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La peripecia intelectual actúa con preminencia respecto a la pena. Mercè Rodoreda tiene penas, pero no sumerge su imaginación en la novela histórica; se exilia en 1939 y no regresa hasta los años setenta; transmite el dolor y la alegría en una trayectoria consignada y escrita en primera persona. Su “Colometa”, en La plaça del Diamant está marcada por la irrupción del 18 de julio, pero en ella no sobrevive una intención redentora. No busca arreglos ni enemigos ni componendas.

En su novela no hay ningún énfasis ideológico; su aislada aventura humana se abre paso sin muletas. Representa la vida real de los de abajo, narrada desde el psicologismo francés que, a lo largo del siglo XX, persigue a la novela española. Sortea el drama a la manera de Ferlosio, en El Jarama, al convertir a sus personajes en testigos; y, además, establece un puente de unión —indirectamente institucional más que literario— con sus camaradas catalanes de la diáspora, supervivientes del ensayo periodístico, zacatecas de la primera Rodoreda, la de sus breves relatos en La Publicitat, La Veu de Catalunya o Mirador.

Rodoreda no entra en la narrativa de la exposición extrema de Incerta gloria de Joan Sales, la vida de Lluís de Bracà, en el frente Aragón en la Guerra Civil en una búsqueda de esperanza en medio de la infamia de la guerra. La obra de Rodoreda tampoco es mesurable frente a El desert, la disquisición de Pere Calders sobre el absurdo de la contienda a través de la imagen simbólica del mundo al revés.

En la plenitud de su generación, Rodoreda está lejos del símbolo del exilio mexicano de los grandes maestros, como Avelí Artís-Gener, Tisner, codirector de L'Esquella de la Torratxa o de resistentes como Ferran de Pol, autor de dos novelas emblema, Abans de l’alba y La ciutat i el tròpic.

Sumergida en la feminidad

La trayectoria germinal de Rodoreda está marcada por cuentos repletos de flores y últimos jardines evocando infancias felices, historias breves que proyectan una trayectoria autodidacta, pero muy dotada para aproximarse a la esencia humana de las mujeres en la asfixiante sociedad patriarcal de un país pobre y autoritario.

Ella es una obsesa del locus amoenus, el lugar del agua, flores y perfumes, puntos de nostalgia y añoranza ante el silencio de Dios en enclaves imaginados. “Recuerdo la sensación de estar en casa cuando, asomada a la barandilla de la azotea, veía caer sobre el césped y las hortensias las flores azules de la jacaranda. No sabré explicarlo, nunca me he sentido tan en casa como cuando vivía en la casa de mi abuelo con mis padres”, escribe la autora.

Rodoreda retoca a fondo sus primeros escritos para dar luz al título Aloma, el mundo desencantado de una joven marchita, víctima de un desengaño amoroso, en la ventana de un jardín, en el barrio de Sant Gervasi, culmen de la felicidad y el sueño. La emoción poética volcada sobre el mundo botánico es el distintivo de una autora interrumpida por el exilio y por los andares difíciles en la Europa de la II Guerra Mundial.

La Colometa

Cuando, en 1962, aparece La plaça del Diamant se encienden todas las luces. Desde entonces, la Colometa, crece como personaje de ficción, hasta el punto de sostener poéticamente a una generación de autores-héroes, como ocurrió en la Francia del XIX, con el Vautrain de Balzac (La comedia humana) y la Bovary en la novela homónima de Flaubert. Con el tiempo, Colometa se convierte en un enclave de la literatura catalana del siglo pasado, con un montón de ficciones en marcha, pero ninguna tan diáfana.

Portada del libro ´La plaza del Diamante´ Edhasa

En el campo del arte, tuvo sentido colocar en las calles de Florencia una versión del David de Miguel Ángel, pero no lo tuvo despojar al Louvre de sus esculturas para situarlas ante el pueblo en la Plaza de las Tullerías de París, a la vista de todos, como lo hizo Malraux, cuando era ministro de Cultura de Francia. El David inunda para siempre el país del Renacimiento —la pongas donde la pongas— y las piezas del Louvre están destinadas a volver al museo, sean las que sean.

El David es la Colometa de La plaça del Diamant, una instantánea contada entre el hambre y los desvaríos políticos. Pura supervivencia por mantener vivos a los tuyos, cuando todo a su alrededor determina pérdidas y desapariciones que te arrebatan el derecho a los entusiasmos familiares.

Rodoreda opta por lo más temerario: la neutralidad que no admiten los vencedores. La novela sobre el fin de la guerra es una dispersión sin centro, donde la perspectiva desesperanzada de la protagonista lo baña todo de originalidad e ironía indisimulada. El mundo soberano de los matones se refracta en lo concreto; aspira a mantener la mentira que sin embargo transparenta la dura verdad en las vidas privadas de los supervivientes.

El origen

En un momento de su vida, Rodoreda intenta expresar su ficción con palabras analíticas. Lo logra solo a medias: “Sería interesante explicar la génesis de La plaça del Diamant, quizás sería interesante, pero ¿Se puede explicar cómo se forma, qué impulsos la provocan, qué voluntad tan fuerte consigue que se continúe, que se haya de terminar con lucha lo que se ha empezado fácilmente? ¿Decir que la fui pensando en Ginebra (exilio en Suiza) mirando la montaña del Salève o paseando por La Perla del Lago?"

"La escribí febrilmente como si cada día de trabajo fuera el último de mi vida. Trabajaba cegada; corregía por la tarde lo que había escrito por la mañana, procurando que, a pesar de las prisas con que escribía, el caballo no se me desbocará, aguantando bien las riendas para que no se desviara del camino. [...] Fue una época de una gran tensión nerviosa, que me dejó medio enferma”, cuenta la autora en el prólogo de la 26 edición de la novela".

En el año 1965, Rodoreda da los primeros pasos hacia la publicación de sus Obras Completas tras una petición de Joaquim Molas para llevarlo a cabo; sin embargo, las letras de la escritora no se publican en Ediciones 62 hasta el año 1977. La recopilación no incluye ninguna de sus primeras cuatro obras (Soy una mujer honrada?, De lo que no se puede huir, Un día en la vida de un hombre y Crimen) que ella considera fruto de su inexperiencia, pero acepta reescribir Aloma para adecuarla al nivel de su obra, reeditada.

Poética en lo cotidiano

Poco antes El carrer de les Camelies recibió El Premio Serra d’Or y el Ramon Llull de novela. El recuerdo de Colometa recobra la fusión de inteligencia y memoria que requiere una gran protagonista. El argumento siempre válido de las aportaciones de Rodoreda reproduce siempre la huella de La plaça del Diamant, un destino omnisciente en el que causas y efectos se coordinan impidiendo que la historia agonice en manos del lector.

Portada del libro ´El carrer de les Camelies´ Club Editor

El “yo” narrativo obliga a la autora a mantener el estilo coloquial de su encaje social sin olvidar el tamiz de la gramática catalana marcada en su generación por un tono regular y no necesariamente regulado. La escritora encuentra un equilibrio entre el lenguaje y la norma, alcanza una prosa irisadamente lírica que le permite poetizar las frases más vulgares. La desgracia lo desfigura todo, ocupa todo el espacio y lo hace a través de la palpitación, del monólogo.

En El carrer de les camelias, Rodoreda profundiza el mismo anhelo de contar dramas a través de otra protagonista, Cecilia, reconstruida a partir de confesiones y detalles dotados de una consistencia sicológica difícil de igualar. Es la vida fluida y frágil resumida por la escritora en obras que remiten al mismo mito: la elegía de las horas que desaparecen y que se ven nítidamente en entregas cortas como Vint-i dos contes vora el mar o en La meva Cristina.

La obra de Rodoreda en su conjunto no se despliega ni se sitúa por encima de sus argumentos. Mantiene el tema, el tranche de vie de la escuela naturalista. Por más que vuele y se aleje, el pájaro no deja de ser igual a su sombra.

A su regreso del exilio, Rodoreda se instala en Romanyà de la Selva donde trata de completar parte de su ambición: Mirall trencat, una historia empezada en Ginebra muchos años atrás; elabora un conjunto de cuentos, resumidos en Viatges i flors, y desarrollados en la novela, Quanta, quanta guerra. Recibe el Premio de Honor de las Letras Catalanas, consagración definitiva. Traslada su prosa a la pequeña y gran pantalla; primero Aloma en TV y más tarde al cine en su La plaça del Diamant, en 1982, con Silvia Munt en el papel de Colometa, bajo la dirección de Francesc Betriu.

Portada del libro ´Mirall trencat´ Club Editor

Empieza a escribir La mort i la primavera, pero su hilo de vida se apaga a causa de un cáncer en el Hospital de Girona; su entrega queda inacabada. Se va con su último sueño, entre los frutos, las flores y la discontinuidad de los aromas.