Vaya por delante que hay un aspecto positivo en la persecución, generalmente a cargo del feminismo extremo y los beatos más virtuosos que nunca han roto un plato, a varones famosos, unos del todo inocentes, otros realmente depredadores de la mujer: los abusos sexuales de mayor o menor gravedad, cometidos, aprovechando situaciones de superioridad y poder, en el entorno laboral o estudiantil, existen, sin duda, desde siempre, y son numerosos.
A partir de ahora, a consecuencia de este inquisitivo “espíritu de los tiempos”, muchos depredadores reales o en potencia se lo pensarán dos veces, y hasta tres veces, antes de emprender turbias maniobras de aprovechamiento de la indefensión de muchas mujeres.
Los recientes escándalos de varios concejales o altos cargos socialistas que han tenido que renunciar a sus cargos o incluso a abandonar el partido, acusados de conductas impropias, sirven como aviso para navegantes.
Dicho lo cual, ello no quita la evidencia de que a veces las acusaciones de mujeres (y hombres) supuestamente violadas o forzadas o humilladas son invenciones interesadas, amañadas con el objetivo de sacar dinero a los ricos y famosos. A menudo perjudicando injustamente su reputación y su vida.
Recuérdese, por ejemplo, sin salir de Cataluña, el caso del político Eduard Pujol, injustamente acusado de abusos sexuales. Le costó años limpiar su expediente y demostrar que las acusaciones eran interesadas, fruto del despecho de las supuestas “víctimas”.
El cantante Julio Iglesias
O mejor, recuérdese el reciente caso de Bob Dylan. Una mujer (anónima) le acusó en el año 2021 de que mediados los sesenta (del siglo pasado), cuando ella tenía doce años de edad, la mantuvo encerrada durante varios días en una habitación del famoso Chelsea Hotel de Nueva York, sometida a un régimen de drogas, alcohol y sevicias sexuales.
Durante unos días toda la prensa mundial –incluida la española, por supuesto— estuvo dando pábulo a la acusación, aunque pareciese poco creíble. Cuántos y cuántas columnistas se refocilaban, jubilosas y sarcásticas, en la demolición del ídolo: ¡Vaya pieza de caza cobrada! ¡Otro macho alfa cazado con los pantalones bajados! ¡Otro que se creía superior muerde el polvo!
Abusos y horrores
Miles de envidiosos y resentidos a lo largo y ancho del mundo se frotaban las manos ante el juicio público, y lo mucho que podrían escribir sobre éste, y cuántas muestras de ingenio y de moralidad podrían dar analizando las explicaciones y excusas que pudiera ofrecer Dylan.
Claro que la fiesta duró apenas unos días: su abogado sacó el calendario de actuaciones del músico en aquel año de 1965, demostrando que en las fechas de los supuestos abusos a una menor de edad cometidos en Nueva York, él se hallaba de gira por el extranjero, dando conciertos (de los que además quedan numerosos testimonios gráficos y fílmicos)… en Londres.
El aquelarre cesó de inmediato y no se ha vuelto a hablar del asunto. Ningún director de ningún diario ha pedido excusas al músico por arrastrar su nombre por el barrio cenagoso de sus portadas.
Vale la pena recordar aquel caso ahora que dos empleadas anónimas de Julio Iglesias le acusan de unos abusos y horrores realmente repugnantes que supuestamente cometió sobre ellas en sus mansiones en América en el año 2021… pero cuyo relato tiene varios aspectos francamente inverosímiles y otros que, en caso de ser ciertos, las infamaría a ellas tanto o más que a él –claro que ellas no tienen “fama” que arriesgar--, aspectos en los que no nos detendremos.
Una pandemia
(Como tampoco me pondré a defender fieramente la ejemplaridad de Julio Iglesias.) Antes de que ningún tribunal haya sustanciado un proceso, antes de que el cantante español o sus abogados salieran a desmentir las gravísimas acusaciones, ya toda la prensa las celebraba y les otorgaba credibilidad –el terrible “yo os creo, hermanas”--, ya calificaban a las acusadoras como “víctimas”, y ya las periodistas más “graciosas” afilaban el ingenio para, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, criticar todo lo que no les gusta de Julio Iglesias: que sea de derechas, que sea comercial, que sea riquísimo, que sea banal, que sea coqueto, etcétera, y para poner en entredicho también su decencia y su reputación.
Tal como apuntamos al principio de este artículo, el abuso sobre las mujeres en el ámbito laboral o festivo, en la calle y en todas partes, es una realidad multisecular, y, si se quiere llamarla así, una pandemia, indiscutible.
Ahora bien: las invenciones de abusos y acusaciones falsas de supuestas “víctimas” con el objetivo de sacarle algo de dinero a personajes públicos acaudalados es un hecho también indiscutible.
¿No sería mejor, antes de lapidar al famoso, esperar a ver qué tiene que decir contra acusaciones anónimas?... No está de más señalar además que la excesiva, instantánea premura con que algunos se suman a la cacería y destrucción del famoso de turno, esa gran velocidad en denunciar, juzgar y condenar en sus tribunales y cárceles de papel, obedece a determinadas fuerzas que mueven a la humanidad y de las que no se habla nunca: la frustración por la propia mediocridad, la envidia y el resentimiento.
