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En La fiesta de la insignificancia, (2014), su última novela, Milan Kundera, vuelve a la vida interior casi teológica de La insoportable levedad del ser, su obra cumbre; el autor confirma su intimidad compartida con el “eterno retorno” de Nietzsche, un tema obsesivo que hoy se comprueba en la geopolítica de Tel Aviv y Washington, casi un siglo después del Holocausto, el exterminio de millones de judíos en las cámaras de gas.

Portada de ´ La fiesta de la insignificancia´ Tusquets

Como es bien sabido, el escritor checo aborrecía las biografías que reseñan las vidas privadas de los autores, escritas por cronistas que se desentienden de las obras: “en cuanto Kafka llame más la atención que Joseph K, la muerte póstuma del escritor se habrá puesto en marcha”, escribe Kundera en su ensayo, El arte de la novela.

Humor ante sentimentalismo

Su literatura niega la pompa y el sentimentalismo romántico. Se vincula a la fuerza de la Europa Central, con el humor como aliado de fondo; el humor que denuncia la risa como fruto del inexpugnable alborozo de las vidas sin misterio; denuncia la ventana siempre abierta de los necios, el mundo de “la risa sin humor en el que estamos condenados a vivir”. El mensaje atraviesa de punta a punta una de sus mejores obras: El libro de la risa y el olvido (1970), la causa de la revocación de su nacionalidad checoeslovaca por parte de del gobierno de Praga, en plena Guerra Fría, lo que provoca su exilio definitivo en París.

Portada de ´El libro de la risa y el olvido´ Tusquets

Kundera y la música

Milan Kundera es hijo del musicólogo y pianista Ludvik Kundera un discípulo destacado de Leos Janácek, el autor de La zorrita astuta, un avance llamémosle kunderiano por la influencia de esta ópera —escenificada en el Liceu en 2025— sobre el mismo escritor. Kundera nació con el sonido de la música pegado en el oído y con los dedos sobre el teclado del piano como le enseño su padre. “Mi primer movimiento sobre una hoja en blanco siempre ha sido rítmica”, solía repetir.

Una partitura era para él su lengua materna, una estructura subyacente, claramente mostrada en La vida está en otra parte, un trabajo para ser leído y también para ser oído. Una especie de “carta al padre” kafkiana alrededor del personaje Jeromil, que acabaría desembocando en el personaje Papá, en el citado El Libro de la risa y el olvido, siete pequeñas historias en las que grandes poetas ebrios —Goethe, Petrarca y Lérmontov— intercambian odios imaginarios, hartos de una civilización sin frenos sostenida sobre la maldad generalizada, como una forma de indiferencia.

Su juventud en Praga, “la ciudad nido” (así la llama Kundera), encuadra destellos que se reproducen en la memoria: el Castillo, el Reloj Astronómico, el Puente de Carlos o la Casa Danzante; son solo sombras que aparecen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad, algo que conculca la historia porque la repetición se repite hasta el infinito por más bella y elevada que esta parezca.

Esta circunstancia atenuante es la que nos impide denunciarla como algo intrínsecamente malo, pronunciar condena alguna. El crepúsculo de la desaparición de los mejores lo baña todo con la magia de la nostalgia; y ahí está Kundera para recoger los pedazos de la masacre y convertirlos en vida. Cubre por completo el espacio de la litost, la famosa nostalgia checa.

La música mueve el mundo: “es lo que queda cuando se ha olvidado todo”, escribe Florence Noiville en Milan Kundera; un retrato íntimo (Tusquets), la única biografía autorizada por el autor gracias a la amistad entre Florence y Vera, la esposa de Milan. A partir de charlas en el apartamento parisino de los Kundera en la Calle Rocamier de París, de un viaje a la Moravia natal del escritor y otros paseos intrascendentes, Noiville despliega al Kundera irónico y lúcido que apaga las luces de la ideología y alimenta los sueños de la verdad y la mentira. Es en la práctica la inmersión definitiva del Kundera aislado y contrario al género periodístico.

Portada de ´Milan Kundera; un retrato íntimo´ Tusquets

El joven intelectual

El autor recordó muchas veces, a lo largo de su vida, sus paseos junto a su padre, y especialmente el día de 1970, un año después de la invasión de Praga por el Pacto de Varsovia, cuando Ludwik señaló a un altavoz de la capital, zumbando notas mal sonantes, para decir “que cosa más ridícula, la música”. El joven Milan, estudiante de cine y literatura en Praga, desconfía de la palabra y traslada la nota a la prehistoria de la humanidad.

Es un inspirado crítico de lo que llamamos cultura europea. Le tildaron muy pronto de reaccionario. Fue miembro expulsado del Partido Comunista de Checoeslovaquia, lo que le valió que pronto le tildaran de reaccionario. En todo caso convenció a los mejores desde los inicios hasta el culmen de su madurez, que provocó, en su día, la inteligente reacción de Margarita Yourcenar: ¿Acaso no son los combates de la retaguardia los combates del mañana?”

Kundera nació en Brno (Moravia), cuando esta ciudad impronunciable pertenecía al imperio Austrohúngaro, un mosaico de naciones en las que se hablaba alemán, italiano, checo, eslovaco, ucraniano, búlgaro, ruteno, serbocroata, rumano, o yidis, el alemán de los judíos asquenazis, una lengua, ésta última, plagada de expresiones en arameo y hebreo. Brno se convierte en la referencia de Viena en los años del Berlín autoritario ascendente; allí escribe y publica Robert Musil su genial novela, El hombre sin atributos. Musil comparte su éxito con Kafka y Herman Broch, autor del Geist und Zeitgeist o el espíritu del tiempo, según la tradición hegeliana.

Kundera es intelectualmente danubiano; y además, Brno estás más cerca de Viena que de Berlín. En esta misma urbe germina su hipótesis sobre la posibilidad del ser humano en medio de la trampa en la que se ha convertido el mundo. El drama vital se cruza con la tradición humorística, que ha vivido el Buen soldado Sveij de Jaroslav Jasech, en la Gran Guerra, y, años más tarde, con el mismo Jojo Kowlski, el protagonista de Ferdydurke, del polaco Witold Gombrowich, cuando expresa lo que se le escapó a Freud en su teoría de los sueños y sus eventuales mensajes cifrados, sobre la violencia, la inteligencia y la pornografía.

Gombrowich asombró a Kundera al desvelar que lo esperado y no sucedido es una de las necesidades más profundas del ser humano, atacado por la asfixiante cultura y la apoteosis de la sin razón.

Lo contradictorio de la existencia

En el pórtico de la levedad del ser, el autor escribe que, si “todo se repite, es necesario que los instantes de nuestra vida se vayan a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. Todo el mundo está dividido en principios contradictorios: luz-oscuridad; sutil-tosco; calor-frío; ser-no ser. Uno de los polos de la contradicción se identifica con la luz, el calor, lo fino, el ser, frente a lo negativo. Y aunque la división entre polos pueda parecernos puerilmente simple, siempre cabe la pregunta: “¿La levedad existe; es el polo positivo?”

Portada de ´La insoportable levedad del ser´ Tusquets

En los primeros setenta, cuando la actual República Checa había atravesado sus desgracias frente a la URS, Kundera aprovecha su familiaridad con la cultura de Francia; decide escribir una obra de teatro, Jacques y su amo, pensando en Jacques el fatalista de Denis Diderot. Trata de averiguar los misterios de la memoria en desacuerdo con la opinión de su amigo Philip Roth: “los hechos no son más que recuerdos reelaborados”.

A Kundera le proponen adaptar al teatro El idiota de Dostoievski, pero él reacciona airado: “Demasiados sentimientos. Un sentimentalismo excesivo, Gesticulante. Incluso agresivo”. Niega el dramatismo romántico aunque sea a través de la membrana nihilista del escritor ruso. La verdad para Kundera es que “todo lo que pasa aquí abajo está escrito allí arriba...”.

Se pregunta si uno puede enmendar las consecuencias de sus actos. Se lo pregunta Jacques en la pieza dramática y se lo pregunta el protagonista de La broma, Ludvik Jahn, estudiante expulsado del Partido Comunista tras enviar a su novia una postal irónica.

En fin, recuerdos, coincidencias, resentimientos y amores bajo un mundo dominado por lo absurdo. La juventud perdida; la disidencia dulce que destruye moralmente al represor. Puro kunderianismo.