Pocas cosas resultan tan desasosegantes como ver que una persona se ha equivocado lastimosamente en sus decisiones vitales, se da cuenta de ello tardíamente, y entonces le reprocha ese error suyo a los demás.
A cuántos he conocido que se lamentan de que su verdadera vocación era ser escritor, o artista, o actor, o músico, pero que tuvieron que dedicarse a otra profesión menos interesante y mejor remunerada, porque se casaron temprano, tuvieron un hijo, y claro…
De manera que los culpables de la frustración de estos quejumbrosos Kalimeros no son ellos mismos, sino sus esposas y su prole, el sistema, el país, el entorno, lo que sea. Es muy feo esto, amigos. Es más elegante pechar con uno mismo, con las decisiones tomadas, con los aciertos y los errores. De lo contrario, más que aprecio suscitas lástima y desprecio.
En literatura, uno de los ejemplos más notables de esa actitud es el de Juan Goytisolo (Barcelona 1931-Marrakech 2017), al que la Wikipedia define como el mejor narrador de los años cincuenta y principios del siglo XXI. Lo cual es una valoración algo exagerada. Se jactaba de ser, como reza el título de uno de sus libros, el Pájaro que ensucia su propio nido.
Se jactaba de su repugnancia hacia su propio país, su historia, sus instituciones, su intolerancia, prefiriendo con mucho considerarse ciudadano de Marrakech, en Marruecos, país donde parecía que hay más tolerancia, más democracia y más autenticidad, y contra el que él, tan insobornable en su denuncia de las miserias europeas, jamás esbozó ni el amago de una crítica.
Que, con esos dilatados precedentes, en su vejez, tres años antes de morir, aceptase el premio Cervantes, siendo consciente de que al hacerlo contradecía toda su trayectoria —de manera que lo recibió como a disgusto, con melindres, y sólo porque su dotación económica le convenía—, no lo retrata a una luz excesivamente favorable.
Me he acordado de él al leer las declaraciones de la actriz María Galiana (Sevilla, 1935) a la agencia Efe, con motivo del Premio de Honor del Festival Internacional de Cine Iridiscente de Guadix que acaba de recibir y que se han reproducido en los grandes medios de comunicación.
Esta actriz ha figurado en el reparto de varias películas notables, obtuvo el premio “Goya” por su papel en Solas, de Benito Zambrano. Actualmente, a su provecta edad, sigue en las tablas de los teatros. Pero es conocida sobre todo por los largos años en que encarnó el personaje de Herminia, que en la exitosa y muy longeva serie televisiva Cuéntame cómo pasó representaba (por lo que he leído, pues nunca vi ni un solo capítulo) a una abuelita dulce, llamada “Herminia”.
Poster de 'Solas'
22 años para nada
“María Galiana tacha de desperdicio sus veintidós años como Herminia en Cuéntame cómo pasó”, titulan los diarios. Y se queja la premiada actriz de que el papel de abuela era lo contrario a su personalidad, que la serie no era buena, no le interesaba nada, que ni siquiera ha visto, tampoco ella, ni un solo capítulo.
“Yo no pensé nunca en ser actriz, pero puestos a ser actriz... me hubiera gustado hacer películas y papeles buenos… El tiempo que yo llevo como actriz, para mí lo he desperdiciado. 22 años haciendo de abuela en televisión es un desperdicio. Como actriz, me refiero. Ahora estoy haciendo teatro para compensar”.
María Galiana se licenció en Historia en la universidad de su ciudad natal y hasta los cincuenta años se ganó la vida como profesora de instituto en las asignaturas de Historia e Historia del Arte. Quiere decirse que es una mujer intelectualmente bien formada.
Así que es raro que no se dé cuenta de que al despreciar un producto de entretenimiento en el que colaboró durante más de dos décadas, desprecia también a quienes la contrataron para el papel, a los guionistas, a sus compañeros de reparto, a sus millones de espectadores (pues les servía un plato averiado), y a sí misma.
Si tan nulo era el producto que le proporcionaba visibilidad y seguridad económica durante tantos años, ¿qué le impedía ser coherente, abandonarlo, y volver, por ejemplo, a la docencia?
Cuesta sentir simpatía por quienes ensucian su propio nido, toman el dinero, y se lamentan.
