Hay pocas vidas tan aburridas como las de los escritores profesionales, me refiero a aquellos a los que sus obras les proporcionan bastante dinero para no tener que ganarse la vida con oficios que les obligan a salir de casa y rozarse con el común de los mortales. Se la pasan siempre leyendo y escribiendo.
Pero esta norma tiene también sus excepciones. Pienso en Chateaubriand, en Jünger. Pienso, por ejemplo, en Simenon, del que he hablado alguna vez aquí. Creo que pocos saben que, ya siendo un escritor famoso, aunque no tanto como lo llegaría a ser, a finales de los años 20 se embarcó en un periplo de dos años por los canales de Francia. Tuvo que ser una experiencia maravillosa.
Viajaba lentamente con su primera mujer, Tigy, la bonne (la asistenta) y el perro, en una barquita, Ginette, arrastrando detrás un pequeño bote en el que llevaba el equipaje, una caja de madera y su máquina de escribir. Navegaban por esos canales durante buena parte del día.
Al atardecer atracaban donde mejor les parecía, Simenon bajaba la caja de madera, ponía encima la máquina de escribir y tecleaba durante unas cuantas horas. Fiel a la tendencia priápica de la que se jactaba, con la frecuencia oportuna se acostaba con su mujer o con la bonne. Simenon era así.
Aquel largo viaje de navegación interior además le sirvió para conocer a fondo “los patios traseros de Francia”, según su expresión. Profundizó en su conocimiento de la vida de la gente humilde, y esos viajes le sirvieron como inspiración directa de varias de sus novelas, concretamente El puerto de las brumas, La esclusa, La casa del canal, La taberna de los dos centavos, El carretero de la Providence.
Y La viuda Couderc, una tragedia rural ambientada junto a un canal que en su día tuve el placer de traducir para Tusquets. La figura del esclusero, su vida monótona y rutinaria y aislada, es frecuente también en varias de las novelas de Maigret.
Portada de 'La viuda Couderc'
Escritor en huida
No suele recordarse mucho que si Simenon vivió largos años en Estados Unidos fue para escapar de sus responsabilidades durante la ocupación alemana en Francia, donde si no fue estrictamente un collaborateur de los invasores, pero ocupó un puesto municipal y estuvo publicando sin problemas sus novelas en Francia y Alemania.
Se le abrió un expediente y prefirió poner tierra de por medio, hasta que se calmasen las cosas. Esa experiencia norteamericana dio pie a varias novelas, entre ellas Tres habitaciones en Manhattan, que también traduje yo, por cierto.
Portada de 'Tres habitaciones en Manhattan'
Una vida extraordinaria ha sido también la de Jeffrey Archer (nacido en 1940 y fallecido esta semana). Estudió en Oxford, de joven fue un gran deportista, fue el diputado más joven del partido conservador británico, luego de los lores.
Sus novelas policiales (fue prolífico, aunque no tanto como Simenon) han vendido millones de ejemplares en todo el mundo. En España también. Las colas que se formaban en la feria del libro de Madrid para conseguir su autógrafo en alguna de sus novelas eran antológicas.
Archer, dudosa ética
Como portavoz del partido en la cámara baja Archer protagonizó varios momentos embarazosos. El más sonado fue cuando dijo en la radio que muchos jóvenes de los que estaban en el paro sencillamente no querían encontrar trabajo.
En ese momento el desempleo en el Reino Unido había alcanzado sus máximos, con 3,4 millones de parados. El escándalo lo hizo retractarse con el socorrido argumento de que sus palabras “habían sido sacadas de contexto”. Tuvo que abandonar el cargo.
Siendo lord, escritor famosísimo y multimillonario, gracias a su detective William Warwick, Archer sufrió la curiosidad del Daily Star, que en los años 90 publicó un reportaje desvelando que frecuentaba a una prostituta. El novelista demandó al rotativo, y ganó el juicio, en buena parte gracias al testimonio de su mujer, que le respaldó.
Pero dos años después afloraron pruebas de que lo que contaba el tabloide era cierto, y Archer volvió a los tribunales, esta vez como acusado, por falso testimonio. Allí este delito se considera muy grave. Fue condenado a cuatro años de prisión. De los que cumplió dos, en tres cárceles diferentes. Lo cual le sirvió para escribir una trilogía sobre su experiencia, bajo los títulos de Infierno, Purgatorio y Paraíso. La cárcel, asegura en ellos, lo cambió.
Trilogía 'Infierno, Purgatorio y Paraíso'
Entró en ella humillado y desorientado, lleno de miedo, y acabó entendiendo mejor a los desdichados y sus problemas. Depara una lectura llena de anécdotas humanas, a veces conmovedoras y otras sorprendentes.
Quizá debido a esa experiencia, una vez recuperada la libertad se convirtió en un filántropo. Entre sus lectores más fieles se encuentra precisamente la reina Camila, con la que colaboraba en algunas obras de caridad y que le ha despedido con unas frases emocionadas.
