Kafka no quiso pasar a la posteridad; predicó el rechazo de la literatura con afán de notoriedad que hoy invade los anaqueles mercantiles de medio mundo. La revista Die Weltbühne, a través de Max Brod, reconoció muy pronto la maestría de Franz Kafka.
Brod, el difusor, editor y custodio del escritor de Praga, escribió, el 17 de junio de 1924, su artículo, El legado de Franz Kafka, sin acatar la voluntad de anonimato, el sacrificio expresado por su amigo, pocos días antes de su muerte. Robert Walser, en su relato brevísimo, Una ciudad, puso negro sobre blanco el hedor de las callejuelas de Berlín donde reconoció el rostro de mujeres maquilladas observándole con una horrible sonrisa sardónica. ¿Fue un pronóstico?
Joseph Roth, por su parte, fue reconocido como el escritor del día por sus crónicas cautivadoras reñidas con la genialidad, cuando él confiesa que quiso “ser el escritor del siglo” (La irrupción de los periodistas en la posteridad).
Roth, como Alfred Polgar, superó en mucho la llamada contemplación introspectiva; se empapó de humor inteligente, se bañó en las corrientes expresionistas y, en el campo de la narrativa veloz, alcanzó el punto creativo de los jinetes azules, los pintores Kandinsky o Klee, del mismo modo que “Hemingway rozó el cubismo de Picasso”, en opinión de Gertrud Stein.
¡No queremos que nos aburran!
La forma de Roth acabó seduciendo a la realidad, especialmente cuando anunciaba la irrupción de la superpotencia nazi ante el altar de Montmartre, a las puertas de la muerte (La leyenda del santo bebedor), y antes de la invasión germana.
El libro 'La leyenda del Santo Bebedor'
Los citados, además de Sandor Marai, Laske-Schüller, Thomas Mann, Bertold Brecht o Eisenstein, entre los mejores, escribieron en el semanario Die Weltbühne (Escena internacional), editado por Carl Ossietzky y coordinado por Kurt Tucholsky, con la ayuda del crítico teatral Siegfried Jacobsohn, defensor de esta ley eterna en el arte: “¡No queremos que nos aburran!”
El sello Acantilado, acaba de publicar Die Weltbühne; Semanario de política, arte y economía, traducido por Francisco Uzcanga Meinecke. Su incidencia en el análisis de los mejores y los peores años de la Europa del siglo XX aporta el rigor de la crítica y la placidez de la verdad.
Portada de 'Die Weltbühne. Semanario de política, arte y economía (1918-1933)'
Sin dejar de denunciar los excesos revolucionarios al final de la Gran Guerra, Die Weltbühne se opuso a los paramilitares de la “puñalada por la espalda” y se manifestó en contra de la justicia “tuerta del ojo derecho” dotada de altas dosis de nacionalismo y antisemitismo. Abrió la puerta del pensamiento político a las mujeres relegadas al Küche, Kinder und Kirche (cocina, niños e Iglesia).
El arte y la cultura entraron en la revista por la puerta grande de Joyce, Rilke, Alfred Döblin, Marcel Proust, Charles Chaplin, Walter Gropius o Erwin Piscator. Este semanario practicó un periodismo independiente y audaz al servicio de la democracia.
Entre 1918 y 1933, informó semanalmente de la crisis económica y moral de Alemania; denunció el fascismo de Mussolini, los pogromos de Stalin, los colonialismos británico y francés, el racismo de EEUU y hasta tuvo a bien encontrar las aristas más afiladas —y no siempre acertadas— de los primeros años de la Segunda República española.
Weltbühne combatió al nazismo rampante y fue criticada por los defensores de la derecha y de la izquierda; los primeros acusaron a los colaboradores del semanario de ser revolucionarios de salón y los segundos los acusaron de desestabilizar, con soberbia intelectual, el experimento de la República de Weimar.
Centroeuropa, atrapada en la suerte danubiana, vivía sumergida en el mundo feliz. El 14 de abril de 1918, el semanario Die Schaubühne, fundado en 1905, salió a la calle con el nombre de Die Weltbühne acompañado de un poema nostálgico de Kurt Tucholsky, bajo el pseudónimo de Tiger: “Suerte en tu nuevo viaje/una vez fuiste estrecha/hoy eres ancha y colorida”.
Suponía una denuncia del militarismo prusiano, que hoy, en 2026, ha vuelto a su redil primigenio con el 44% inapelable del voto, en la victoria de AfD de los recientes comicios de Sajonia. Ahora como entonces, les va mejor a los malos, tontos y viciosos que a los buenos, listos y juiciosos; “el mundo ha pagado un precio muy alto”, escribirá tardíamente Thomas Mann.
“El infierno es el gran beneficiado de los excesos militares”, señala Georg Matzler, banquero y uno de los padres de la Constitución de Weimar, que pide mesura en las páginas de la revista, cuando se cumple un año del levantamiento espartaquista, en el que se implicó de lleno Rosa Luxemburg, colaboradora también del semanario, Die Weltbühne.
Las mejores firmas de la publicación ofrecen al lector, a menudo, pequeñas historias cotidianas sin trama ni moraleja. No necesitaban contenido, ya que cada palabra desborda un tarro selecto de enigmas. Entonces y también ahora, las mejores crónicas convierten lo cotidiano en insólito. Tratan al sensacionalismo sin acercarse demasiado a sus abismos; su estilo acaba seduciendo a la realidad.
Sacco y Vancetti
La denuncia directa de la injusticia se intercala en un mundo consuetudinario, como el de Roth (Llegada al hotel, en La eternidad en un día; Acantilado), donde el recepcionista es amigo incondicional, el repartidor de giros postales anuncia las novedades con discreto júbilo, el portero es francés, el camarero es austríaco, el botones holandés, el maitre es bávaro y el director nació en un lugar recóndito de Dalmacia.
Portada de 'La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934)'
Y los huéspedes proceden del resto del mundo; de los continentes, las islas o los barcos en los que comparten ritos católicos, judíos, musulmanes, hindús y hasta disidentes liberados del amor a su tierra natal, sin el rancio sentimiento patriótico; gentes amigas, concernidas “en contra de su propia arrogancia nacional”.
En 1927, la sentencia a muerte en EEUU de los anarquistas Sacco y Vancetti, reaviva en medio mundo el debate sobre la pena de muerte. Adolf Meinger, publica en Die Weltbühne una denuncia radical y el SPD (Partido Socialdemócrata) presenta en el legislativo alemán una moción para abolir la pena de muerte, que sin embargo el antiguo Parlamento, decide mantener como “medida disuasoria” ante el embrutecimiento provocado por la guerra contra el Kaiser.
“La pena de muerte es cruel por la tortura que sufre el reo desde que oye su sentencia hasta el momento de su ejecución. El ser humano muere un millón de muertes”, escribe Adolf Meinger, prisionero en la cárcel de Münster.
Kaspar Hauser
La denuncia del militarismo prusiano lleva a Alfred Polgar a publicar el siniestro déficit causado por la muerte en las trincheras contra los que hablan de la contienda purificadora, después de cuatro años sembrando los campos de cadáveres, mientras “permanecía cerrada la puerta del Cielo”.
Uno de los grandes toques de cornetín en Die Weltbühne se produce el día en el que Tucholsky publica, firmando con el pseudónimo Kaspar Hauser, las causas de la gran crisis bursátil, que desheredó a las clases medias alemanas. Con Weimar tocada de muerte, la propiedad y la formación de precios queda a expensas del dinero al tipo de cambio lombardo, que solo puede protegerse entonces en el refugio financiero del patrón oro.
Pero cuando el patrón oro se agota, la economía política —posterior a Carl Menger y contemporánea del primer Hayek— se convierte “en la metafísica del jugador de póker”, en palabras de Tucholsky.
La figura del pseudónimo Kaspar Hauser representa un enclave muy germánico entre la herencia ancestral y el perfil genético de un hombre criminalmente abandonado en los bosques y descendiente de reyes. Tucholski lo utiliza en Die Weltbühne y también en sus poemas transferidos en el lied operístico alemán, muy presente en Ansbach, donde Hauser fue asesinado.
El gran Georg Trakl le dedica un poema y Paul Verlaine publica su Kaspar Hauser chante; mucho más tarde, el mito entra en el cine con la película homónima de Werner Herzog y resulta internacionalmente seguido gracias al relato La ciudad de cristal de Paul Auster.
'Ciudad de cristal' de Paul Auster
Atribuir a un hombre sin pasado y sin futuro la interpretación económica y moral de la caída de Weimar es una metáfora del mal encarnado en la nada. Las recreaciones de Kaspar, el buen salvaje, desembocan en la trayectoria de La superpotencia nerviosa, el libro de Volker Ullrich (biógrafo de Hitler), el mejor investigador de aquel pasado que incide hoy en nuestro incierto presente.
