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Josep Vallverdú es el clamor de la Cataluña interior. Nació en 1923 y perteneció por convicción a la generación de posguerra, la de M. Torres Agelet i Garriga, Estadella Arnó, Magí Morera, JB Xurriguera o Carme Ribalta; abraza con decisión la antorcha de la cultura catalana, depauperada en la provincia por la sociología del antiguo régimen, uniéndose al pelotón de la resistencia, junto a Dolors Sistach, Francesc Porta, Miquel Lladó o Jordi Pamies, entre otros.

Desde el primer día, Vallverdú es la reivindicación de la Cataluña interior; encara la divulgación de la realidad desgarradora en un territorio castigado por la Guerra Civil, desconocido y descuidado por la nación urbana e industrial del Este; una tierra desmembrada frente a la cohesión de la “Catalunya Ciutat” de Prat de la Riba. Vallverdú defiende los valores geográficos, históricos, culturales y económicos del país occidental, la de Màrius Torres en La ciutat llunyana, que busca de renacer más allá de una veu de bronze/ que de torres altíssimes s'allarga pels camins....

La generosa herencia de Vallverdú

La herencia que nos deja Vallverdú —fallecido el martes día 20 de julio— deposita esperanzas en la elaboración de ensayos lejanos, pero muy pertinentes, como Lleida, problema y realidad (J. Vallverdú, J. Gabernet, S. Miquel, J. Lladonosa, F. Porta) y, sobre todo, desde una voz inigualable y casi solitaria en Proses de Ponent (1970). Y más lejos todavía a través de Catalunya visió, junto al fotógrafo y librero inexpugnables, Ton Sirera.

Con más de 300 libros editados, la obra de Vallverdú comprende todos los géneros. Ha trabajado en el ensayo de divulgación, en la prosa narrativa de cuentos y novelas. Ha mimado con éxito la literatura infantil y juvenil con libros y colaboraciones en revistas, el género que le ha dado más éxitos, y que empezó en años en que las ediciones en catalán eran contadísimas.

Su serie conforma un recuento de improbable comparación: Indíbil y la niebla, Trampa bajo las aguas y especialmente el original inexpugnable de Rovelló, En Roc Drapaire, El hombre de los gatos , Un caballo contra Roma,Saberut y Cola-Verde,Los amigos del viento, El testamento de John Silver,Bicho, El octavo enano y El regreso de Rovelló, un círculo mágico en el que la forma pasa por revisiones que rozan el realismo del novecientos y se transforman en un aglutinado de vanguardismo y cubismo en el sentido con el que Gertrud Stein abrió las puertas de arte y de la buena literatura

Josep Vallverdú pertenece a la gloriosa generación de los años veinte. La de Manuel de Pedrolo, Ramon Bech, Cucurull, Triadú o Guiellen Viladot, el farmacéutico de Agramunt. Es uno de los resucitados del vanguardismo, la plétora de los años 20, junto a Joan Perucho, Joan Colomies, Joan Ferrater o Blai Bonet o el magnífico Gabriel Ferrater, el último heredero del noucentisme.

Vallverdú es uno de los autores en lengua catalana, hijos de una poesía sin prehistoria, en los tiempos en que la forma se rejuvenece en una nueva fantasía verbal, una palabra de canto antiguo y voz automática, o como escribió el sobresaliente crítico, Josep Maria Castellet: “un realismo a la medida del hombre en un mundo concreto”.

Josep Vallverdú, mago de la letra, al que recuerdo fugazmente de las aulas del Colegio Sant Jordi, murió el pasado martes día 20 de junio a los 102 años. En su plenitud anciana ha glosado orígenes e imágenes en el género poético al que había vuelto en su madurez, situado en un punto discreto de la ribera del Segre, a la sombra simbólica del Sant Crist de Balaguer, última morada. Recordaba a menudo a tres hombres que le impresionaron, dotados de una mirada peculiar: Alexandre Galí, Rubiói Balaguer y Gaziel; y al terminar este breve ejercicio de memoria, se le abría la luz apagándose de Josep Pla.

Una biografía al compás de la historia

Vallverdú nació el 9 de julio de 1923, en una casa de la calle del Carmen de Lleida, el día del Golpe de Estado de Primo de Ribera, una ruptura que acaso “propicié con mi ruidoso parto”. Su siglo ha sido el de los grandes sobresaltos y quizá por este motivo escogió la vida solitaria del inventor de palabras que se permite inventar soliloquios.

Su biografía está vinculada a hechos históricos que son una lección acelerada del siglo XX. Los tres años de guerra y los cuarenta de dictadura se hicieron muy largos. Y tomó partido. Vallverdú paró los pies al leridanismo, que propugnaba que Lleida no era del todo catalana y que debía integrarse en la quebrada zona neutra del regionalismo conservador que integraba a la ciudad con la llamada Región del Ebro.

Tenía 90 años cuando enamoró a una mujer, Antonieta Vilajoliu, escribiéndole 62 cartas de amor, acompañado de los radicales 40 grados de la canícula, remojados por el frío y la nieve del invierno. Ha sido tan prolífico en la libertad de su pluma que solo se le quedó en el tintero hacer cine, una pasión confirmada de las que ganan tiempo esperando respuestas.

Vallverdú es un escritor visual, ha traducido del inglés hasta la extenuación y ha dejado sin publicar ficciones rotundas ya terminadas de Graham Greene o JohnLe Carré. Ha dejado escrita su historia con Isabel su primera esposa y con Antonieta. Trescientas páginas que verán la luz.

Siempre quiso ser el inventor de historias que fue; él descubrió sin proponérselo que Blanca Nieves tenía ocho enanitos y no siete. Se hizo justicia, aunque mínima, el día en que Omnium Cultural le dio el Premi d’Honor de les Lletres. Su Lleida es la heroica, aislada y lejana, la de los Porta, Simeó Miquel, el gran cronista Lladonosa o el padre Gabernet el jesuita progre que se granjeó un destierro después de proclamar tantas verdades.