“¿Cómo lo sabe?”. El editor de The New Yorker, William Shawn, garabateó la pregunta a lápiz en una de las primeras escenas familiares de A sangre fría (1966), que entonces aún no existía como novela. Iba a ser un reportaje publicado en cuatro partes por una de las revistas norteamericanas pioneras en la verificación de datos y no entendía cómo Truman Capote podía saber de qué hablaron las víctimas de un asesinato múltiple justo antes de morir.
Luego, añadió: “¡¿No hay testigos?!”. La pregunta quedó sin respuesta, como muchas otras en las galeradas de la que iba a ser la obra fundacional del true crime. Un libro llamado a enseñarse en las escuelas de periodismo como ejemplo de precisión periodística y técnica literaria. Lo que Truman Capote bautizó como “novela de no ficción”.
Portada de 'A sangre fría'
La historia de A sangre fría empezó como un “trueque” unos cinco años atrás. Capote debía a New Yorker un reportaje sobre las condiciones de vida en Rusia por el que ya había cobrado los gastos del viaje, pero se vio incapaz de escribirlo. Leyó una columna en el NYT acerca del asesinato de un granjero, Herbert Clutter, su mujer y dos de sus hijos adolescentes en su casa de Holcomb, en Kansas.
Ocurrió la madrugada del 15 de noviembre y la policía aún tardaría algo más de un mes en dar con sus asesinos en la otra punta del país. Inmediatamente, el novelista le propuso a Shawn escribir sobre la reacción de los vecinos de este pueblo de no más de 270 habitantes a un crimen tan atroz e inexplicable.
Bueno, esa iba a ser la idea inicial. Pero todo cambió tras el arresto de los presuntos asesinos, Perry Smith y Dick Hickock. Entonces Capote ya no supo qué le atraía más, si el dolor de un pueblo o el de aquellos que lo causaron.
Diane Edwards, sobrina de los Clutter, recordaba a Truman Capote parado frente a la casa de la familia, mirando y dando vueltas, y lo sintió “como una invasión”. Así lo cuenta en la docuserie Coldblooded (2017), que reexamina el caso y el backstage de la novela de Capote desde la perspectiva de sus protagonistas.
Entre ellos, los supervivientes de la familia Clutter, el hijo del jefe de detectives de la KBI Al Dewey Jr o Gerard Clark, el biógrafo del escritor. Sus testimonios, unidos a las imágenes de archivo del caso y las declaraciones del detective Dewey y el propio Capote, podrían dar lugar a un segundo libro, tal vez titulado Con sangre fría.
La idea no es mía, sino suya. Cuando Truman Capote dice que para escribir algo como esa novela hay que dejar que la emoción te traspase una y otra vez, hasta que te vuelvas tan frío como el culo de un oso polar… Puede que esas no fueran sus palabras, pero, eh, tampoco los Clutter hablaban así. Y tal vez ni siquiera la gente de Holcomb.
Incluso, confesó Capote en 1984, algo antes de morir alcoholizado y adicto a los barbitúricos, había una escena final completamente inventada. En ella, el detective Al Dewey Jr. y una amiga de la hija de los Clutter se encuentran en el cementerio frente a la lápida de la familia. Luego el detective se marchó dejando atrás “el susurro de las voces del aire en el trigo ladeado por el viento”. La vida seguía avanzando pese a la tragedia, al menos para algunos.
La temporada del faisán en Kansas
Aunque el escritor Tom Wolfe, que sí era periodista, incorporó un fragmento de A sangre fría en su antología sobre el Nuevo Periodismo que se estaba haciendo en Estados Unidos entre 1960 y 1970, nadie a día de hoy se referiría a Capote como un periodista.
Portada de 'El nuevo periodismo' de Tom Wolfe
Fue un novelista, un guionista, un dramaturgo, incluso un actor ocasional. Y, cómo no, vivía rodeado de actores. De hecho, si en sus primeras incursiones a Holcomb Capote se hizo acompañar de la escritora Harper Lee para ayudarle en sus labores de documentación, una vez escrito el reportaje regresó al pueblo en 1964 junto a otro colega de su círculo de société intelectual.
Sandy Campbell era un ex actor de Broadway reconvertido en literato y fact checker de la revista, que cantaba como una almeja en aquel mundo de granjeros, incluso más que Capote. Campbell se dedicó a revisar nombres, fechas y distancias, o cuestiones como cuándo era la temporada del faisán en Kansas, pero no intentó verificar los diálogos o las acciones que aparecían en el artículo.
Así lo explica el periodista y profesor de la Universidad de Delaware Ben Yagoda en About Town: The New Yorker and the World It Made (2000), un libro sobre la historia de la revista donde afirma que el trabajo de Campbell, a quien por cierto escogió el propio Capote, fue más el de un editor de guiones que el de alguien dedicado a investigar cuánta ficción había en la gran “novela de no ficción”.
Papi Dewey y el entrenador
Uno de los factores que más incomodaron a los primeros lectores de A sangre fría fue que Truman Capote, que pese a todo era un maldito genio, logró humanizar a los asesinos de los Clutter hasta el punto de que no deseabas que fueran ejecutados. El lector, obviamente, no el escritor, que necesitaba sus muertes para poner punto y final a la historia. Lo que supuso para Capote una contradicción enorme y un karma negrísimo que le perseguiría a la tumba.
Sobre todo en lo que concierne a su amistad con Perry Smith, en quien veía una especie de otredad suya con una infancia infinitamente más trágica. Incluso llegó a decir que tenía la sensación de que ambos se hubieran criado en la misma casa, solo que salieron por diferentes puertas.
Sus visitas y más tarde sus cartas se prolongaron durante los cinco años que Perry Smith y Dick Hickock pasaron en el corredor de la muerte. Dick, más astuto y cínico, no tardó en olerse que el libro de Capote no iba a salvarles de la horca a pesar de haberles pagado el abogado, y decidió contar su propia versión antes de morir.
Ambos habían cobrado por las entrevistas mucho más que un par de dólares para cigarrillos: “Pago a Perry Smith: 100 dólares; a Hickock: 100 dólares”, según apuntó el escritor en sus notas de gastos. El equivalente actual a unos 800 euros por barba. Un buen pellizco para el economato.
No solo el entorno de los Clutter estaba molesto con Capote por la forma en que había descrito a las víctimas convirtiendo, por ejemplo, a Bonnie Clutter en una mujer enfermiza que en raras ocasiones se levantaba de la cama. También algunos agentes que trabajaron en el caso estaban que trinaban por las licencias que se tomó el escritor en algo completamente esencial en un true crime: la investigación.
Entre ellos, Harold Nye, que en el libro y la película homónima aparece sonsacando información a los padres de Dick Hickock sin mencionar los crímenes, cuando en realidad eran tres agentes los que interrogaron únicamente a la madre. Además, Nye estaba furioso por el excesivo protagonismo que el jefe de detectives Al Dewey Jr. tiene en la obra; lo que es bastante más grave que un poco de peloteo gratuito y una amistad que da cringe —según los diarios de Campbell, Capote apodaba “papi” al detective y Dewey Jr., de vuelta, lo llamaba “entrenador”—.
El empeño en acabar con Capote
En 2013, el Wall Street Journal sacó a la luz expedientes de la Oficina de Investigación de Kansas (KBI) que sugerían que la policía perdió un tiempo precioso detrás de un sospechoso local y que esos cinco días de retrasos —que no figuran en el libro— hubieran evitado el asesinato de otra familia cometido por la pareja de criminales en Florida durante su huida. Había también otros muchos detalles, como que el crimen pudo ser un encargo.
“Existe toda una industria paralela dedicada a desmontar las afirmaciones de Capote sobre su total exactitud, incluidas las contradicciones de los detectives que trabajaron en el caso y de los familiares de la familia Clutter”, escribe el periodista Neely Tucker en un artículo del blog de la Biblioteca del Congreso sobre las libretas de notas de Capote.
La afirmación, escrita entre paréntesis, me parece graciosa. Imagino a una horda de académicos y periodistas conspiranoicos empeñados en destruir la reputación de un genio. Tucker le saca hierro al asunto, insistiendo en que las notas desmienten las libertades que presuntamente se tomó el escritor.
Si bien muchas citas recogidas en las libretas no se atribuían a nadie o eran tan breves que solo un novelista excepcional, y Capote lo era, pudo convertirlas en páginas y páginas de narración. Son como “el susurro de las voces del aire” con el que acaba el libro; un quejido colectivo. Una forma de poner en palabras los sentimientos y pensamientos de las gentes de Holcomb. Lo que confiere a la obra, según el periodista, una “verosimilitud inquietante”.
Estoy de acuerdo con Neely Tucker, esta licencia prodigiosa carece de importancia. Lo que falló no fue Capote tratando de contar una historia, sino la narración que excede al libro. Su leyenda. Esa necesidad promocional de vender A Sangre fría como un testimonio “real”, cuando la literatura o incluso la memoria son la realidad editada.
La realidad que a cada cual le atraviesa de forma distinta. Incluso el propio Shawn, el editor de New Yorker, se lamentó de haber publicado el reportaje que dio lugar al libro.
El periodismo se debe a una ética profesional de la que la literatura queda exenta. Al reportero le corresponde la tarea de balancear las aguas, que nunca serán del todo cristalinas. Pretender legislar sobre el true crime, como ocurre en España con el anunciado proyecto de ley, no va a tener más efecto que infantilizar y empobrecer.
¿Hasta qué punto se protege a las víctimas o se silencian los hechos? ¿A quién conviene? Se legisla sobre la moral, no sobre la ética. Que exista una “industria paralela dedicada a desmontar las afirmaciones de Capote” es lo más saludable que puede ocurrirle al true crime. Que las togas no se usen como baberos.
