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Los seres humanos heredamos de otros –a los que no hemos llegado a conocer porque se fueron antes de que nosotros llegáramos a este mundo– las palabras con las que pensamos y somos. Y, al desaparecer, en esa hora fatal, como escribió Rubén Darío, en la que la oscuridad llena el cuadro y nos expulsa para siempre del lienzo de la vida –un día estamos, al siguiente no–, el mejor rastro que dejaremos detrás nuestra son también las palabras con las que los otros nos recordarán, si es que lo hacen.

En 1971, hace algo más de medio siglo, Carl Schmitt (1888-1985), pensador político y arquitecto jurídico del nazismo, quien probablemente mejor definiera la cruda paleta monocorde de los grandes totalitarismos de la pasada centuria –la política consiste en saber quién es amigo y quién antes o después va a convertirse en un enemigo–, se sentó con Klaus Figge y Dieter Groh para sostener una larga entrevista en la que el filósofo alemán se prestó a hablar (a tumba abierta) de su vida y de sus ideas políticas para la Radio del Suroeste Alemán (SWF).

La conversación, grabada con un vulgar magnetófono que hoy se consideraría arqueología, se prolongó hasta ocupar cuatro cintas. En ellas un Schmitt crepuscular, pero todavía en pleno dominio de sus facultades (malignas, según sus detractores) juega con los argumentos, se excusa, se reafirma, se confiesa (ante desconocidos) y, al cabo, deja suspendido en mitad del aire, otrora tan inflamado, una suerte de testamento intelectual.

Portada del ensayo 'Mientras el imperio siga ahí'' El Paseo

El sello El Paseo, dirigido por el editor David González Romero, acaba de publicar el contenido íntegro de este diálogo, con una nueva traducción de Fernando González Viñas, en un interesante volumen –Mientras el Imperio siga ahí– que se suma a su Glossarium*,* también en su catálogo. Además de histórico –no siempre se tiene la ocasión de leer en primera persona a una de las mentes que militaron e influyeron en el partido que causaría el Holocausto–, el interés de este libro radica en que, remitiendo a un tiempo pasado, nos ayuda a entender el presente.

Vivimos tiempos intensamente redentoristas y nadie los ha interpretado mejor que Schmitt, que se afilió al Partido Nazi en 1933 pensando que el acto marcial del compromiso político (en su caso su militancia fue tan decidida como efímera y estéril) era un hecho más importante que la causa misma que se defendiera. “Uno se compromete; luego, ya ve”.

Portada de 'Glossarium' El Paseo

Hombre católico, de naturaleza tradicionalista, y uno de los autores más destacados del pensamiento reaccionario, navega en esta conversación entre el derecho, la política y la teología y, en líneas generales, no abjura de sus críticas contra las democracias liberales ni de su prevención ante el cosmpolitismo, dos de las cuestiones que, de otra manera distinta, pero con una recurrencia similar, marcan ahora la conversación pública.

Para Schmitt –de ahí el título del libro– es la idea de imperium la que permite a una comunidad política establecer sus leyes y ejercer el poder. No se trata de un concepto estrictamente político, sino que se extiende hasta lo religioso: un poder absoluto, simbolizado en el cetro imperial, es el único capaz de contener la influencia del Anticristo.

Cada confesión del jurista alemán está, en esta fértil edición, contextualizada gracias a las notas explicativas (elaboradas por Franck Hertweck, Dimitrios Kisoudis y Gerd Giesler), a las que acompaña un epílogo de Dieter Groh, uno de los dos interlocutores de la charla, que relata cómo, a pesar de su descrédito y de habitar en el ostracismo, intelectuales de toda condición –Habermas, Agamben y muchos otros– acudían casi en peregrinación al refugio que Schmitt tenía en Plettenberg.

Antes de hablar de política, el jurista y los dos entrevistadores hacen un rodeo, que en realidad no lo es, pues no hay idea importante que no haya sido antes vivida bajo la forma de experiencia, que conduce al lector al territorio de la infancia de Schmitt, primera placenta de su idea de la sociedad, y a otros episodios de su vida pública.

A lo largo de la existencia –y la del jurista alemán no es una excepción– construimos mitologías para explicarnos y justificar nuestras decisiones. Y eso es lo que también encontramos en esta conversación, donde Schmitt calla determinadas cosas, abunda en otras y no parece arrepentido de su tesis acerca de que, en un contexto de honda crisis política, un personaje como Hitler llegó a encarnar una “garantía jurídica en Alemania”.

Schmitt nunca fue un ingenuo: intentó participar en la espiral hegemónica del nazismo y fue fagocitado por ese mismo vendaval que ayudaría a crear. Pero, al margen de su elección por una ideología inmoral, lo cierto es que en su obra se describen y explican unos mecanismos de poder que, con otro rostro, aún marcan una agenda internacional marcada por las guerras y un orden mundial basado en la fuerza, no en el derecho.

Portada del ensayo 'Carl Schmitt. Lucidez y ceguera' Alianza Editorial

El creciente interés por la obra intelectual de Schmitt está explicado en otro libro –Lucidez y ceguera (Alianza Editorial)– escrito por José Luis López de Lizaga, que lo sitúa en esa fascinante vislumbre donde la inteligencia pura y la capacidad de análisis se entrecruzan con el mal. Schmitt, dice López de Lizaga, es un pensador político del que, si conseguimos dejar de lado su filiación como activista totalitario, se puede aprender mucho.

Y justamente eso es lo que nos ofrece la conversación mantenida en los años setenta entre un hombre de la estirpe de Hobbes, que proclamó que soberano es únicamente aquel que puede proclamar un estado de excepción y anular las libertades individuales y colectivas, y sus dos entrevistadores. Schmitt fue quien, acaso de forma más exitosa, actualizó la vieja teoría de que la política (y la guerra, que es su continuación) consiste en un enfrentamiento constante. Una frase certera que no puede ser más actual sin, a su vez, reflejar hasta el infinito una verdad eterna.