Publicada

A raíz de una novela recién publicada, y de la que la editorial Alfaguara quiere vender muchos ejemplares —esto es legítimo, por supuesto— se está contando una historia del periodismo de las últimas décadas totalmente distorsionada, se está haciendo una verdadera “bola”... de nieve.

Distorsionado me parece que también queda el personaje protagonista del libro, Mar de Marchis, mujer “misteriosa” porque no se dejaba ver por casi nadie, y que se inventó, junto con otros, una revista cultural novedosa, bien hecha, inteligente, de buen gusto y GRUESA. En blanco y negro, con portadas exquisitas y compaginación clara y atractiva. Con la particularidad de no ser sectaria, en el sentido cultural.

Todos los que hemos trabajado en los periódicos sabemos que en muchas ocasiones tal autor o tal otro “no es amigo de la casa”, o piensa diferente, por ejemplo en política, de la línea editorial del periódico, y entonces se le ningunea. No digo que pase siempre, hay honrosas excepciones, pero en la mayoría de los casos es así. La revista de Mar no atendía ni atiende a tales vetos y preferencias. Estoy hablando, claro, de Jot Down.

No he leído esa novela, no por ningún a priori en contra, ni por falta de curiosidad (pues en esto soy como Buñuel, que en Mi último suspiro contaba que, cuando hubiera muerto, le gustaría levantarse de vez en cuando de la tumba para leer la prensa, y luego volver bajo tierra. Su curiosidad era eterna.) Pero es que tengo lecturas más urgentes, y pospuestas por mil motivos.

Pero he leído un par de entrevistas con el autor del libro, Daniel Verdú, periodista de El País y novelista y, por lo que dice en ellas, veo que va desencaminado; he leído también los artículos que se le dedican al libro, y al personaje que retrata, y también van desencaminados. Por eso, y porque, como decía Nicanor Parra, “la verdad no puede quedar sin ser dicha”, voy a decir la verdad sobre Mar de Marchis, sobre Jot Down, y también sobre su papel en la historia del periodismo cultural reciente.

Jot Down y su no-revolución

Ni Jot Down es el The New Yorker, ni ha producido ninguna revolución en el periodismo cultural, ni Mar de Marchis, aunque ese no fuese su verdadero nombre sino un seudónimo, fue una “genial impostora”; no fue, digamos, Enric Marco, el falso superviviente de los campos de exterminio nazis que engañó durante décadas a todo el mundo, y al que le dedicó Cercas su estupendo libro.

Fue, públicamente, una buena editora, ni más ni menos. Tan buena, y tan atrevida, que se atrevió a rechazarle un artículo a Mario Vargas Llosa (quizá sospechando que en realidad no lo había escrito él). Que a algún escritor o periodista le enviase fotos falsas de sí misma, en paños menores o desnuda, es un dato de un valor insignificante y un asunto privado.

Hablo por experiencia: yo también colaboré varias veces con Jot Down, Mar me telefoneaba de vez en cuando para pedirme tal o cual artículo sobre determinados temas, y yo le escribía. Me encantaba que me dejase alargarme más o menos según lo considerase yo oportuno.

Esta era, y sigue siendo, una característica de esa revista: entrevistas muy a fondo y muy largas, entre las cuales me gustaban especialmente las que hacía Enric González, que como todo el mundo sabe es un gran periodista que sabe callar y hacer hablar: con su simpatía y falsa humildad le saca a sus entrevistados hasta las tripas. Artículos sin límite de caracteres. Y todo envuelto en unas portadas exquisitas, elegantísimas, una compaginación muy atractiva, firmas prestigiosas y otras quizá no tanto, pero que resultaban de lo más solvente.

Los artículos que Mar me pedía —y por cierto que no me los pedía al buen tuntún, sino precisamente sabiendo (no sé cómo, tendría sus informadores) que yo podía escribirlos con cierto conocimiento del tema— yo los escribía, ella los publicaba y luego religiosamente los pagaba. No digo que pagase mucho, pero ningún medio en España lo hace. La economía de las empresas es lo que es. De manera que para empezar es incierto que con sus dotes seductores consiguiese colaboradores sin pagarles un duro, salvo quizá algún cándido —no dudo de que los haya— que se conformaba con ver la foto de una chica mona en cueros, para lanzarse corriendo al teclado del ordenador.

Un seudónimo de naturaleza erótica

Más cogida por los pelos me parece la tesis del autor de la novela o biografía de Mar de Marchis, tal como la ha expuesto en las mentadas entrevistas, al encuadrar y realzar esa impostura en algunas ocasiones, según parece, de naturaleza erótica como fenómeno epocal de un momento de grave crisis económica, tras el crack del 2008, en el que muchos “plumillas” habiéndose quedado sin trabajo, y atraídos por la belleza de la desconocida, escribían sin tasa.

Ya he dado mi ejemplo personal: nunca recibí, ni se me ocurrió pedir, al igual que la inmensa mayoría de los colaboradores de Jot Down, una foto de Mar de Marchis ni vestida ni desnuda. También te digo que si me la hubiera mandado me hubiera olido a chamusquina. ¿A qué jugamos?... Ni por cierto la vi jamás en persona. Hablamos por teléfono, que es como hablo con casi todo el mundo. Pero en cuanto al “misterio” y naturaleza epocal de la “misteriosa mujer seductora”, nada de nada.

¿Hace falta recordar que ya durante los años 70 y 80 una tal “Miranda Grosvenor”, en realidad una trabajadora social de Luisiana llamada Whitney Walton (está hasta en la Wikipedia), hablando por teléfono con Billy Joel, Eric Clapton, Robert de Niro, Richard Gere, etc, etc, etc., les enamoró ciegamente, a ellos y a numerosas personalidades del show business norteamericano? Estas cosas son más viejas que el pan.

Fallecida prematura y lamentablemente Mar de Marchis, la revista que fundó, o cofundó —pues ya he dicho que aunque ella fuera la cara (oculta) del producto, éste no lo es sólo de su talento— sigue funcionando tan bien, o mejor, que nunca. Como el tema en el fondo no tiene mayor trascendencia, acabaré contando que Mar y yo acabamos mal: un día, sería poco después de la pandemia, me pidió que presentase en Madrid un libro de la editorial. Le dije que me daba mucha pereza, pero que lo haría, en atención a la buena relación telefónica y profesional que siempre habíamos llevado, y al respeto que le tenía a su revista. Así, añadí, por fin la conocería en persona. Me respondió:

—Ah no, a mí estas cosas de hablar en público no me gustan nada.

—¿Cómo? —le respondí, ofendido—. ¿Así que tú te ahorras el paripé, pero me lo endosas a mí? Ah, no, en ese caso no cuentes conmigo, soy tan señorito como tú. No te presento tu libro.

¡Se enfadó y en adelante dejó de contar conmigo, realmente! Ya no volví a colaborar con Jot Down. Cosa que ahora, póstumamente, me divierte. También me duele, porque después supe que la pobre sufría agorafobia y dejarse ver en público era para ella una tortura impensable. Por eso no quería estar en la presentación. No hay más misterio.

Lo cual me lleva —creo que es una buena forma de concluir— a darle al lector un consejo, una enseñanza de la edad: nunca juzgues a nadie, porque no sabemos por dónde ha pasado y pasa cada uno, qué cruz carga secretamente.

Por cierto que este consejo se parece como una gota de agua a otra al que le da a Nick Carraway, el narrador de El gran Gatsby, a su padre al principio de la novela inmortal de Scott Fitzgerald.