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Tenía razón Sibelius (Jean) cuando, es de suponer que en un arranque de sinceridad no exenta de desprecio, le dijo un director de orquesta: “No prestes atención a lo que digan. Nunca se ha erigido una estatua en honor de un crítico”.

En efecto: no consta que en sitio alguno, con la excepción de Menéndez Pelayo, que tiene la suya en Santander, se hayan rendido honores en piedra a quienes eligieron el oficio de juzgar la obra de los demás, del mismo modo que los personajes independientes no gozan de más aprecio que el que les profesan sus abundantes enemigos.

En la figura del cronista literario confluyen ambas situaciones: un odio feroz (por parte de los perjudicados por su libertad de criterio) y un pasar, en fama y derramas, mayormente discreto. Y eso que su tarea, por lo general mal pagada, peor comprendida y bastante ignorada, no es fácil, aunque sea muy deseada (por los autores huérfanos).

Criticar algo, en general, suele tener mala prensa —lo cual denota el estado de postración y vanidad que caracteriza nuestra época, aunque este vicio no sea un monopolio del presente— pero es un ejercicio intelectual imprescindible para que el conocimiento humano avance.

Medir consiste en comparar. Juzgar implica diferenciar. Y argumentar exige explicar aquello que se piensa. No son muchos los que han ejercido esta tarea en lengua española como Christopher Domínguez Michael (México D.F., 1962), un habitual de El Colegio Nacional y conferenciante recurrente en las universidades de la Sorbona, Chicago y Columbia y en el Collège de France.

Christopher Domínguez Michael UDP

Todos estos honores —que también son trabajos y son días y son noches—, no son el motor que alimenta su trabajo. Más bien se trata de afortunados desenlaces.

Abundante crítica

Domínguez Michael, que carece de título universitario, se forjó en este arte bastardo e incomprendido en las redacciones de la revista Vuelta —fundada por Octavio Paz, de quien tiene publicada una biografía intelectual— antes de incorporarse como consejero literario a Letras Libres, la publicación que comanda Enrique Krauze.

Tras más de cuarenta años de leer (profesionalmente), que es algo muy distinto a hacerlo de forma hedonista, y de escribir (a fondo) sobre lo leído, este ensayista mexicano, erudito sin corona y sabio sin academia, ha acumulado una abundante obra crítica que el sello sevillano Athenaica reúne en un volumen de hermosa factura —El crítico sin estatua— cuyo encabezamiento recoge la cita de Sibelius para, a continuación, invitarnos a navegar por el territorio del juicio literario, que a fin de cuentas también es el de la literatura, aunque –salvo excepciones– sea de segundo grado.

Portada de 'El crítico sin estatua' Athenaica

Domínguez Michael fija en las cuatro páginas de su prólogo a la edición española de esta colección de estudios y recensiones sobre obras y autores el espíritu de su tarea: no competir con el autor, no caer en confesiones barrocas, vitales e innecesarias.

Practicar la libertad (de juicio) pese a quien le pese, desmentir las sospechas y, sobre todo, seleccionar, entre el océano de libros que atesoran las bibliotecas, la librerías y los mercados de lance, aquellos que merecen sobrevivir a la erosión del tiempo.

Tiene razón Domínguez Michael cuando, con elegancia, se revuelve contra los tópicos del oficio: un crítico literario escribe, comparativamente, más artículos laudatorios que notas negativas y celebra y disfruta con los libros más de lo que padece o condena. Y, sin embargo, su escrutinio tiene el mismo efecto que el sonido de las trompetas del Apocalipsis en el Evangelio de San Juan.

El crítico sin estatua, como libro, es un excelente ejemplo de este malentendido. El ensayista mexicano lo ha concebido como homenaje (crítico) a sus maestros y antecesores, desde los grandes —Saint-Beuve, Brandes, Fumaroli, Bajtín, Auerbach Todorov, Genette, Borges, Guillermo de la Torre, Tomás Segovia, Menéndez Pelayo, Alfonso Reyes, Rodríguez Monegal, Wilson, Connolly, Barthes, Genette, Bloom, Steiner— a los discutibles, como Derrida, Deleuze, Foucault y otras catástrofes de la posmodernidad.

Una parte de estas reflexiones parten del ciclo de conferencias sobre la historia de la crítica literaria impartidas desde la tribuna de El Colegio Nacional de México, pero —como acostumbra a acontecer— sus versiones escritas son más ricas, en matices y en profundidad, que sus esbozos oratorios.

Portada de '¿Qué es un crítico literario?' EL COLEGIO NACIONAL

Domínguez Michael intenta dar cierto dramatismo a su ensayo a partir del suicidio de dos presuntas víctimas de la crítica literaria: el poeta inglés John Keats y Marcel Reich-Ranicki, asesinado (metafóricamente) en una novela como venganza de uno de los autores que reseñó. Evita así el autor mexicano la convención cronológica —tan académica— para trazar una panorámica de las ideas sobre la literatura de las últimas décadas.

Su perspectiva es abierta —hay autores y escuelas de todas las tendencias ideológicas— y su mirada erudita y luminosa. Se mueve con solvencia desde la época de las revistas norteamericanas al París del estructuralismo y de la Nouvelle Revue Française. Firma sabrosas estampas cómicas sobre los idiolectos académicos y la endogamia de las tribus universitarias.

Un oficio necesario

Sus reflexiones son literatura de ideas, por lo que —antes o después— termina topándose sin remedio con la política. Aunque, en realidad, este libro debe leerse como un árbol genealógico de referentes intelectuales o un diccionario de influencias personales.

Ni verdugos ni santos, para el ensayista mexicano los críticos ejercen un arte pasional, creativo y necesario ante la sobreabundancia de información y la dificultad, en esta Nueva Edad Media Digital, de distinguir entre la verdad y la mentira o diferenciar la calidad del mero pastiche.

Domínguez Michael se dirige al lector común. Ilustrado pero no necesariamente especialista. Carga contra los sacerdotes y los mandarines de la mística literaria, salvando a Barthes, pero como estilista, en vez de como teórico.

Así, mediante aproximaciones laterales, repasa el tono cultural de distintas épocas de la cultura occidental e indaga en el significado de la lectura y su interpretación, que en su etapa más reciente se disputaron Harold Bloom y George Steiner. Para el segundo, la experiencia literaria es una práctica sagrada; el primero representa una angustiosa guerra entre padres e hijos.

Domínguez Michael elige cosas de ambos y censura los excesos compartidos por estos últimos dos leones de la exégesis, quizás los últimos constructores de las mitologías literarias. La coda del libro es una reflexión sobre el porvenir de la crítica en la era del algoritmo, en la que el articulista no tiene más remedio que conjurar la zozobra de la tempestad tecnológica para, como Lucifer, gritar al mundo editorial: “Non serviam”.