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Clemens J. Setz (Graz, 1982) tiene barba hirsuta de leñador y una figura, entre misteriosa y desconcertante, que recuerda a la de un bolchevique adolescente que desea dejar de serlo de inmediato, similar a la estampa, entre frágil y grave, de un seminarista eslavo, sin descartar una mezcla entre ambos personajes.

No siempre fue así. De él existen algunas fotos de una época, no tan lejana, en la que parecía un joven destinado a ser un hombre —sea lo que sea que esto signifique— de provecho.

Clemens J. Setz

Antes de cumplir los cuarenta años, que es la edad de los que tienen juicio o, a esas alturas, ya lo han perdido por completo, ganó el Premio Georg Büchner, el galardón literario más importante en lengua alemana, pero este grato reconocimiento no evitó que, exactamente igual que tantos traductores (Setz lo es), periodistas culturales y novelistas sin público, tuviera que continuar poniéndose —cada día— frente a la página en blanco para componer una frase, terminar un párrafo o cerrar un capítulo.

Su vida es la escritura a destajo, esa condena a perpetuidad. Un oficio que cuenta con galeotes esforzados y dedicados practicantes no porque se trate de una misión sagrada, sino porque es todo cuanto pueden hacer para sobrevivir en el mundo quienes únicamente saben eso: escribir. Setz pertenece a esta estirpe de dementes. Es uno di noi.

Ni adelantado ni prodigio

No fue un lector precoz —no leyó su primera novela hasta los 16 años— ni un niño prodigio, pero la ausencia de una fulgurante vida social y acaso una cierta devoción por las matemáticas y los ovnis —el muchacho, como comprenderán ustedes, era extraño— acabaron dirigiéndolo hacia los libros, aunque también podías encontrarlo en la recepción de una clínica dental si se daba el caso. El Parnaso, amigos, está lleno de gente humilde y corriente (que en el fondo no es ni lo primero ni lo segundo).

Casi toda su obra traducida en español está en el catálogo de H&O, el sello (de las maravillas) barcelonés que ahora acaba de colocar en las librerías una selección de sus ensayos: Seis miniaturas sobre la verdad. Un título magnífico, sugerente y lleno de cualidades.

El libro 'Seis miniaturas sobre la verdad' H&O EDITORES

La primera de todas ellas es la brevedad, que es el arte secreto más difícil de todos. La segunda es el ingenio. La tercera: la capacidad asociativa, que le permite hablar de literatura sin que parezca que habla de literatura y sin dejar de hablar todo el rato de literatura.

Real e imaginario

Digamos que Setz ensancha el campo semántico de lo que puede considerarse literario. Y lo hace, como demuestra esta antología traducida por Virginia Maza, explorando cuestiones como la memoria —tanto la colectiva como la individual—.

Y los vínculos entre lo real y lo impostado desde una interesante perspectiva que parte de determinados episodios culturales —por ejemplo las citas ficticias inventadas por el cineasta Werner Herzog en sus películas, o las inesperadas analogías entre la lucha libre profesional y el fingimiento de la escritura— pero los trasciende.

Sus ensayos tienen el aspecto de piezas menores, pero iluminan, igual que un fulgor, zonas oscuras de la creación mediante conexiones desconcertantes, al margen de cualquier previsión.

Setz es como alguien que, en lugar de pensar de forma ordenada y lineal, lo hace igual que el célebre (para los que tenemos cierta edad) cubo de Rubik: mediante un juego de prismas de distintos colores y en movimiento que, para conquistar la coherencia cromática, nos obliga a hacer constantes combinaciones.

Relatos sin referencias

¿De qué tratan en realidad estas miniaturas? Básicamente de cómo fabricamos, alteramos y percibimos la realidad. Un asunto trascendente que el escritor austriaco aborda de forma narrativa, como cuando reflexiona sobre ese instante en el que nuestro cerebro llena los vacíos de una historia creando realidades alternativas, alejadas de cualquier obligación o fidelidad referencial.

Quizás la pieza más brillante de esta colección es la que dedica a los silencios de la literatura de Chéjov, maestro de la elipsis y tan influyente en la narrativa norteamericana, que Setz analiza a partir del realismo de los sonidos cotidianos en su escritura.

El autor austriaco trabaja muy bien las sugerencias y las fértiles ambigüedades, sin huir de una firme voluntad crítica contra las mentiras sociales frente a las verdades personales, que pueden ser artísticas tanto como históricas.

Porque unas y otras no son de idéntico grado ni tienen la misma función, puesto que la verdad poética —que es la que cada uno siente— requiere, para poder ser enunciada, transitar por el territorio de la ficción, que es el camino más válido para expresar los anhelos humanos.

Esto es lo que sentimos cuando en Johnny Guitar (1945), la película de Nicholas Rey, Joan Crawford le dice a Sterling Hayden:

–Dime algo bonito

–Claro. ¿Qué deseas oír?

–Miénteme. Dime que me has esperado cada uno de estos cinco largos años. Dímelo.

–Todos estos años te he esperado.

–Dime que habrías muerto si no hubiese vuelto.

–Habría muerto si no hubieras venido.

–Y dime... dime que todavía me quieres como yo te quiero a ti.

–Te quiero como tú me quieres a mí.

Este formidable diálogo (imaginario) encierra toda la realidad deL mundo y todas las mentiras que, de una manera u otra, necesitamos escuchar para sentirnos vivos. La realidad —explica Setz en estas miniaturas— no es más que una convención social. Un anhelo íntimo. Un cuento hermoso.