Publicada

Acostumbra a pensarse, en especial entre los eruditos, que la poesía es un arte misterioso, precioso e intraducible. Por tanto, cualquier intento o pretensión de trasvasarla entre su lengua de origen y la de destino conduce de forma irremediable al fracaso, pasando por la traición.

Según esta tesis, trasladar un verso de un idioma a otro es, en el mejor de los casos, una suerte de aproximación, pues no existen dos lenguas idénticas y hasta las palabras más sencillas, esas saetas con las que herimos a los otros o nos consolamos a nosotros mismos frente a las desgracias, distan de tener un significado equivalente, por mucho que compartan la misma etimología.

No se trata de una ley inexacta, pero esta regla tiene —como todas— sus excepciones, comenzando por la más obvia: un verso que no se entienda (o mejor dicho: que no se sienta) es lo más estéril que concebirse pueda. La poesía, como el talento individual, sobre el que T.S. Eliot escribió uno de sus mejores ensayos, en el que define esta virtud como la facultad de un escritor para alterar el orden ideal creado por la tradición que le precede, no puede enseñarse, pero nada impide que, de una u otra forma, pueda explicarse, compartirse y hasta celebrarse.

Cómo enseñar la poesía

A esta tarea se dedica Poesía para principiantes (Acantilado), un compendio de ensayos literarios del poeta y novelista polaco Adam Zagajewski sobre el mitológico, y sin embargo tan prosaico, arte del verso. La génesis de estos textos es dispar –prólogos, conferencias, homenajes y epílogos de libros– y su datación bastante variada, pero en su espíritu todos comparten un mismo afán: reivindicar la interpretación subjetiva de la literatura mediante el fértil formato del ensayo.

Portada del libro 'Poesía para principiantes' Acantilado

Lejos de la idea de que poesía es susceptible de ser estudiada como una ciencia, Zagajewski demuestra que no existe abordaje más fecundo que el artístico. Y justamente eso, una mirada creativa, es lo que encontramos en este volumen, traducido por Anna Rubió y Jerzy Slawomirski, donde se analiza el impacto que le causaron Rilke, Herbert, Cavafis, Miłosz, Szymborska y Machado (Antonio) –el único autor español de esta selección– y la prosa de autores como Józef Czapski, W. G. Sebald, HannaMalewska, ThomasMann o Tranströmer.

De fondo palpita la indiscutible condición de la poesía como atenuante de la adversidad humana, una función que algunos les parece arqueología, pero que –quien lee lo sabe– se evidencia a medida que se cumplen años y se descubre que, como decía el gran verso de Jon Juaristi, “nuestros padres mintieron” y la muerte es una cosa fatal que no tiene remedio.

La organización del volumen fue obra del escritor polaco, Premio Príncipe de Asturias, aunque su publicación en español sea póstuma y el libro pueda leerse como un testamento involuntario, hecho sin más estructura que las preferencias personales y la convicción de que la búsqueda estética no está reñida con el testimonio de las tragedias cotidianas, que en el siglo de Zagajewski fueron, sin duda, rotundas y categóricas.

El poeta y novelista polaco Adam Zagajewski El Español

El poeta polaco escribe desde el asombro de ver cómo el poder de la literatura parece esta agotándose en un mundo fascinado con la tecnología, saturado de imágenes y preso de los espejismos del presente. Por eso renuncia a utilizar el método del tratado —un programa sistemático, un determinado método, una hipótesis de partida— para concentrarse en narrar la huella que en su poesía crearon determinados poetas y escritores, sustituyéndola por ese ejercicio de libre asociación que corresponde a los ensayistas, que prefieren prescindir de las notas al pie y las nomenclaturas para escribir desde la fascinación y las emociones.

“El filósofo”, escribe Zagajewski, “aspira a fijar un puñado de categorías fundamentales; no hay nada en el mundo que tema más un poeta que eso”. Y prosigue: “De manera más o menos consciente [el ensayista literario (y el poeta)] ambiciona incrementar la cantidad de metáforas para no repetir nunca una imagen central que ya haya sido utilizada”. Zagajewski personaliza su idea de la poesía —el estrecho vínculo entre lo que es posible y la realidad seca— en la figura de Józef Czapski, que en el campo de prisioneros donde fue confinado por el régimen totalitario soviético impartía al resto de reclusos clases sobre Marcel Proust.

Escribe también sobre W. G. Sebald, de cuyos ensayos filosóficos acaba de publicar un compendium el sello Anagrama, y acerca de otros poetas polacos, como Miłosz, Zbigniew Herbert o Szymborska, tan atenta a las cosas menudas.

Machado articula el libro

Más interesante para el lector español es su juicio sobre autores como Rilke (al que considera un místico) o Antonio Machado, del que escribe un curioso ensayo (que funciona como coda del volumen) donde combina los datos biográficos —cosa lógica: son desconocidos para los lectores eslavos— con su experiencia como lector del escritor sevillano, al que descubrió por vez primera en inglés, en la década de los ochenta del pasado siglo, gracias a una edición de Horizon Press, que le reveló que lo que distingue a la poesía de otras formas literarias es su obstinación con la vida concreta, sin abstracciones, la existencia sensorial y palpable.

Antonio Machado pintado por Leandro Oroz (1925) Wikipedia

“Lo que a veces impacta de la poesía de Machado es esa conjugación de ingenuidad –la voz de lo que parece un bonachón maestro de escuela de provincias– con un gran refinamiento poético e intelectual”. Parece un juicio simplista e impresionista, pero encierra una lección retórica: la aparente sencillez del poeta consigue que sus versos sean creíbles de inmediato, y por cualquiera, sin que su hondura se vea afectada.

La poesía es música y pensamiento, naturalidad y profundidad. Una verdad sin ninguna mentira. “La música busca redondear el verso, dotarlo de ritmo, y hace que la poesía se vuelva ligera y embriagadora (...). El pensamiento es lo que tira del poema en dirección contraria y plantea preguntas que detienen la danza”. Esto mismo es lo que encontramos en los ensayos literarios de Zagajewski. Un método personal, unas formas culturales y las peripecias y variantes que, a lo largo de su vida, ensayó el escritor polaco para entender el sagrado arte de componer versos.