Publicada

“Tenía más de cien años y no pude despedirme de él, sino a base de cartas escritas en la cocina”. Isabel Allende quería mucho a su abuelo a cuya inspiración debe los primeros pasos de su exuberante novela La casa de los espíritus, el primer gran golpe femenino sobre el boom de los hombres que solo amaban a sus maravillosos desvaríos neobarrocos.

Portada de 'La casa de los espíritus' Penguin Debolsillo

Las editoriales durante los últimos años del siglo XX tardaron en darse cuenta de que las mujeres venden más: "Sí les importó, pero tarde”, ha repetido Allende en varias ocasiones, junto a otras escritoras como Ángeles Mastreta (“la literatura que toca al corazón”) o Laura Esquivel (“la letra que no excluye”) y aparecen en la cola del gran movimiento reformador de los 60 y los 70.

Los del boom eran todos hombres, fue un movimiento sin nombres de mujer —“era un club que no admitía señoras”, escribe Iván Thays— hasta el momento en el que se constató que las mujeres también leen y leen más; ellas responden y los mejores sellos lo descubren tarde, pero a tiempo.

Descubren una forma de exponer en la que los personajes ficcionados hablan y hablan con mayor libertad en un todo impregnado de conocimiento y aceptación, y también de una considerable complacencia en lo dramático. En Allende hay un punto de confluencia en lo trágico —casi todo es trágico— y sin embargo, reúne una alegría más profunda que la pena.

Literatura como análisis de clase

Los espíritus son en su caso algo que concierne solo a un grupo de lectores amigos, aunque su difusión sea internacional y se traduzca a los idiomas de gran tirada. La conversación adquiere la naturalidad necesaria para que nadie intente mirar por encima del otro. Si le preguntas porqué hablamos, Allende te contesta “para amarnos”.

Mastreta, por su parte, expone tres ejes: su relación con el feminismo desde lo femenino, una revisitación iconoclasta de la Revolución Mexicana y una refundación del melodrama en la vida privada de los que ejercen el poder. Podría decirse que Allende y Mastreta comparten la heterodoxia en el análisis de clase cuando ensanchan y parodian despiadadamente a los que mandan.

A Isabel Allende le tocó una infancia miedosa, seguida de una plenitud literaria tardía en la que, sin apenas mencionarlo, moría un poco cada día desde que, en 1992, desapareció Paula, su hija, estando internada en un hospital español.

Han sido muchas las desventuras vitales antes y después de aquel setiembre de 1973, el golpe de Pinochet en Chile, saldado con miles de víctimas, exiliados y presos inocentes amontonados en el Estadio Nacional, convertido en campo de concentración, el aforo profanado en el que murió Víctor Jara, el lugar de cita que, en otros momentos más vivificantes, había sido testigo de los magos balompédicos de la nación, como Enrique "Cua Cuá" o Alexis Figueroa.

El 11 de setiembre de 1973, la Armada chilena bombardeó la sede de la Presidencia en Santiago y el comunicado militar sobre la muerte de Salvador Allende selló al gobierno de unidad popular. El Departamento de Estado de EEUU había participado en las operaciones encubiertas de Washinton; 16 de septiembre, el presidente Nixon llamó a su Secretario de Estado, Henry Kissinger, para que lo pusiera al día.

Su conversación quedó registrada: “El asunto chileno se está consolidando y, por supuesto, los periódicos se están quejando porque un gobierno comunista ha sido derrocado”. Los dos hechiceros de la política de bloques lamentan que la prensa no les prodigue alabanzas por la destitución y muerte de Allende: “en tiempos de Eisenhower, nos habrían tratado de héroes”.

A los pocos días del bombardeo del Palacio de la Moneda, llega de Isla Negra la noticia montada sobre el huracán maléfico de un envenenamiento: la muerte de Pablo Neruda, el “auténtico heredero de Walt Whitan en el hemisferio occidental, a lo largo de la última centuria”, en palabras de Harold Bloom.

Las Comisiones de la Verdad denuncian un primer recuento de 200.000 exiliados y llega a las librerías de medio mundo el libro premonitorio de Pablo Neruda, publicado pocos meses antes, bajo el título Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (Ed Quimantú), dirigido al presidente norteamericano, Richard Nixon, con la poesía como arma política, pluma lacerante del Aquí me quedo, musicalizado por Víctor Jara.

'Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena'

El poeta nacional cae cuando es un imbatible constructor de la emancipación.

Autobiografía y anhelo

En la misma cocina de su madre, durante la estancia de la familia en Perú y durante los años californianos, Isabel Allende escribe a su madre decenas de cartas sobre Paula, que agoniza en un hospital.

Después del luctuoso desenlace de la joven, la escritora recobra el aliento con La suma de los días (2008), la autobiografía en la que muestra la continuidad epistolar que ha inspirado y marcado la vida de Isabel Allende, galardonada ahora con el Premio Planeta, después de haber conseguido a lo largo de su trayectoria otros reconocimientos de alto nivel.

Portada de 'La suma de los días' Penguin Debolsillo

Como el Premio Nacional de Literatura de Chile en 2010 o la Medalla de la Libertad de Estados Unidos en 2014. Allende levanta el vuelo de la ficción inventando historias, porque inventar es salvar del olvido aquello que nos hizo ser quienes somos; ahí germina el anhelo que nunca la abandona.

Isabel Allende, nacida en Lima en 1942, sufrió el miedo de la infancia a la desaparición de los mayores. Hija de diplomáticos —Tomás Allende Pesce y Francisca Llona Barros— en permanente mudanza, la sobrina del expresidente chileno, Salvador Allende, cuenta con crudeza la dolorosa separación de sus progenitores. “Mi padre, en su etapa de secretario de la Embajada de Chile en Perú, nos abandonó en plena infancia, cuando mi madre estaba siempre enferma”.

Se diría que lo íntimo le atañe más que lo público y ella se pregunta cómo escribir después de los grandes maestros que le sirven de guía. Pero la presencia del destino ineluctable no la perturba y tampoco se deja dominar por el entorno que envuelve su invención.

Democracias convulsas

En nuestros días, muchos la interrogan sobre el futuro de la libertad en EEUU, un país en el que vivió afincada en California, durante 27 años, con su segundo marido, el abogado y escritor Willie Gordon. Su relación inspiró varias obras de Isabel, en especial El plan infinito. Hoy la escritora asegura ver cosas que ya había visto antes y deja para nosotros la idea de cuidar a la democracia que es como la salud, en lo que no piensas mientras lo tienes.

“La democracia es más frágil de lo que creemos”. Allende habla entre el horror y el apremio: recuerda que "en Chile la libertad se perdió en 24 horas" y en otras partes se va royendo desde la base y se va minando.

El gnosticismo mágico la reclama. Rechaza la religión institucionalizada: “No puedo pertenecer a ninguna institución que me trata como un ciudadano de segunda clase”. Entregada de lleno al mundo del cuidado al otro, hace suya la tradición latina, que la recorre por dentro con una enorme ilusión como le ocurrió a la muralista Frida Kahlo.

Su apego a las letras no es hongo casual, hijo del sedimento. Allende tiene antecedentes, las mujeres que la preceden con un alto vuelo de experimentación formal e innovación del lenguaje, damas empecinadas en la construcción de una nueva identidad latinoamericana desde el acople entre fantasía y realidad. Ya ha transcurrido el tiempo en el que las mujeres no corrieron la misma suerte editorial que los hombres y por lo tanto no obtuvieron el mismo reconocimiento.

Maestras en tiempos de hombres

Hay casos claros como el de las mexicanas Rosario Castellanos, reivindicadora del conocimiento lúdico en competencia con la segregación social y sexual, en su novela Balún Canán, durante el sexenio del presidente Lázaro Cárdenas, o de la dramaturga Elena Garro, ambas precursoras de Allende en la sombra desconocida de la historia.

Resultan más transparentes la influencia de Clarice Lispector, reportera, traductora y escritora de novelas, cuentos, libros infantiles o la de la chilena María Luisa Bombal autora de una obra entre la realidad y lo sobrenatural, amiga de Neruda, Gabriela Mistral o Jorge Luis Borges y considerada por García Márquez como el primer atisbo del realismo mágico, por relatos que influyeron en Allende, como La amortajada o La última niebla.

Portada 'La última niebla' Seix Barral

Todas marcadas por sus contribuciones en la defensa del rol de la mujer en el espacio consagrado de las letras. Una muestra de saltos en el tiempo y semejanzas en el estilo por el carácter monocromático de la ansiedad que, a la larga, impulsa sus resultados. Mujeres de indiscutible creatividad adictas al drama de la duda inicial conviviendo con el talento.

Maestras de una paradójica unión entre la poderosa creación literaria y el temor a la parálisis a causa de agresiones y confusiones. En un tiempo de hombres, cargando a cuestas las historias de los Buendía, Torrijos o Páramo, ellas aprovechan su turno en la cola de Vargas Llosa, Carlos Fuentes o José Donoso.

“Los hombres mantienen el encierro que les concede fama y dinero, mientras que sus parejas “detienen su talento para callar a los niños mientras papá escribe o sirven miles de litros de té caliente en silencio en las veladas literarias en las que no pueden opinar”, escribe la ecuatoriana María Fernanda Ampuero.

El arte se encuentra en la vida, y ese es un reino íntimo e infinito. A los tres años de edad, tras la separación de sus padres, Isabel regresa a Chile junto a su madre y hermanos; permanece en el país hasta 1953, año en que se trasladan a Bolivia primero y luego a Líbano, junto al segundo marido de su madre, el diplomático Ramón Huidobro (tío Ramón).

Primero fue el teatro

Allende rompe su techo con obras de teatro hasta que comienza su relación con la escritura profesional, en 1967; redacta reportajes, realiza entrevistas y hasta tiene su propia columna de humor, llamada Los impertinentes. Durante esta época participa en televisión y en otros medios como la revista infantil Mampato, la que dirige entre los años 1973 y 1974. Su ópera prima data de 1982; luego llegan De amor y de sombra y Eva Luna.

Desde aquel momento, los éxitos se multiplican con traducciones a muchos idiomas y ediciones sucesivas hasta que la lista se hace interminable aplicando el principio según el cual el escritor debe abandonarse a su suerte, no puede inmiscuirse a fondo en su propia obra. Allende es prolija; ha publicado medio centenar de obras.

Acaba con sus lutos a golpe de palabras interrelacionándose y ofreciendo parábolas, aunque ella particularmente no lo pretenda. Sus relatos cortos mejoran sus novelas, sus personajes se hacen entender no solo con su voz; emergen de situaciones. En ella, el argot parece natural, habla de los vivos en relación a cosas muertas como si una guerra colonial hubiese liquidado el mundo natural de los vecinos y los días.

Relata de manera directa cuando ha de resultar triste y sacude el texto ante la inminencia de una buena noticia. Detrás de sus historias hay una sicología oculta que la autora invierte para convertir sus personajes en marionetas. Sabe que cuando una historia no sorprende, porque el lector ya sabe cómo termina, solo podrá leerla una vez. Practica el arte de sumergirse como suele ocurrir en las narraciones detectivescas.

Hoy está más cerca la conquista del Espacio que la invención literaria. La digitalización mantiene en vigilia a la ficción, pero la buena novela no se baja al andén de las estaciones intermedias. No hay máquina ni relato fruto de la IA capaz de hacer lo que hicieron Tolstoi, Gogol o Kafka.

El alma humana contiene millones de espacios recoletos que rinden homenajes al sueño y a la vida. En medio del caos, Isabel Allende ha encontrado un laberinto que descubre la mente humana sin muletas tecnológicas.