Publicada

He aquí un libro peculiar, un libro original, que reúne catorce prólogos en un volumen que es un epílogo a toda una colección de libros filosóficos sobre el pensamiento posfundacional.

Así que lo primero que tendremos que dejar bien sentado es el concepto mismo de “pensamiento político posfundacional”, sobre el que la autora, Laura Llevadot, Profesora Titular de Filosofía de la Universitat de Barcelona, ha dedicado buena parte de sus investigaciones más recientes. No es un término difícil de definir, aunque sí se trate de un concepto polisémico.

Portada de 'Pensamiento político posfundacional. Aperturas al pensamiento político posfundacional' Herder

El pensamiento posfundacional se propone descubrir o desenredar cuáles son los fundamentos reales de una sociedad o de un sistema de creencias, para desenmascararlo o para proponer un fundamento alternativo. En este sentido, los autores sobre los que escribe Llevadot son “posfundacionales” desde una perspectiva u otra.

Y todos tienen en común el considerar a Marx un prototipo de pensador posfundacional, porque examinando todo tipo de discursos metafísicos, ideológicos o literarios, descubría en ellos una pulsión propia de una clase social determinada, y proponía sustituir esas gramáticas mentales o espiritualidades por el fundamento económico y productivo.

Oliver Marchart, uno de los autores seleccionados, es quien se encargó de bautizar esta interesante tendencia, en un libro de 2009 titulado, precisamente, El pensamiento político posfundacional. La diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau, que tiene traducción española editada por el Fondo de Cultura Económica.

Cuestionar los fundamentos

Por esta razón prologa el libro de Llevadot y escribe: “Lo que se cuestiona no es la existencia de fundamentos, sino su carácter extremadamente sólido que, una vez cuestionado, revela que estos fundamentos son contingentes. Siempre podría haber otros fundamentos en su lugar. Una postura que acepta la naturaleza plural y contingente de los fundamentos —siempre penúltimos— puede denominarse posfundacional en sentido amplio.”

Es decir, que aunque nos intentemos convencer de que vivimos en una civilización posthistórica, sin grandes relatos ni metafísicos, ello es completamente falso.

Esta consideración aleja el posfundacionalismo del “Posmodernismo” al uso, que aunque haya sido caricaturizado para desactivar a los sectores más festivos de la izquierda, lo deja de ocultar, tras el “todo vale” o el relativismo tan denostado actualmente.

Todo un “Realismo Capitalista” que constituye nuestra losa social principal, una losa invisible pero ciertamente asfixiante, como demostró Mark Fisher, uno de los escritores glosados. Esto es básicamente lo que explica Llevadot en el epílogo del volumen.

Sin embargo, es en el prólogo donde la autora es más descriptiva: “El pensamiento posfundacional, que se pone por tarea la crítica de cualquier fundamento que pretenda legislar, por considerarlo o bien contingente (Marchart, Laclau) o bien, simplemente mítico y ficticio (Derrida, Agamben), se rebela, tanto en el contenido como en su forma, ante este mandato infundado. Mostrar cómo el fundamento es autoritario, violento y excluyente, demostrar que requiere siempre de un ilegalismo de tipo policial para ejercerse, es el cometido del pensamiento posfundacional”.

Estado histórico

El primer autor glosado es Thomas Hobbes, porque “fundamenta la necesidad del Estado y la legislación en un supuesto estado de guerra de todos contra todos, en el miedo y el deseo de seguridad como afecto político”. Por lo tanto, hay una lectura conservadora de Hobbes como defensor de la monarquía absoluta y el Estado securitario.

Pero también una lectura adicional subversiva, porque el filósofo inglés cambia la Providencia por el análisis racional de la violencia política, física o simbólica. Como asevera Llevadot, a propósito de Hobbes, “El Estado no es natural ni surge por necesidad, es del todo histórico, una prótesis que se procura el hombre atemorizado, y es por lo tanto siempre provisional y deconstruible”.

El segundo es Alain Badiou, con el que la autora mantiene una relación problemática. Tras calificarlo de “macho-materialista-dialéctico” (la verdad es que todos sabemos a qué clase de ejemplar se refiere, al señor antiposmo bastante ortodoxo o binario), lo perdona porque su análisis de lo que es un Acontecimiento (algo que “rompe la lógica del mundo, y por ello es impredecible”) resulta imprescindible para el conjunto de doctrinas posfundacionales.

“Que el acontecimiento no sea causado por un sujeto preexistente, sino que sea su efecto: que lo que sucede en los hechos pertenezca al orden de lo imposible; que, en este sentido, la política se parezca tanto al amor, es lo que hace de la filosofía de Badiou un pensamiento posfundacional”. Y es que, en definitiva, sin irrupciones de amor imposible e incomprensible, nos ahogamos sin remedio; esto también es, en general, verdad.

En tercer lugar, es el turno de Claude Lefort, que aporta una distinción fundamental: “La distinción que hace Lefort entre lo político y la política resulta, en este sentido, esclarecedora. La política, entendida como el orden de las instituciones que gestionan los asuntos públicos, no agota ni representa de ningún modo lo político, es decir, la dimensión social siempre conflictiva y heterogénea que subyace a la política oficial”.

Hannah Arendt, judía exiliada y ex apátrida, realiza una crítica a fondo del Estado-Nación. Giorgio Agamben nos invita a desactivar nuestro fascista interior a través de una ética del “no hacer” que nos impediría vernos totalmente sometidos por lógicas productivas o mitológicas.

Más adelante, Llevadot resume la obra de uno de los pensadores mayores de la selección: “Que lo político no se reduce a lo jurídico, que también nuestra relación con nosotros mismos y con los otros —a través de la manera de denominarnos— es política, es quizás una de las aportaciones más contundentes y fecundas de Foucault”.

Feminismo, raza y clase

Los testimonios y los posicionamientos más impactantes y directos son los que tienen que ver con Gloria Anzaldúa, partidaria del feminismo interseccional, es decir, el feminismo que funde el género con las exclusiones de raza y clase: “La noción misma de consentimiento que se utiliza jurídicamente para determinar si hubo o no violación debería avergonzarnos. Nosotras, señores, no consentimos, nosotras deseamos activamente o no deseamos, al igual que ustedes”.

Y un poco más adelante: “Sabemos que el setenta por ciento de las mujeres migrantes que tratan de traspasar las fronteras hacia el país de la libertad y el emprendimiento son víctimas de abusos sexuales por parte de los mismos traficantes que las ayudan, de los policías fronterizos, o de sus propios compañeros de migración”.

En Rancière aprendemos que “la política no es el escenario de la transformación social en vistas a una finalidad. La política es una interrupción del orden establecido, de aquello que Rancière denominaría policía”. Para Laclau y Chantal Mouffe, “el populismo no es una ideología, sino la lógica misma de lo político”.

Miguel Abensour parece el menos sólido de los pensadores políticos seleccionados, porque parece que propone una suerte de “pasión anarquizante”, una especie de impulso vital que opondría al tedio y la grisura de nuestras democracias falsarias. Pero con menos “fundamento” que los demás, valga la broma. En cualquier caso, lo añadimos a nuestra lista de pendientes, para más adelante.

Y mientras Lyotard sospecha de cualquier estatuto de “verdad”, Phillipe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy se zambullen en la esencia del nazismo para tratar de dilucidar lo que de verdad nos condujo al horror de Auschwitz. Es, junto al capítulo dedicado a Anzaldúa, uno de los textos más inquietantes, porque desmonta la mayoría de los argumentos habituales que sobre el tema habían dedicado Arendt y Bauman.

No se llegó al exterminio nazi por “banalidad del mal” o prurito burocrático, sino por “banalidad del bien” y por “resentimiento de clase”. Quede la sentencia para que la meditemos a fondo…

¿Y qué decir sobre Mark Fisher, que no se haya escrito ya? “Conocemos bien la rueda del hámster. Falta espesor. Somos terraplanistas camuflados. La cuestión es, como ya plantease Lenin, ¿qué hacer?”.

Oliver Marchart responde en parte a esta pregunta, cuando cerca del final Llevadot analiza su pensamiento: “Que la política democrática se dejase alterar y modificar por lo político sería el anhelo irrenunciable del pensamiento político posfundacional”. Quede dicho. Hay mucho que aprender en este pequeño volumen trufado de herejías.