“Me meto en una bañera a medio llenar y me doy cuenta de que me he dejado los calcetines puestos”. Esta breve anotación, en apariencia un gesto insignificante, un despiste anodino, plasma con más fuerza que las más sesudas reflexiones un estado de ánimo. La desorientación y pérdida de asideros que provoca la desaparición de un ser querido. La anotación está en las primeras páginas de Historias de fantasmas (Seix Barral, 2026), el libro en el que Siri Hustvedt relata el desgarro vivido tras la muerte de Paul Auster, su marido, durante cuatro décadas.
La obra forma parte de lo que se ha dado en llamar “literatura del duelo”, un género que siempre se mueve entre la legítima expresión de emociones afligidas y el obsceno exhibicionismo de la desolación. Un género que ha dado un montón de textos prescindibles y unos cuantos de verdadera relevancia como Una pena en observación de C. S. Lewis (sobre la pérdida de su esposa), Mortal y rosa de Francisco Umbral (sobre la muerte del hijo de cinco años) o El año del pensamiento mágico de Joan Didion (sobre el fallecimiento de su marido, el escritor John Gregory Dunne), a los que podríamos sumar el poemario Cartas de cumpleaños de Ted Hughes (sobre la suicida Sylvia Plath).
En todas las obras mencionadas, la literatura se pone al servicio de la exploración en primera persona de una vivencia real, en carne viva, sin los filtros que proporciona la ficción. El autor que opta por prescindir del distanciamiento ficcional se adentra en un territorio de intimidad que acaso debería ser preservada. Porque no solo desvela al lector sus propios sentimientos, sino también el final del ser amado, cuya muerte -los detalles más escabrosos de su agonía- solo le pertenecen al fallecido.
La ética en la literatura del duelo
En el caso de Historias de fantasmas, Paul Auster murió de un cáncer de pulmón, que comportó un largo, penoso y finalmente inútil tratamiento médico. Un proceso lleno de altibajos, inciertas esperanzas, recaídas, infecciones, hospitalizaciones y un implacable deterioro físico que lo acabó confinando en una silla de ruedas. Todo lo cual lo narra con un detallismo casi insoportable Siri Hustvedt en una sección del libro, en forma de cartas en las que va informando a los amigos de la evolución de la enfermedad del escritor. Lo cual plantea un debate más ético que literario.
Portada del libro Historias de Fantasmas
¿Es iluminador ser tan meticulosamente explícito en la narración del proceso de degradación física de una persona? ¿Esta descomposición del cuerpo y la subsiguiente agonía no pertenecen al ámbito de la más estricta intimidad del enfermo y, por dignidad, debería ser preservada? ¿No hay algo propio del ámbito de la pornografía en narrar el final de la vida de un modo tan explícito?
Me provocó preguntas similares la lectura de Milan Kundera. Un retrato íntimo, de la periodista Florence Noiville, que fue aceptada en el muy restringido círculo cercano del escritor y aportaba en ese libro un testimonio sin duda valioso, pero no exento de cierto amarillismo. Porque entraba a describir con detalle algunas situaciones patéticas, fruto de la demencia senil que asoló al novelista en los últimos años de su vida. ¿Era realmente necesario contarlas? ¿Aportaban algo al conocimiento de los misterios del escurridizo autor checo, siempre tan celoso de su intimidad, tan reacio a conceder entrevistas?
La propia Siri Hustvedt se plantea estas dudas en Historias de fantasmas: “Decir y no decir. ¿Qué añadir y qué quitar? Es una cuestión estética, pero también puede ser moral. Paul y yo solíamos decir que había escritores dados a añadir y otros dados a quitar. Charles Dickens eran de los que añadían, y Samuel Beckett, de los que quitaban. A veces es importante hablar y otras es mejor callar. No siempre es fácil saber qué conviene. Este libro es un ejercicio de ambas cosas”.
Un homenaje de gran calidad literaria
Más allá de este aspecto debatible, su propuesta es valiosa porque hay detrás una gran escritora. Tal vez algún despistado todavía la considere sin más “la mujer de Paul Auster”. Pero basta leerla -por ejemplo, novelas como Todo cuanto amé y El mundo deslumbrante, o los ensayos reunidos en Vivir, pensar, mirar- para descubrir su inteligencia y la agudeza de su mirada. Una agudeza que en Historias de fantasmas da los mejores resultados cuando explora sus emociones íntimas durante la enfermedad de su marido y en los meses posteriores a su pérdida.
La mirada literaria de Hustvedt se detiene en detalles reveladores: la sensación de ausencia, el tiempo detenido, los espacios familiares que de pronto resultan extraños, el rastro físico que ha dejado tras de sí el fallecido (su ropa, sus objetos de aseo, su máquina de escribir, sus libros...). A ello se suma la descripción del entorno familiar -la hija Sophie, el nieto recién nacido Miles- y la evocación del pasado.
Desde los tiempos felices en que se conocieron e iniciaron su relación hasta los episodios más sombríos de la vida de Auster. Como el fallecimiento por sobredosis de su díscolo hijo Daniel (fruto de la relación con la escritora Lydia Davis), meses después de que, por un descuido de inepto progenitor, su hija de diez meses (nieta de Auster) muriera por ingerir accidentalmente fentanilo y heroína que él tenía descuidadamente al alcance de cualquiera en su casa.
Historias de fantasmas tiene un valor testimonial como exposición del duelo y funciona también como homenaje a un escritor que siempre fue más apreciado en Europa que en Estados Unidos, donde lo consideraban una rareza, una figura menor. Nunca olvidaré la cara de póker que puso Jonathan Franzen cuando en una comida le pregunté su opinión sobre Paul Auster y la displicencia con la que acto seguido despachó su literatura.
A estos valores del libro de Hustvedt se suma otro, no menos relevante: el literario. Está estructurado en forma de collage en el que se suma la voz del propio fallecido a través de las cartas que, en los meses previos a su muerte, le fue escribiendo a su nieto Miles, un bebé de pocos meses. La intención era que estas cartas acabaran conformando un librito, pero el final llegó antes de lo esperado y el proyecto quedó truncado. En la última que pudo redactar, le dice: “Entre los muchos pesares que me causa esta partida inminente, querido Miles, está saber que atravesarás la vida sin recuerdos conscientes de mí”.
El fantasma de Paul Auster
Durante su enfermedad, Auster le expresó a Hustvedt el deseo de regresar tras su muerte como fantasma. Una idea muy austeriana, de la que viene el título del libro. Los fantasmas siempre han sido muy literarios (que se lo pregunten a Javier Marías, que sin duda logró transmutarse en uno y nos observa con sorna). Pero la autora lleva este asunto un paso más allá, en una conmovedora descripción del amor y la ausencia: “Vivo en una casa encantada, habitada por el fantasma que Paul y yo creamos juntos, un ʻnosotrosʽ que ya no existe, al menos no en el presente, pero que ha penetrado en todas las habitaciones. Es un personaje doble que se abraza, se toca, hace el amor, ríe, se consuela, discute, habla en susurros y hace chistes y alusiones secretas que solo ʻnosotrosʽ entendemos”.
La muerte es una realidad que la mente racional no puede digerir. Freud planteó la imposibilidad de asumir la propia muerte, que solo podemos pensar en abstracto, como algo que les sucede a los demás. Nadie lo ha expresado con mayor profundidad que Rilke en la octava de las Elegías de Duino, con la comparación con el animal, “la criatura”, que está cómodo en el mundo porque no concibe un futuro con un final: “Anda en la eternidad, como andan las fuentes./Nosotros no tenemos nunca, ni siquiera un solo día,/el espacio puro ante nosotros, al que las flores/se abren infinitamente”.
Nos contamos historias -antaño alrededor del fuego, ahora en forma de libros o películas- para tratar de entender este y otros misterios o para entretener la espera. Hustvedt acude a la literatura -Melville y su Bartleby- y a la filosofía -William James, Merleau-Ponty- en busca de compañía para su dolor. Y trata de explicárselo y explicárnoslo, buscándole un sentido en estas Historias de fantasmas. Sin embargo, la verdad última está expresada en una carta que Emily Dickinson le escribe a su amiga Martha Gilbert Smith en 1884 y que Hustvedt cita en el libro: “Tratar de hablar de lo que ha sido sería imposible. El Abismo no tiene Biógrafo”.
