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Tiempo atrás escuché casualmente la conversación entre dos conocidos escritores de Barcelona. El más joven y célebre le preguntaba a su colega por qué había dejado de escribir libros. El mayor le respondió que había releído una de las novelas que había escrito y encontrado una frase cursi, “la vida era frágil como una telaraña”.

Avergonzado por semejante gaffe, que le parecía llamativa como una tarántula en un plato de nata (la imagen es de Chandler para describir al Iniciativas Malloy en un bar de Harlem, en Adiós, muñeca), avergonzado, había renunciado tajantemente a la escritura.

Como el escritor joven no le entendía, se lo explicó así: “Entiéndelo, es como si hubiera escrito ‘se perdió en un dédalo de callejuelas’, un tópico insoportable. No puedes levantarte después de eso”. El joven abrió la boca y respondió: “¿Qué pasa?... ¡Esa frase del dédalo de callejuelas la he escrito yo mismo!”.

Se miraron el uno al otro y estallaron en una carcajada.

Recuerdo a veces esta anécdota, y con ella una explicación de la técnica de escritura de Eduardo Mendoza en Mundo Mendoza, la biografía que le dedicó Llàtzer Moix. Explicaba el autor de La ciudad de los prodigios que antes de escribir una frase la pensaba y rumiaba hasta estar seguro de que era correcta, y sólo entonces la escribía.

Portada del libro de Virgili, 'Els moixons'

Estas y otras historias subrayan mi opinión, que, leyendo la de grandes escritores, he llegado a pensar que es muy plausible, de que la sustancia y el secreto de una obra literaria valiosa, su unidad fundamental, no es la historia que cuenta, ni la construcción de los personajes, ni la arquitectura del relato, ni la documentación que se haya reunido, sino pura y simplemente la frase, la competencia de la frase. La frase, que consiste no sólo en lo que la misma frase dice, sino también en lo que se calla.

Todas estas citas y recuerdos me volvieron ayer a la cabeza, cuando leí los cuentos de una periodista que creo que tiene un programa en Catalunya Ràdio, se llama Montse Virgili (Tarragona, 1976). Creo que éste es su primer libro, que publica La Magrana, se titula Els moixons (los pájaros, o los pajaritos) y es extraordinario.

El fraseo es imperial, cada frase con el acento de la verdad más precisa. Cierto que le pillé un par de ellas que, sin llegar al extremo de la mentada “telaraña” o el maldito “dédalo de callejuelas”, me parecieron innecesarias porque subrayan innecesariamente el sentido del relato. Algún defecto –fácilmente subsanable en ulteriores ediciones, si llegan– le tengo que encontrar a esta autora para no decir que es perfecta. No es perfecta, sólo excepcional.

El territorio en el que se desarrollan estos cuentos es pequeño: recuerdos de infancia y retratos de mujeres sin historia especial en un pueblo o en la ciudad de Tarragona. La pescadera manca. La dependienta de la pastelería. La que no le gusta salir de casa, la que no puede dejar la casa. Componen también una historia de la infancia de la autora.

Mirada empática

Con material humano en principio tan prosaico, resulta que a esa serie de mujeres insignificantes, que en manos de cualquier escritor serían todo lo más personajes secundarios, se les eleva aquí un monumento que les confiere la secreta dignidad y hasta grandeza que conmueve a quien lo mira, y todo gracias a ese fraseo tan preciso en la descripción de lo visible y desvelador de lo invisible, y a una mirada profundamente empática y que sabe fijarse en los detalles.

El lector las ve, las entiende, las compadece, las admira. Y como en la propia vida del lector, en los márgenes de la vida del lector, sin duda abundan también figuras semejantes, el efecto que produce la indagación literaria de Montse Virgili es el de enseñarle a reconsiderarlas también. A este estímulo, a esta invitación a ver mejor al otro, la distante otredad, lo llamo yo literatura.

“Un libro de una gran belleza y de una profunda sabiduría”, dice el texto de contraportada de Els moixons. Así es.

Para finalizar esta nota, diré que no hace falta asumir el penoso papel del “amigo de las chicas” ni incurrir en paternalismos masculinos para reconocer que el actual auge de la consideración de la mujer en la sociedad y la aportación literaria de muchas autoras estupendas están contribuyendo a dibujar un mapa del alma humana más complejo, más rico. Y sin duda, más ajustado a la realidad de la vida física y mental y más justo. También en este marco Els moixons es una realización impagable.