficionados; exageran anécdotas elevadas a la categoría de datos, como la caminata iniciática del joven Puccini, desde Lucca hasta Pisa, en 1876, “convertida en peregrinación sagrada, comparándola con el inmenso viaje a pie de Bach, desde Arnstadt a Lübeck o el camino de Wagner para escuchar y juzgar la sinfonía Heroica de Beethoven”, escribe Alexandra Wilson en El problema Puccini; Ópera, nacionalismo y modernidad; Acantilado.

Solemnidad germánica

Aupado en el cómodo balancín de la memoria, parece que parte del público de hoy preferiría volver al palacio de Geronte, escenario original del drama, con las mismas melodías que le son familiares, sin recurrir al salón de striptease en el que la moderna Manon sale condenada por Ollé, con la palabra Love dominando la escena. Manon, migrante sin papeles, se inserta en el mundo de hoy, de desigualdades e injusticias sociales y abusos; cruza la frontera en busca de una vida nueva; sufre el acoso y la explotación. Pero esta Manon vulnerable es también indomable. En todo caso, bravo por Ollé, el director de La Fura dels Baus, que nos ofrece una mirada contemporánea del mito.

Barcelona ha vivido siempre de una platea wagneriana. En esta ocasión, Josep Pons, con la Orquesta del Liceu, desciende a la solemnidad germánica gracias a la melodía casi infinita en el preludio del tercer acto. El público lo encaja y casi lo agradece por su fidelidad a las emociones cálidas y por el compás de la orquesta tal como lo quería el gran compositor italiano, muy pegado a la partitura y a la voz netamente cantábile.

Solo tres años después de la Manon, Giacomo Puccini estrena La Bohème (1896), una cumbre en el cambio de centuria, cuando la creatividad mediterránea está ya condenada a la sombra, bajo la fanfarria victoriosa de lo germánico. Su mayor éxito, Madama Butterfly se estrena primero en el Metropolitan de Nueva York, en 1910 (medio centenar de llamadas a saludar), y se replica el mismo año en el Covent Garden de Londres.

Fama mundana

En el Met, los desmesurados precios de las entradas son para los nuevos ricos, mientras que la taquilla a precios populares está destinada a los cientos de inmigrantes italianos que quieren oír la voz del gran Enrico Caruso, el tenor de baja extracción social capaz de transmitir emociones complejas.

Para entonces, el compositor, calificado de internacionalista, se ha alejado lo suficiente del italianismo pompier de la península transalpina; la estela patriótica de Risorgimento se malogra décadas más tarde, en el amanecer del nacionalismo totalitario.

El caudal de Puccini, que incluye calidad, fama mundana, carreras de coche, yates, dandismo y curiosidad, se enciende cada vez que el compositor desparrama los recuerdos de la gente en el escenario del Liceu. Los fanáticos del elixir latino retoman el momento en el que Giulio Ricordi se convierte en el editor del músico que sobresale entre el núcleo de prometedores de su tiempo, los Sgambati, Mancinelli, o Franchetti.

Los muy favorables se deleitan con la supremacía del músico, después de estrenos menores, como Edgar o Le Villi. Ricordi lo consagra contra viento y marea y cuando el compositor decae, muy lejos todavía de su gran remonte -en obras como La Tosca o Turandot- llega la sorpresa de Manon Lescaut. Puccini es un exquisito con trayectoria exitosa ante el público barcelonés entregado. Lleva consigo la alternativa verdiana.