Las tres hermanas Losada comparten mesa y pastitas de té con Sabino Huarte, más conocido por Mónica, sin duda el hombre más susceptible que ha pisado la tierra. Contra lo que suponen los no iniciados, como los mediopensionistas o los cafeinómanos, del apodo de Huarte no cabe inferir desviaciones. O, como prefiere el licenciado Casares, ninguna opción sexual. La razón de que se conozca como Mónica a un cincuentón calvo reside simplemente en que esa fue su respuesta la primera vez que alguien le preguntó su nombre en El Purgatorio. Quizá lo dijera por provocar, o intentaba sin traza una broma. No se sabe. Además, no bien hubo puesto el pie en el café, organizó tal altercado con un policía municipal que le tuteó, que nadie osó tomar a chanza una palabra suya. Todos dieron por bueno lo de Mónica y punto. Con el tiempo, se fue empleando indistintamente ese nombre y el suyo auténtico.

--Sabino, tiene usted que dormir más. Fijaos en esas ojeras.

Un comentario así Sabino Huarte sólo se lo permitía a las Losada. Y ellas lo sabían.

--Si ya lo intento, doña Rosa, pero no hay manera. Me paso las horas frente al escritorio, devanándome los sesos y fatigando --como querría Borges-- el María Moliner y el Casares, y apenas si logro urdir un crucigrama, pero en cuanto desisto y apago la luz ¡zas! Las combinaciones más innovadoras se me aparecen con toda nitidez. Y comprenderá usted que no voy a despreciarlas; yo me gano la vida con ellas. Dormir en tales circunstancias equivaldría a tirar el dinero.

--Todo lo que quiera, pero no dormir equivale a consumir la vida apresuradamente. Dese una tregua, Mónica, por su bien.

--Una siestecita siempre cae, doña Azucena.

--Pues no sé cuándo, hombre de Dios. Si se pasa el día con nosotras.

--No exageres, Azucena. Yo xafo l'orella todas las tardes.

--Qué ordinaria has salido, Violetita. No pareces de la familia.

--No es ninguna ordinariez. Es catalán de Tortosa, lista.

--¿Y dónde has aprendido tú catalán de Tortosa?

--Son cosas que dice Cinta, la de la floristería.

--A Violeta se le pegan las expresiones de la florista. Claro, se tira toda la mañana de cotilleo en vez de asistir a misa.

--¡Eso sí que es ordinario! --grita Violeta para luego echarse a reír.

--¿Ir a misa?

--No; lo de tirarse toda la mañana.

--Pues gritar en los bares es muy fino, burra.

--Burra tú.

--Señoras, señoras, por favor...

--Azucena, Violetita, estáis incomodando a Mónica.

Más risas burlonas de Violeta. Plano cenital. Ruidos propios de cafetería concurrida: rumor de conversaciones que se pisan, tintineo de cucharillas, lejanas bocinas del exterior. Sobresale una voz masculina:

--¡Insisto en que fui abducido!

Primer plano de un sujeto asténico. Lleva la corbata torcida y el cuello de la camisa levantado. Tiene los ojos húmedos y enrojecidos. Juan Crisóstomo Godoy, rico propietario rural, es un dipsómano cuya edad, jamás declarada, ha dado pie a toda suerte de especulaciones.

--Lo que yo le diga. Abducido. Extirpado, absorbido por seres de otro mundo que me depositaron a cientos, a miles de kilómetros del parque público donde dormitaba.

El opositor Vargas ya tenía la excusa que necesitaba para aplazar los temas de derecho penal.

--Pero vamos a ver... Explíqueme lo sucedido con todo detenimiento. Que conste que no dudo de su palabra; por eso precisamente deseo conocer todos los detalles.

--Bueno, no quisiera molestarle ahora que se iba a poner con el estupro.

--No es molestia. El delito puede esperar. Y más ese, que no ha caído en los últimos ocho años. Cuente, cuente.

--Había sido un día ajetreado por la llegada de los muebles de Sigüenza.

--¿De casa de sus padres?

--Eso es. 

--En esa época ¿usted qué edad tenía?

Mayúscula ingenuidad del aspirante a juez. Nunca nadie había cogido por sorpresa a Godoy. Y se había usado añagazas infinitamente más sutiles.

--La edad que yo tuviera carece de importancia. Esas... entidades... no nos seleccionan por la edad.

--Quién sabe. Pero qué más da; era mera curiosidad.

--Ya. Le decía que habían llegado los muebles de Sigüenza. Quise echarles una mano a los de las mudanzas y, aparte de ponerme perdido, casi me deslomo. Cené ligero. Aunque agotado, no quería acostarme aún. Tenía mal cuerpo.

--¿En qué consistía exactamente su mal cuerpo?

--Oiga, eso tampoco es relevante de cara a la historia. Si me va a interrumpir a cada momento...

--Perdone, perdone. Continúe, Godoy, continúe.

--Hice de cuerpo y...

--¿Cómo?

--¡Maldita sea! ¿Otra vez?

--Me callo. Le prometo que no vuelvo a hablar.

--Hice... eso... y salí a tomar el aire. Anduve sin rumbo. El fresquito era tan agradable que me senté en uno de los bancos de piedra del parque. Los ojos se me cerraban, pero se estaba tan bien allí, a esa hora... Me parece que llegué a soñar un poco. En estas siento un mareo. Lo achaco al mal cuerpo. Me levanto y cruzo el parque en la oscuridad. Pero hete aquí que el quiosco ha desaparecido. Tampoco está el invernadero, y en su lugar me topo con una verja inacabable. Salgo corriendo despavorido. Creo que voy gritando. Unos viandantes, que yo tomo por turistas entrometidos, me interpelan en inglés. Llega más gente. Aparece un bobbie, luego otro. Comprendo que estoy en Londres. El gentío me cree ebrio, luego demente, luego italiano. El resto es un rompecabezas de papeleos, interrogatorios, traslado a la embajada española y llamadas a Sigüenza. Y vergüenza, mucha vergüenza. Porque nadie me creyó, a pesar de las pruebas aportadas, que demostraban que acababa de salir de mi casa, en España. Hasta hice que el embajador telefoneara a los de las mudanzas.

--Después de que nuestro representante diplomático contrastara su versión con Sigüenza, ¿persistió la vergüenza?

--¿Me está tomando el pelo o qué?

--Nada más lejos de mi intención. ¿Por qué piensa tal cosa?

--Es que la rimita tiene miga.

--Caramba, qué difícil se hace a veces charlar con usted.

--Oiga ¿le apetece un jotabé?

--Pues... creo que ahora mismo... no dispongo de efectivo.

--Nada, nada. Usted tranquilo, no faltaría más. ¡Benjamín! ¡Benjamín!

[Continuará]