En 2005, Javier Calvo publica Los ríos perdidos de Londres (Mondadori), una de sus obras más representativas y significativas. Lo componen cuatro novelas cortas con temas muy distintos, pero ideas recurrentes que reaparecerán en libros posteriores.
Portada 'Los ríos perdidos de Londres'
Este libro de Javier Calvo, el tercero, viene a ser como el nudo ferroviario de Sant Vicenç de Calders; en el centro de su geografía literaria, parten de él todos los ramales importantes que reproduce por gemación su narrativa posterior.
Por ejemplo, el revoltoso Álex Jardí de “Crystal Palace” y Ángela, la chica de los ojos plateados que se carda el pelo como el cantante de The Cure en “Rosemary”, son un claro antecedente del joven Pol, protagonista blackmetalero de Piel de plata (Seix Barral, 2019); así como el ambiente mágico y hermético y neogótico de “Mary Poppins: los Ríos Perdidos” anuncian la Barcelona secreta de la novela mayor Corona de flores (Random House Mondadori, 2010).
Portada de 'Corona de flores'
La realidad de Javier Calvo
En estas narraciones desarrolla Calvo lo que yo denominaría romanticismo escéptico, o romanticismo realista, porque su revelación no consiste en ponerse a escribir sobre otros mundos u otras interpretaciones, sino que su norma es esa alteridad perfectamente asumida como una naturaleza normal.
Javier Calvo no se pone a escribir género fantástico, sino que se sitúa en la centralidad literaria a partir de elementos hasta él marginales. Esto es lo que desarrolló en su artículo seminal “Historia de dos ciudades: fándom, hipsters y el Fantástico español”, que convendría recuperar, airear y antologar, y que fue publicado en la revista Presencia humana en otoño de 2013.
Por eso Calvo podría ser considerado un precursor de Mariana Enríquez, cuyo libro Los peligros de fumar en la cama explotó por primera vez en 2009.
Desde su primer libro, Risas enlatadas (Mondadori, 2001), Calvo ya desafiaba abiertamente la corrección política. En el cuento titulado, precisamente, “Risas enlatadas”, detallaba la vida insoportable del pobre Ranji, un hombre musulmán afincado en un París presidido por toda clase de hipocresías.
Universo literario
Las afinidades, o mejor dicho, las continuidades, son bien palpables en sus sucesivos títulos. ¿No es la Ángela de “Rosemary” un claro precedente de la Sara Arta de El jardín colgante, otra obra mayor, si no la mayor, con la que Calvo ganó el Premio Biblioteca Breve en 2012? Sara Arta, el personaje frágil y fuerte a la vez tan característico de las novelas de Calvo.
Porque, ¿acaso no es también frágil y fuerte Mirkka Rislakki, la protagonista de Suomenlinna (Alpha Decay, 2010)? Y tendremos que detenernos también en El jardín colgante, novela anfibia para explorar un momento clave en la trayectoria del narrador.
Portada de 'El jardín colgante'
Si guarda relación con alguna otra novela anterior suya, es con Corona de flores, un retrato neogótico de la Barcelona de la Restauración. ¿Alguien, por ejemplo, se ha percatado de que Corona de flores transcurre en 1877 y El jardín colgante exactamente cien años después, en 1977, en la misma ciudad? No puede ser casualidad.
Ambas novelas salen triunfadoras de un equilibrio solo aparentemente natural: ni se trata de novelas históricas al uso, ni podemos clasificarlas en el género fantástico. Son, eso sí, raras. En el caso de Jardín colgante, no es una novela de espías ni de anticipación retrospectiva y especulativa, aunque contenga espías y un meteorito que condiciona toda la existencia de la Cataluña roñosa y convulsa de la Transición.
Lo que hay que preguntar es: ¿Cómo es posible que una escritura tan factual y aparentemente realista suene tan absolutamente moderna?
Donde tantos otros cansan con recursos laberínticos y autoficcionales, Calvo se lleva el gato al agua a través de la otredad radical: su vida no tiene nada que ver con la de sus personajes (una chica rusa que vive en la Italia de los años 90, un tonto antiheroico infiltrado en una banda terrorista maoísta). La complejidad de sus textos ni busca la estridencia ni es perceptible a primera vista.
Incluso él mismo se independiza de sus autojustificaciones cuando se convierte o proyecta en un niño rebelde. Hay mucha nostalgia en sus textos, pero está muy púdicamente escondida. Para todos sus nómadas guarda un regalo de ternura. Para hablar de satanismo o de entes demoníacos, Javier Calvo prefiere las puertas camufladas.
Y aunque pueda parecer despiadado con muchos de sus protagonistas, en el fondo los ama y le gustaría preservarlos de todas las calamidades que les caen encima como decretos divinos sobre sus propias vidas. Esta ternura velada y una pátina de expresionismo muy bien difuminada aguantan por detrás las tramoyas bien trabadas de sus relatos.
Metrópolis
En “La máquina y el conjuro”, un artículo publicado en El sueño y el mito. 16 ensayos sobre arte y literatura extraños (Aristas Martínez, 2014), Javier Calvo escribía que “la novela no solo me parece la forma narrativa perfecta, sino también la más poderosa de las expresiones artísticas: carente de límites y de normas, infinita y cambiante igual que lo es una metrópolis viva, imbuida del poder taumatúrgico de crear un nuevo mundo”.
¿Quizás por este motivo escriba, precisamente, sobre metrópolis vivas? A renglón seguido, añadía: “Personalmente, nunca he comulgado con los postulados de quienes defienden que el relato no es un género menor respecto a la novela”. Una vez más, gran salmón literario, Calvo nada a contracorriente, y quizás por este motivo sus relatos más cortos sean novelas cortas antes que cuentos breves.
Un autor visionario
Y, por cierto, un vistazo a los temas y filias que desarrolló Calvo en ese libro nos harían concluir que muchos fenómenos literarios que actualmente tomamos como novedades fueron ya anunciados por él hace más de una década.
Con la obra de Javier Calvo, ahora que su novela Los endemoniados está a punto de salir, ha llegado la hora del balance, la retrospectiva y la filología. Él mismo explica que ha empezado a repartir fanzines de factura doméstica, que contienen pequeñas obras maestras, y que reparte solo entre sus amigos más allegados.
En el avispero de correcciones, postureos y moralinas digitales, alguien vuelve a creer en la masonería del papel, alguien se empeña en seguir siendo visionario. Y ese alguien es Javier Calvo. Cuando en España se publicaba literatura, había menos miedo de resultar extraño y triunfante.
Los escaparates se habían convertido en competiciones de tópicos y mediocridad: ser visionario sobre el papel podía llegar a ser premiado. Nos lo recuerdan los y las representantes y deudores de aquel giro del año 2005, que continúan vivos y trabajando orgullosos de defender la rebeldía más auténtica y la oscuridad.
