Fue en Málaga, ciudad en la que reside, exiliada de su país, México, donde Lydia Cacho escribió Un halcón bajo mi ventana (Lumen), novela en la que regresa al México del 68 para reconstruir la historia de los diferentes grupos de mujeres que participaron no solo en las protestas de aquel año, sino también de los sucesivos, redefiniendo las relaciones entre géneros y reclamando derechos vinculados al cuerpo y a la libertad sexual.
Consiguió volver a México para presentar su novela, sin embargo, en su viaje estuvo acompañada de un dispositivo de seguridad. “Han puesto precio a mi cabeza”, nos cuenta. Fue víctima de secuestro y de tortura tras la publicación de los Demonios del Edén, donde denunciaba la vinculación de empresario libanés Kamel Nacif Borge y al gobernador de Puebla, Mario Plutarco Marín Torres, perteneciente al PRI, de estar detrás de una red de abusos, esclavismo y tortura de menores.
Lydia Cacho Periodista y escritora mexicana
Usted ha dedicado toda su trayectoria al periodismo. ¿Por qué ahora contar esta historia desde la ficción? ¿Qué le aportaba la ficción que no le ofrecía el periodismo?
Siendo muy joven, escribía poesía con el deseo de convertirme en poeta, pero, cuando comencé a hacer periodismo a los veintitrés años, me di cuenta de que la realidad era muy abrumadora, así que me especialicé en periodismo de investigación y dejé de lado la escritura de ficción. La ficción se convirtió en algo para leer, pero no para escribir. Sin embargo, la vida son etapas y, desde que cumplí los sesenta, tengo la sensación de que mi faceta como periodista de investigación está bien cubierta, así que me apetecía volver al inicio, a la poesía y a la ficción, que es un muy buen registro para contar una historia como la que relato en Un halcón bajo mi ventana.
Además, con la ficción no se compromete a nadie en concreto. ¿Esto quizás le daba más libertad?
Honestamente no pensé en ello; más bien pensé en la posibilidad de inventar un universo en el que yo pudiese mover a todos los personajes a mi antojo para crear un ambiente de sororidad y de encuentro. El círculo de mujeres que describo en la novela es ficticio: aunque muchos de las mujeres que aparecen son reales, no necesariamente coincidieron y formaron parte del mismo grupo. Yo me tomé la licencia de juntarlas y convertirlas en comadres. Lo que sí es real es el ambiente político que se describe, así como muchos de los sucesos que se narran o mencionan.
El punto de partida son las revueltas del 68. Asociamos las revueltas estudiantiles del 68 a Francia, Italia, Estados Unidos... pero el 68 más sangriento fue el de México.
Tenían, en principio, las mismas consignas, pues el 68 fue un momento de un despertar universal: la exigencia de una universidad gratuita, libre y laica; las exigencias vinculadas a la conquista de la igualdad; el repensar y el exigir un sistema democrático asentado... La diferencia, al menos para mí, entre lo que sucedió en México y lo que sucedió en el resto de países es que en México, antes del 68, ya existían grupos progresistas o feministas que fueron en gran medida borrados de la historia, no solo mexicana, sino universal. Siempre ganan los hombres y más en un tiempo tan masculino como aquel, sin embargo, las mujeres fueron quienes lo trasformaron todo y, concretamente, las mujeres mexicanas fueron las puntas de lanza del feminismo latinoamericano.
Además el México del PRI muy poco tenía que ver con las democracias de Francia o Italia, por ejemplo.
Esta era una de las grandes diferencias y es increíblemente valioso para que la gente lo entienda. En ese momento, en México se estaba luchando en contra de un gobierno unipartidista con un presidente que era militar y que tenía una especie de junta militar. Por tanto, la democracia era solo una apariencia. Se podría hablar de un gaslighting nacional: te hacen creer que vivís en una democracia, pero en realidad es un país unipartidista. Los otros dos pequeños partidos satélites que existían estaban absolutamente absorbidos por el gobierno de ese momento y quienes comenzaron a cambiar todo el discurso fueron los grupos muy diversos de mujeres que ni siquiera se llamaban a sí mismas feministas o, por lo menos, no se definían así la mayoría. Lo paradójico es que la periodista Elena Poniatowska escribió un libro - La noche de Tlatelolco- sobre la masacre de Tlatelolco en 1968 en el que no aparecían mujeres. -Y ella además es feminista. Yo tengo la fortuna de ser su amiga, he hablado muchas veces con ella sobre el tema y le he preguntado cómo es que no aparecen mujeres en su relato. Ella pone cara de sorpresa, porque no era consciente de ello. Siempre se cita a las mismas tres mujeres o se cita a aquellas que tienen algún tipo de vínculo con algún famoso escritor o pintor. Elena no estuvo propiamente en el 68, pero hubo muchas mujeres. De Italia llegó Oriana Fallaci, que, como solía hacer, se metió hasta la cocina. Lo que pasaba es que el discurso de ellos era el que resonaba. Ellos eran los líderes estudiantiles, ellos tenían el micrófono. Con la novela lo que quería era, por una vez, convertirlos en mero paisaje y poner en primer plano a ellas.
Lydia Cacho Periodista y escritora mexicana
Usted, de hecho, llega a decir que a los líderes del 68 y a los líderes del PRI los separaban las ideas, pero los unía el machismo, la misoginia.
Y sigue sucediendo lo mismo. Por entonces, los movimientos de mujeres estaban afectando en el sentido positivo, interviniendo en las relaciones igualitarias. Asimismo, el movimiento hippie también fue importante: no digo que no hubiera machistas, pero había una reflexión sobre la libertad, también la libertad sexual, que incluía a todos y que redefinía las relaciones entre hombres y mujeres. Lo que me llama la atención es el retroceso que estamos viviendo ahora con respecto a estos temas. Antes, había la idea de construir un país nuevo, una sociedad nueva con nuevas formas de amor. Por esto también es clave que la protagonista sea adolescente, porque es en la adolescencia cuando todas las personas, independientemente del país en el que vivamos, empezamos a descubrir el mundo y empezamos a dar sentido tanto a lo que está fuera como a lo que está dentro de nosotras.
Es interesante la figura de la abuela de la protagonista, una mujer de origen español que se exilió en México huyendo del franquismo y buscando un país libre.
Yo ahora vivo en España exiliada, pero mis abuelos huyeron en su momento de Europa para ir a México, donde encontraron la libertad. Durante toda mi infancia, escuché a mis abuelos decir que México era el mejor país del mundo, un país democrático en el que era posible ser libre. Lo que nos dice esta historia es que un mismo país puede ser en una época sinónimo de salvación y, en otra, sinónimo de muerte.
Su novela comienza con la matanza del 2 de octubre de 1968, pasa por el Halconazo y llega hasta los vuelos de la muerte de la década de los setenta. Es decir, usted recorre la historia de un país que se fue des democratizando y se fue militarizando.
Honestamente, cuando empecé a escribir la novela no tenía ninguna intención de relacionar la historia con la actualidad política, sin embargo, cuando lo terminé me di cuenta del diálogo que había. De hecho, el otro día, el 10 de junio, lo presentamos en Barcelona y fue entonces, durante la presentación, cuando caí en la cuenta de que era el aniversario del halconazo. La historia, queramos o no, nos persigue, atraviesa nuestra vida íntima, nuestra vida personal, amorosa... Una cosa que siento desde que vivo en Europa, en el exilio, es que la gente de pronto se queja mucho de cosas muy estúpidas y superficiales. Yo vengo de un país donde lidiamos una lucha constante y una batalla por la verdad, por la justicia, por la libertad. Cuando vives en una sociedad más democrática, aunque tenga todos los problemas que tiene, te quejas de cosas absolutamente menores y no te ocupas de las que pueden ser importantes a lo mejor dentro de 10 años. Siempre estamos yendo hacia adelante y no miramos al pasado ni aprendemos de él. Pude ir a México a presentar la novela. Me hizo mucha ilusión encontrarme con un público tan joven que, a través de la novela, estaban descubriendo una historia que desconocían y dándose cuenta de que el pasado nos habita y de que, de una manera u otra, siempre estamos enfrentándonos a condiciones sociopolíticas que pueden mejorar nuestra vida o eliminarla.
A través de la novela, usted observa, además, cómo la implicación política de las mujeres no implica una ruptura con la familia, con su vida. Algo que, por el contrario, no pasa con los hombres, para el cual el compromiso y la militancia se vuelve un modo de vida.
Este es un tema que no tenía anotado a priori, pero que me encontré en la medida en que escribía. Fui dándome cuenta de que ellos se preocupan más por su poder, por su figura, por su imagen, por cómo son y por cómo serán representados por la historia. A ellas estas cuestiones les dan bastante igual, no están en el centro de sus preocupaciones. Por esto, los nombres de muchas de ellas, especialmente el nombre de las mujeres indígenas y afroamericanas, no están en los relatos de las movilizaciones de aquellos años, están incluso ausentes en los estudios feministas. Sus nombres fueron gradualmente desapareciendo de la historia y recuperarlas y reivindicarlas es, como dirían los americanos, “food for thought”, es decir, alimento para la reflexión.
Lydia Cacho Periodista y escritora mexicana
A través del tema de la militancia, sus personajes femeninos y usted misma reivindican la importancia de la amistad y de la ternura como herramientas políticas.
Yo creo que las mujeres, en líneas generales, cuando nos implicamos en movimientos sociales y participamos en ellos, estamos sobre todo concentradas en la colectividad, en el hecho de ser una colectividad unida a pesar de las diferencias, una colectividad que no se estructura piramidalmente, sino horizontalmente. Como mujer, como periodista y como sobreviviente de tortura, de persecución de Estado y de delincuencia organizada, me he interrogado muchas veces cómo enfrentarte a estas batallas inconclusas. ¿Desde el resentimiento? ¿Desde la rabia? ¿Desde la desesperación o desde la cerrazón en una misma para sentirse más segura y cobijada por ti misma? Ante todo, lo que viví, mi tabla de salvación ha sido la ternura, el amor, los afectos y el cariño de mis amigas y de mi familia. Siempre he buscado cobijo en lo que está vivo y en lo que es amoroso, en lo que es dulce y en lo que es propicio para la calidad de vida. Esto es lo que nos permite seguir haciendo la revolución y no volvernos cínicos. Lo vemos en el presente: cuando gana el discurso patriarcal insertándose en el feminismo actual reivindicando la rabia como una herramienta de batalla lo destruye todo. Está muy bien estar enojada. Yo me enojo muchísimo con las injusticias y la indignación es un importante motor para la acción. Sin embargo, al mismo tiempo la ira te destruye por dentro y destruye lo que te rodea, fomentar la ira es repetir la misma lógica de siempre de los machirulos revolucionarios.
Sin embargo, para usted que ha sufrido un secuestro y la tortura, llegar hasta este equilibro no tuvo que ser fácil.
La ira hay que pasarla, como hay que pasar todas las emociones: la angustia, el miedo, la desesperación, el pánico, la desolación, la ansiedad.... Hasta que llega el día en que decides que esos desgraciados no van a ganar la batalla. Tomar esta decisión te da impulso para seguir adelante con más equilibrio. Esto no significa dejar de sentir por completo esas emociones, sino ser capaces de darles la vuelta. Porque es él, el criminal, quien debe enojarse, no yo. -Tras años sin ir, ha vuelto a México a presentar la novela. Mi editor de México me insistía muchísimo con la idea de que fuera y yo estaba ilusionada con la idea, pero la Interpol me decía que para que yo fuera era necesario ponerme un dispositivo de seguridad privada. La editorial decidió ponérmelo y me hizo muy feliz: tenía ganas de ver a mi familia y amigos, a mis lectores. Además, me parecía importante, un gesto de dignidad, no solo volver, sino que volver con un libro bajo el brazo y así recordarle a toda esa gente que me obligó al exilio, gente que incluso está dentro del gobierno actual, que sigo viviendo y trabajando a pesar de ellos. Esos cinco días de México fueron muy reivindicativos y estuvieron llenos de goce y orgullo. Me emocioné mucho al ver tanta gente joven, tantos estudiantes, en la presentación que hicimos en el Museo de Antropología e Historia, que es como un sitio muy simbólico para mi país. Esos cinco días me recordaron porque amo México: porque en México seguimos bailando en medio de la guerra y eso y eso es muy importante.
¿Sueña con volver?
Ahora es imposible. Justo hace una semana, unos sicarios armados secuestraron de su casa a una reportera de una manera muy similar a como se metieron los sicarios en mi casa en 2019. Cuando sucedió esto, mis amigos empezaron a escribirme diciéndome que no se me ocurriera volver, porque de volver intentarían nuevamente secuestrarme. Me quieren muerta, esta es la verdad, han puesto un precio a mi cabeza. Una parte de mi corazón que añora México y todo lo que representa: el amor, los afectos, el gozo, pero, otra parte de mí, la que se impone, es realista: no quiero que me maten, así que no voy a volver.
Lydia Cacho Periodista y escritora mexicana
¿Cree que se es consciente, a nivel internacional, de este nivel de violencia que se vive en México?
Creo que no. En términos generales, es muy difícil entender los países. A esto se suma que mucha de la narrativa que circula en España en torno a México es una narrativa que tiene a idealizar lo mexicano, que lo folcloriza, que adula las tradiciones y se queda en la superficie, imposibilitando una comprensión de la complejidad de México e, incluso, de su gente. La razón por la cual hay grandes periodistas de investigación en México, la razón por la cual hombres y mujeres, cada vez más mujeres, nos dedicamos al periodismo es porque estamos dispuestos a jugarnos la vida por la verdad. En México, el periodismo viene desde las bases, desde lo social, mientras que en España parte de arriba para luego mirar abajo. Esto es clave, porque determina nuestra manera de mirar el mundo y porque define el hecho de que somos un país que sabemos sobrevivir en el peor de los caos y encontrarle sentido a ese caos, porque hablamos ese lenguaje, lo sabemos desencriptar y porque estamos atentos a lo que sucede afuera de las casas, en nuestro entorno, en la comunidad.
En España, ¿el periodismo nace desde arriba?
Ante todo, estoy segura de que, si se hiciera en España el tipo de investigaciones que hacemos en México con respecto a las mafias que existen en todo el territorio español, los periodistas españoles serían perseguidos como lo somos los mexicanos. Evidentemente, siempre es más fácil lidiar con un relato superficial, cuando vienes de un país que está todavía respirando dictadura, como España, un país que está intentando que funcionen las leyes de memoria histórica, pero cuyo Estado todavía tiene mucho miedo de dar esa batalla abiertamente, porque tiene mucho miedo de que la ultraderecha regrese. Yo lo entiendo, en términos de análisis político lo entiendo perfectamente. En México el contexto es distinto. Claro que podemos volver a un contexto similar al que teníamos con el PRI, pero no importa: damos las batalla. Como periodistas, no estamos casados con ningún partido político. Yo soy naturalmente de izquierdas, pero si la presidenta, que se dice de izquierda, es en realidad una populista que acaba de hacer un pacto con un narcoestado, lo voy a decir. Yo tengo aquí un montón de amigos periodistas y sostienen que hay que proteger y cuidar al Partido Socialista y lo mismo me decían algunos amigos periodistas norteamericanos en la época de Obama: “Hay que cuidar Obama”, me decían, pero no es así. No hay que cuidar ni uno ni al otro, no somos una nana. Como periodistas, solo tenemos que cuidar la verdad.
