Pensó en encastar su vida en el puerto de Sulaco, una plaza de cabotaje de pieles y enormes fardos cargados de añil. Así descubrió Costaguana, el último saliente de la sierra costera antes del cabo de Porta Mala, en el litoral del Golfo de México, donde aprendió a distinguir entre el bien y el mal.
La gente ordinaria sabía que, en la lobreguez de sus hondos precipicios, se ocultaban montones de oro brillante y es allí donde probablemente el marinero, emblema del escritor, escondió una gabarra llena de plata, durante los trastornos de una revolución latina. Desde su honda memoria, Conrad elaboró Nostromo, escrita con las angustias que le provocaron sus primeros intentos, las narraciones cortas, reunidas en Tifón.
La república de Costaguana, en las sombras de una Sierra frente al mar, es el teatro de la revolución y de la contrarrevolución, la lucha entre los intereses materiales y los emocionales, de tensión entre las aspiraciones y los logros, donde destaca su personaje, Nostromo, el poseedor de la fuerza del pueblo, entre el orden y el caos.
Los viajes de Conrad le dejaron una huella enorme, como muestra el epitafio a su muerte, obra su amigo Cunninhame Graham: “el viaje ha terminado y su espíritu descansa al fin en la firme campiña inglesa en la que soñaba de niño, desde la lejana Cracovia. Un destello de sol lustra las casas de ladrillo rojo de la ciudad. Ilumina las torres de la catedral convertida en un radiante faro que apunta al cielo. Su ancla está a buen recaudo y, si le entra añoranza del mar o del aroma del agua salada, las roncas gaviotas le traerán noticias del océano, al volar sobre su augusta tumba”.
Jessie Conrad, la esposa del escritor, le evoca magistralmente en la biografía Conrad y su mundo, editada con las iniciales K K grabadas en dorado, en la copa de su sombrero. Teodor Józef Konrad Korzeniowski, novelista británico de origen polaco, a los dieciséis años abandonó Polonia rumbo a Marsella, donde inició su andadura como mercante.
Se vio ante la imposibilidad de llegar a oficial de la marina francesa y, huyendo del peligro de ser reclutado por el ejército zarista (era súbdito ruso de la Polonia ocupada), se trasladó a Londres en 1878, sin saber inglés. Seis años más tarde se convirtió en oficial y súbdito británico. Se llamaría para siempre Joseph Conrad.
La literatura y el mar
Empezó por La locura de Almayer (1895) y obtuvo un éxito editorial con Chance. El mar fue su escenario; su sueño voraz, la expresión de su desarraigo a causa de su condición de polaco oprimido primero y después exiliado. Con un balance considerable: trece novelas, dos libros de memorias y una buena cantidad de relatos.
Hay de sobra donde escoger entre sus mejores ficciones: Lord Jim (1900), la indagación en torno al problema del honor de un marino que sufre por su cobardía juvenil en un naufragio, Nostromo (1904), a menudo considerada su mejor creación, El agente secreto (1907), a propósito del mundo anarquista inglés, Bajo la mirada de Occidente (1911), situada en la Rusia zarista, Victoria (1915), con los mares del sur como escenario, y La línea de sombra (1917), narración abiertamente autobiográfica acerca de su primera singladura como capitán, a bordo del Otago.
Portada del libro ´Lord Jim´
Su relato más conmovedor, El corazón de las tinieblas, resume un recorrido por el río Congo, una bajada a los oscuros infiernos de la mente humana y su corruptibilidad. Conrad no hubiera podido escribir esta novela sin los seis meses que pasó en el país africano devastado por la Compañía de Leopoldo II rey de Bélgica, el monarca condecorado y bañado en incienso religioso, una impostura tras la que los congoleños fueron sometidos a una explotación criminal y obligados a cumplir con las entregas de marfil, resina y copal, en la colonia desertizada.
Indagación en la psique
El escritor desvela una cortina que no solo cubre la circunstancia social del colonialismo, sino que explora las raíces de lo humano hasta la irracionalidad destructiva, algo que la civilización no ha podido erradicar. El corazón de las tinieblas conduce a los infiernos, a la corrupción moral, al instinto de muerte el peor pecado original.
Conrad se adentra en el Congo, en 1890, como marino de la Société Anonyme Belge, para realizar la travesía entre Kinshasa y Stanley Falls. Su alter ego, Marlowe, cambia fechas y estaciones del gran río africano, como la que gobierna Kurtz, traficante de marfiles, despótico depredador de bosques y de fauna, protagonista de una forma de barbarie basada en la sangrienta aniquilación de las gentes, hechicero de un pueblo que lo adora como un dios, sentado en su cabaña y rodeado de cabezas clavadas en estacas.
En la puerta de la estación fluvial de Kurtz las mujeres tejen y destejen a la manera de las Parcas de Virgilio y Dante en la puerta del Averno. El corazón de las tinieblas se publica por primera vez por capítulos en el Blackwood’s Magazine.
Atraído por el mar, Conrad pasa media vida atravesando océanos y disfrutando de la frugalidad a bordo en cascarones desconchados o en los vapores de bella factura y escasa tripulación. En uno de sus primeros viajes a los Mares del Sur, el escritor se detiene en el mítico Hotel Raffles de Singapur; allí escribe Tifón y engendra Lord Jim.
Después de ver sus fotos colgadas en las paredes, Ernest Jünger, denuncia al resto de visitantes ilustres que Conrad, con su nombre escrito en la puerta de la habitación 119, - Hese la 112, Maugham la 120 y Malraux la 116, dice la Biblia de los exploradores mutantes de Saint Phalle-, se esconde detrás de sus capitanes, porque, al fin y al cabo, todo escritor debe esconder el fondo oscuro de lo que novela, como muestra Rimbaud, el poeta simbolista transmutado en “el viajero del XIX que se desborda sobre las Indias”.
Así lo hacen ilustres de su tiempo, como Rudyard Kipling, Henry James o G.H. Wells, o Ford Madox Ford, que compartió firma con el exiliado polaco en narraciones menores; y la misma cautela aisladora muestra Herman Hesse, cuando pasea por los salones del Raflles, con una maleta que jamás abre y que contiene su Viaje a Oriente.
