La construcción de la imagen frívola y disipada de la familia Borgia comenzó ya con el primer papado del Papa Calixto II y alcanzó su clímax con el pontificado de Alejandro VI. Lo que algunos han llamado la leyenda negra antiborgiana estaba ya vigente desde mediados del siglo XV, aunque se radicalizó a partir de la elección de Rodrigo Borgia como papa en 1492. Las cortes napolitanas, venecianas o florentinas gobernadas por familias poderosas fabricaron múltiples leyendas sobre los desenfrenos de los Borgia muy asimilados a la capitalidad romana. Roma como símbolo de la perversión del poder. Fue el relato de Johann Burchard en su Liber notarum el que le hizo más estragos respecto a los vicios de la familia Borgia que escandalizaron en su momento. Ya en 1504 se hizo alguna obra de teatro inspirada en los comportamientos de esta familia. El discurso protestante no encontró mejor referente en sus críticas a Roma que los escándalos de los papas Borgia. La propuesta de canonización de Francisco, bisnieto de Alejandro VI a comienzos del siglo XVII (sería santo en 1622) intentó neutralizar la leyenda que volvería a emerger con todo su esplendor en el siglo XIX.

 

 

Lucrecia Borgia, la leyenda negra de la familia Borgia / BIOPIC CHANNEL

Es difícil rescatar a Lucrecia Borgia del bosque de leyendas que a su familia se le atribuyen. Sobre ella se ha escrito mucho especialmente desde la literatura romántica. El punto de partida quizás sea la obra de Victor Hugo que serviría de libreto a la ópera de Donizetti (1839), así como la novela de Dumas. En el siglo XX marcan un hito las obras de Funck-Brentano (1932) y Holmsten (1976) que la inscriben a ella en el arquetipo de la pobre mujer manipulada por el demonio de su padre, el papa, y su hermano César en un marco de crímenes y pasiones sin cuento. La novela de Carmen Barberá (1989) abunda en esta misma imagen.

Liana Haid interpretando a Lucrecia Borgia / PINTEREST

Sólo tras la obra de Chastenet parece recuperar Lucrecia su propia identidad. ¿Ángel o demonio? A la pregunta que este historiador se hace él mismo responde en su libro que lo que está claro es que estamos ante una mujer con carácter, “en cualquier caso en un escenario que más que por el imperativo sexual estaba marcado por la pasión política”. Hay que leer a los Borgia más en términos de Maquiavelo que de Freud. Las pinturas de Pinturicchio nos la muestran como una rubia frágil y desgraciada, pero Tiziano, años más tarde, nos la pinta con las connotaciones de ambición y capacidad de intriga que la caracterizaron. Desde luego, nada tuvo que ver con la inocente criatura que es como la describe la novela de Geneviève Chauvel (2005) ni la de la resistente en un mundo de hombres profundamente machistas como nos la analiza la novela de John Faunce (2003). Más bien con la obsesión por el poder que es como la pinta la novela clásica de Maria Bellonci (1939) traducida a muchos idiomas.

Retrato de Lucrecia Borgia / ZENDALIBROS

Proyección exhibicionista

Se casó tres veces en matrimonios típicos de interés político. El primer marido fue Giovanni Sforza, un hombre mayor que sería denunciado por impotencia para poder anular su matrimonio lo que se consiguió, entre otras razones, porque mandaba en Roma su padre. A los diecisiete tuvo un hijo de ese matrimonio que se le atribuyó a muchos padres. Entre otros a un paje llamado Perotto, después asesinado por César Borgia, paje que se ha convertido en el arquetipo del servidor “que pasaba por allí”. El segundo marido fue Alfonso de Aragón. Si el primero era de ilustre familia milanesa este lo era de rancia familia napolitana. Con él tuvo un hijo, Rodrigo. Murió asesinado en el marco de las intrigas políticas del momento. El tercer marido fue de Alfonso d’Este, duque de Ferrara, otro noble, con el que ella vivió feliz pese al mito de “infelicísima” que se le adjudicó. La leyenda de los amores con su padre y su hermano César forman parte del imaginario crítico desatado ya, como he dicho, en vida de los Borgia. Ella demostró con su correspondencia con Pietro Bembo, ser más autónoma de lo que el arquetipo de pobre niña abusada sexualmente ha establecido.

Murió en 1519 a los 39 años como tantas mujeres de su tiempo al parir al que sería el último de los ocho hijos que tuvo. En su salto al cine han representado su papel actrices tan significadas como Liana Haid (1923), Paulette Godard (1949), Marine Carol (1953), Lisa Gastoni (1966) y María Valverde (2006), esta última en una serie televisiva dirigida por Antonio Hernández. En los últimos años la historiografía ha puesto especial acento en las raíces valencianas (setabenses) de los Borgia como testimonio de los supuestos caracteres valencianos, especialmente en lo que se refiere a su proyección exhibicionista, lo que ha sido capitalizado por un cierto nacionalismo valenciano que representa bien la novela de Joan Francesc Mira.

La actriz Paulette Goddard como Lucrezia Borgia en la película “Bride Of Vengeance” (1949) / PINTEREST

La realidad es que hay dos Lucrecias. La anterior a su boda con Alfonso d’Este, valor de uso de los intereses pontificios y la posterior que se movió prácticamente sola en el escenario de Ferrara. Sus últimos dieciocho años fueron tranquilos, ejerciendo como gobernante, en ausencia del marido con el que sin embargo tuvo seis hijos, de los que uno solo hizo carrera eclesiástica (Hipólito) y que sería arzobispo y cardenal de Milán.

La Lucrecia de su infancia y adolescencia quedaría como sublimación del imaginario de una sociedad renacentista ávida de modernidad y ansiosa de romper fronteras morales de todo tipo.